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El día que quemaron la casa de Carlos Lleras Restrepo

A 25 años de la muerte de Carlos Lleras Restrepo, recordamos una de las anécdotas más recordadas por los colombianos. Aquí, el ex presidente relata el incendio de su casa de la mano de su hijo Carlos Lleras de la Fuente.

Foto: Foto Cortesía El Tiempo/ Archivo Diners

A 25 años de la muerte de Carlos Lleras Restrepo, recordamos una de las anécdotas más recordadas por los colombianos. Aquí, el ex presidente relata el incendio de su casa de la mano de su hijo Carlos Lleras de la Fuente.

67 años de haber ocurrido los ataques a los diarios liberales, la sede de la Dirección Nacional de ese partido y las casas de habitación de los jefes de la colectividad, Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo. Unos hechos ejecutados por los empleados del municipio y los miembros de la Policía Nacional, uniformados, han ido relegándose al olvido como si no fueran una vergüenza para Colombia y para su gobierno.

Entre la censura de prensa que aplicaban en la época Roberto Urdaneta Arbeláez y Laureano Gómez, desde el Palacio de los Presidentes; el deseo del Partido Conservador de tapar el asunto y la vergüenza que hasta sus muertes debieron sentir los altos funcionarios del Estado a quienes por acción u omisión cabe responsabilidad en lo ocurrido, junto con la cobardía atroz de tantos amigos y copartidarios, se produjo una tácita confabulación para no hablar del tema.


Foto: Cortesía El Espectador.


Esta amnesia provocada ha tenido, para los verdaderos culpables, la ventaja de que como en Colombia se oficializó la tesis de que, después del general Reyes, no había habido sino una sola dictadura en el siglo XX, la del general Rojas Pinilla, los pocos colombianos que medio conocen la historia o a quienes se la contamos siempre dicen, en forma convencida: “eso fue cuando Rojas Pinilla”. Pues esa es una calumnia. Los jefes liberales, sus familias y otros exiliados (Germán Zea, Julio Ortíz Márquez, Germán Arciniegas, Alberto Jaramillo Sánchez) pudieron regresar al país gracias al golpe militar del 13 de junio de 1953 mediante el cual subió al poder Rojas.

 

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Algún día escribiremos, con nombre propio, sobre algunos socios del Jockey Club que salieron a animar a los pirómanos; sobre actuaciones melancólicas de ministros y embajadores del régimen; sobre el Alcalde de Bogotá y sobre cómo se montaron las acciones violentas en el seno de los cuarteles de la Policía.

Por ahora me limito a dar a la publicidad un documento que he conservado celosamente guardado, por voluntad de mi padre, pero que ya es hora de hacer público al llegar este aniversario.

¿De dónde salió este escrito?

Se trata de un escrito de Carlos Lleras Restrepo, hecho en la Embajada de Venezuela el 18 de septiembre de 1952, es decir, 12 días después de los incendios -y de ahí su gran valor-, en el cual relata sus recuerdos, aún frescos, de lo ocurrido; tuvo por objeto sentar las bases de una reclamación ante la Compañía Colombiana de Seguros, pues en aquel entonces pasábamos por una etapa de penuria económica que no permitía pensar en cómo salvar lo que de nuestra casa quedó, ni en cómo sobrevivir en el exterior.

 

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Foto de la #Biblioteca de la Regional #Antioquia @senacomunica #SBSrecuerda #SBSena60 #SENA #carlosllerasrestrepo

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Memorandum para la Compañía Colombiana de Seguros

Resumo por escrito lo que verbalmente expuse al Gerente de la Compañía acerca de la manera como se realizó el incendio de mi casa de habitación (Calle 70 A número 7-37), en la noche del 6 de septiembre y en la madrugada del 7. No lo había hecho antes, debido a las circunstancias que hicieron necesario mi asilo en la Embajada de Venezuela.

Hubiera querido acompañar a este memorándum declaraciones de testigos tomadas ante un juez; pero aquellas mismas circunstancias me impidieron cumplir esa dispendiosa labor. He recomendado a un abogado para que obtenga tales declaraciones y las presente a la Compañía, si esta lo considera indispensable. Por el momento, me limitaré a incluir aquí los nombres de las personas que presenciaron los hechos y que pueden ser llamadas a declarar sobre las características que tuvieron.


Foto: Cortesía El Tiempo.


El asalto a mi casa comenzó poco después de las ocho de la noche. Habiendo recibido aviso del peligro, alcancé a hacer que abandonaran la casa mi esposa, mis hijos, las muchachas del servicio y las niñas que asistían esa tarde a una fiesta infantil.

