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Esta es La Habana que dejó Fidel

El fotógrafo Carlos Duque retrató la Cuba después de décadas de vivir con el imaginario de la revolución. Encuentre aquí su testimonio gráfico y periodístico de su peregrinación a la isla de Fidel.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0/ Carlos Duque

El fotógrafo Carlos Duque retrató la Cuba después de décadas de vivir con el imaginario de la revolución. Encuentre aquí su testimonio gráfico y periodístico de su peregrinación a la isla de Fidel.

Desde mis años de juventud quise conocer Cuba, epicentro de la revolución que cambió la historia de América Latina y que en los pasados años sesenta nos hacía soñar con un mundo más justo y equilibrado. Cuando digo conocer Cuba me refiero particularmente a La Habana, escenario natural de ese monstruo de la política que se llama Fidel Castro, quien desde hace cuarenta y nueve años dirige los destinos de la isla.

Me gusta viajar, pero debo confesar que soy pésimo turista. No soporto los tours, los guías turísticos, los monumentos obligados ni los recreacionistas. La mejor excusa que tengo para montarme en un avión en vacaciones es la fotografía. Refugiado detrás de la cámara me puedo dar el lujo de mirar el mundo más allá de los clichés turísticos y escudriñar el paisaje, la arquitectura, la vida callejera y la gente con la pretensión de que el mundo está allí esperando para ser mirado por mi lente. Ese mismo sentimiento, reforzado con la idea de ver “en vivo y en directo” la isla de la Revolución de Fidel Castro y del Che Guevara, me acompañaron en mi visita a La Habana. Debido a los quebrantos de salud que aquejan al Presidente cubano, nos hicimos con mi mujer a la idea de visitar Cuba “antes que se nos muera Fidel”.


En este limitado reportaje gráfico sólo podemos apreciar una mirada personal sobre algunos aspectos físicos de La Habana pero que de alguna manera nos obligan a reflexionar sobre esa aventura visionaria que conocemos como la Revolución Cubana.

El ejercicio no fue fácil. No esperábamos encontrar una ciudad de look capitalista, atiborrada de fachadas con comercios de marca donde los avisos de McDonald’s, Coca-Cola y Sony dominan el espacio público. Pero golpea la ausencia de un lenguaje publicitario, excepto por las vallas de propaganda oficial. Es la primera manifestación de cómo el bloqueo comercial que ha padecido Cuba ha afectado también la comunicación pública, que tuvo su mejor expresión en los carteles culturales y políticos de los años sesenta, modelo mundial de la creatividad y talento de los artistas y comunicadores cubanos de comienzos de la Revolución.


Hacen falta alegría y modernidad en la comunicación y las imágenes públicas, sean éstas invitaciones a la productividad, la lectura, el amor a la patria o el disfrute del paisaje. La austeridad de la comunicación pública se prolonga en los demás medios con una prensa, una radio y una televisión realmente aburridas y en las cuales la información oficial ha desterrado todo indicio del mundo exterior distinto de los intereses políticos del sistema.

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Pero el mayor impacto que recibe el romántico visitante de la Revolución es el paisaje de La Habana vieja. La hermosa e imponente arquitectura lucha sin éxito por sobrevivir al paso del tiempo, pero sobre todo a la falta de cuidado y mantenimiento por parte del Estado y de los habitantes. El centro surge como una espectacular ciudad fantasma con sus fachadas invadidas por el polvo y la vegetación parásita que se asoma por los balcones y los techos.


Ruinas del capitalismo exuberante de otros tiempos habitadas hoy por las estrecheces y limitaciones del sistema socialista. A pesar de la labor emprendida por el Estado desde hace diez años para restaurar el centro histórico, esta empresa está todavía lejos de cumplir a cabalidad su cometido. Por ahora el trabajo de recuperación se limita a algunos corredores por donde transitan los

turistas escoltados por los jóvenes guías que las autoridades han capacitado para atender a los visitantes, lo que hacen con entusiasmo y eficiencia. Cuando nos salimos de la ruta preestablecida descubrimos la verdadera dimensión del centro histórico, donde las familias hacinadas en los magníficos edificios comparten su cotidianidad con el vecindario en medio del deterioro y la pobreza. Con este escenario de fondo, sorprende encontrar al cubano del común extrovertido, hospitalario y alegre, siempre dispuesto a la conversación espontánea con el visitante.


El desgaste arquitectónico contrasta con el cuidado y esmero que los dueños de los automóviles de los años cincuenta que aún circulan en La Habana dedican al mantenimiento de sus vehículos. Es alucinante el espectáculo de tantos carros viejos y lustrosos que aún funcionan gracias a la inventiva del cubano para suplir la falta de repuestos con recursos de ingeniería artesanal. En la isla sólo se ven carros de modelos anteriores a la Revolución, o europeos de último modelo que pertenecen a misiones diplomáticas o a empresarios extranjeros que operan en Cuba, o al parque automotor de taxis de la pujante industria turística que ha desarrollado el Estado.

Es imposible no sentirse turista en Cuba. Los restaurantes, los bares, las tiendas, los taxis, los hoteles, los espectáculos musicales, las ferias artesanales, están diseñados para los turistas que pagan en pesos “convertibles”, moneda de uso exclusivo del visitante extranjero. El cubano del común sólo tiene acceso a esos sitios como funcionario del sistema turístico, es decir, mesero, camarera, cocinero, barman o músico. Esta situación ha desarrollado una economía paralela basada en el turismo informal y en la que todos quieren participar acondicionando habitaciones en las viviendas familiares o restaurantes clandestinos conocidos como “paladares”, y promovidos por taxistas, guías y empleados de hoteles.

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Dos mundos opuestos coexisten en la Cuba de hoy: el del socialismo austero que vive el cubano raso, y el del capitalismo turístico reservado a los visitantes extranjeros con toda su vocación consumista. Los turistas invaden los bares de leyenda que hizo famosos Hemingway por sus mojitos y daiquiris, lo que hace inevitable que desarrollemos una imagen del escritor estadounidense como de un borracho empedernido. Las hordas de turistas rusos, canadienses y europeos desfilan por La Habana con sus cámaras digitales, sus teléfonos celulares, sus morrales Benetton y sus atuendos Nike frente al espectador cubano en cuyo rostro se advierte un “Ver y no tocar”. Visitar Cuba despierta sentimientos opuestos: por una parte está el disfrute gastronómico, musical, histórico y cultural, y por otra la frustración ante el esfuerzo descomunal de toda una sociedad para superar la adversidad.

Son muchos los logros de la Revolución, sobre todo en temas como la educación, la salud, la cultura y el deporte, pero sobre todo Cuba ha logrado imponer una actitud de nación digna frente a la prepotencia estadounidense. ¿Pero para qué le ha servido todo esto al ciudadano de la calle si no puede convertir estas realizaciones en opciones de libertad? En ese sentido, la Revolución cubana ha sido más beneficiosa para el resto de los países del Tercer Mundo que para la misma isla.


Después de este viaje no me abandona la imagen de Cuba como la de un inmenso acorazado encallado y abandonado en el centro del mar Caribe ante la indiferencia del vecindario y cuyo casco oxidado aún alberga una aguerrida tripulación que lucha con todas sus fuerzas para sacar a flote la nave. Al Comandante no le alcanzó el tiempo humano para llevar el barco a puerto seguro. Mientras tanto, el morbo turístico, alimentado por la leyenda de la Revolución, seguirá llevando más y más visitantes a La Habana, el Disneyworld de una frustración.

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Febrero
27 / 2019


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