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Yo permanecí en la casa con la idea de defenderla contra los asaltantes mientras llegaban las autoridades. Antes y después de comenzar el asalto llamé repetidas veces al General Sanjuán, Director de la Policía, sin haber obtenido que atendiera las llamadas. Otras muchas personas, entre las cuales puedo citar al doctor José J. Castro Martínez, llamaron a las autoridades en solicitud de protección para mi hogar.

Conmigo se quedaron cuatro personas que se encontraban allí ocasionalmente, porque habían ido a informar sobre los graves sucesos cumplidos en el centro de la ciudad: los señores doctor Enrique Acero Pimentel, doctor José Moreno, el estudiante de la Universidad Libre Néstor Hernando Parra Escobar y el estudiante de la Universidad Nacional Hugo Molina. Por razones obvias, agradecería que no se divulgará el nombre de estos generosos amigos.

El número de asaltantes, que bajaron de dos vehículos en la esquina de la carrera séptima y se dirigieron a mi casa, preguntándole al policía de servicio cuál era, puede ver que era muy reducido. Lo calculó en 40 o 50 personas. Cuando empezaron a forzar la verja de entrada, nosotros, que nos habíamos refugiado en la mansarda de la casa, disparamos para ahuyentarlos.

Se dispersaron inmediatamente. Volvieron luego, en número más reducido, parapetándose en las cercas y disparándonos tiros de revólver. Pero ninguno se atrevió a saltar la cerca para penetrar el ante-jardín. Arrojaron gasolina sobre la cerca de pinos y le prendieron fuego. Este avanzó muy lentamente por la cerca divisoria entre mi casa y la casa de propiedad de la familia Andrade Mejía, habitada por el señor Ignacio Mesa Salazar, y más rápidamente por la cercana frontera de la casa de dicha familia, debido a la dirección del viento.

Muy poco tiempo después llegó un escuadrón de policía que calculó en 30 o 40 agentes. El señor Ignacio Mesa Salazar declara que él llamó personalmente a la policía y que ésta llegó con rapidez.

La familia y su ubicación

Nosotros vimos desde la ventana la llegada y todos los testigos pueden certificar sobre ella, así como sobre el hecho de que inmediatamente controlaron la calle, colocando dos cordones en los extremos de la casa, de manera que no podían acercarse sino las personas que ellos permitieran. Sobre ese control de la calle pueden certificar, aparte de los vecinos y del señor Mesa Salazar, el doctor Eduardo Esguerra Serrano, el Reverendo Padre Franco, el doctor Alberto Montezuma, las señoritas Manrique Santamaría, etc.

De los vecinos, aparte del doctor Mesa Salazar, mencionó a don Cesáreo Pardo y su familia, don Miguel Calderón. Además, en la esquina de la carrera séptima se situaron algunas personas que siguieron con cuidado los acontecimientos y pueden declarar. Entre ellas citó a don Alejandro Samper Gómez, don Roberto Patiño Samper, Arturo Maldonado Ortiz, Arturo Arango Olarte, Alfonso Caro, etc., todos residentes en las calles vecinas.

El fuego prendido en los pinos por los primeros asaltantes se extinguió muy pronto. El señor Ignacio Mesa Salazar puede declarar que cuando él se identificó, los mismos asaltantes fueron por un extinguidor a la vecina bomba de gasolina y apagaron el fuego de la cerca frontera de su casa. Mesa Salazar apagó personalmente con una manguera el de la cerca divisoria con la mía, de manera que el fuego no alcanzó a prender en la pared de piedra de mi residencia.

Desde un poco después de las ocho y media, la policía tuvo, pues, el control completo de la situación en la cuadra. Los asaltantes iniciales se habían dispersado y si algunos permanecieron en el lugar fue necesariamente en connivencia con la policía. El doctor Esguerra Serrano puede declarar sobre las características de esa situación que nosotros pudimos apreciar claramente.

 

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Armados contra ladrones y policías

Yo y mis compañeros tuvimos especial cuidado en no disparar contra la policía, pues nos dábamos perfecta cuenta de que si llegábamos a herir a un agente seriamos exterminados fatalmente. Sin embargo, la policía nos atacó. Cuando fue claro para nosotros que era la misma policía la que realizaba el ataque, resolvimos abandonar la casa, lo que hicimos pasando por un tejado a la casa contigua, de propiedad de don Ernesto S. de Santamaría.

En el momento de abandonar nosotros la casa no había fuego alguno. Tan cierto es eso, que llegamos a abrigar la esperanza de que, a pesar de todo, se salvara la casa, lo cual comentamos con las señoritas Manrique Santamaría, don Ernesto Santamaría y el doctor Alberto Montezuma, a quien encontramos en la casa de Santamaría.

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Pudimos seguir vigilando el curso de los acontecimientos desde las ventanas de la casa de Santamaría que dan a la calle y desde las ventanas laterales que dan al patio de mi casa. La policía no dejaba acercar a las personas que acudían. Si algún particular penetró fue bajo la mirada y con el asentimiento de la policía. No había tumulto alguno en frente de la casa ni en toda la cuadra.

Después me he enterado de que se situaron igualmente pelotones de policía en la calle 70 probablemente con el objeto de cortarme la retirada por las casas de ese lado. Súbitamente escuchamos fuertes golpes en el portón de mi casa, gritos ordenando abrir, e inmediatamente el ruido de cristales, seguramente los del escritorio. Es seguro que la primera gasolina se arrojó en el escritorio, porque pudimos ver que salía humo espeso de la chimenea correspondiente a ese cuarto. Más tarde debieron encender una hoguera en el hall central, a juzgar por el estado en que éste quedó.

Jardín en llamas

Desde las ocho y pico de la noche, desde la prendida de los pinos llamamos repetidas veces a los bomberos. Luego, las señoritas Manrique Santamaría los llamaron muchas veces en presencia nuestra. Una de las señoritas Manrique puede declarar que en una de las ocasiones en que ella llamó a los bomberos le contestaron que ya habían acudido y que no los habían dejado pasar.

Sorprendida preguntó ella: ¿ Cómo puede ser cierto que no los dejen acercar si las únicas personas que están en la calle y en sus alrededores son los agentes de policía? No nos dejan acercar y no tenemos porque darle a usted más explicaciones, fue la respuesta. Debe tenerse en cuenta que un puesto de bomberos funciona a menos de diez cuadras de mi residencia.

En determinado momento pude ver claramente que un individuo cubierto con un casco blanco, como de bombero, llegaba en un carro al frente de la casa. Se desmontó llevando en las manos algo que a mí me pareció un pequeño extinguidor. Conversó con la policía y lo dejaron entrar a la casa. Para sorpresa nuestra, inmediatamente aumentó la violencia de las llamas. El doctor Acero me dijo: esos miserables están regando gasolina. Y así era. El señor Absalón Rangel, quien seguía los acontecimientos desde la casa de enfrente vio exactamente la misma cosa.

El señor Alejandro Samper Gómez y algunos otros de los testigos ya citados relatan que un teniente o capitán de apellido Novoa, o a quien los agentes llamaban con ese nombre, ordenó personalmente que trajeran gasolina de la bomba, y que los agentes ayudaron a llevarla a la casa. El dueño de la bomba, un señor de apellido Bradford, si no estoy equivocado, debe estar en capacidad de declarar sobre la sacada de gasolina.

Atención del cuerpo de Bomberos

Por fin, alrededor de las once de la noche llegaron los bomberos, ante las insistentes llamadas de los vecinos que temían que el incendio se comunicara a sus casas. No sé si fue en esta primera venida o cuando el incendio de las cuatro de la madrugada, que uno de los señores Andrade Mejía, después de haber llamado a los bomberos en vano muchas veces, fue personalmente a traerlos, según me ha relatado el doctor Ignacio Mesa Salazar. Primero vino una sola máquina, echó un poco de agua y se fue declarando que se le había acabado. Después volvieron y con una labor más activa extinguieron las llamas.

Debe anotarse que el ejército concurrió por cierto tiempo al sitio de los acontecimientos. El doctor Mesa Salazar declara que un comandante increpó fuertemente a la policía su proceder. Pero después se ignora por qué causa, la policía siguió teniendo el control de la situación. El Mayor Berrío relató al doctor Mesa Salazar que personalmente sacó de la casa a varios policías que estaban saqueando.

En efecto, cuando se apagó el incendio, la policía siguió posesionada de la casa. Desde la residencia vecina pudimos escuchar toda la noche cómo se embriagaban, disparaban tiros de fusil, rompían todas las cosas, abrían a culata los muebles y saqueaban. El señor Fernando Posada Uribe y otras personas que con él se acercaron a tratar de salvar algunos de los objetos de mi hija Clemencia pueden declarar sobre este particular.

Durante más de tres horas no salió ya humo de la casa, y creímos que por lo menos se habría ya salvado su estructura. Pero después de las cuatro de la mañana le volvieron a prender fuego, de manera súbita. Sin duda regaron gasolina en la mansarda que hasta ese momento se encontraba intacta, porque las llamas aparecieron súbitamente, con gran violencia, saliendo a través de las ventanas que daban del lado de la casa donde nos encontrábamos.

Mi vieja casa ya no es lo que era

Se llamó desesperadamente a los bomberos por la familia Manrique Santamaría, que estaba muy preocupada, y concurrieron como una hora después, cuando ya el incendio había cobrado una fuerza espantosa. Es de anotar que cuando estalló este último incendio, ya no había ni siquiera pequeños grupos de personas en los alrededores de la casa y ésta había quedado desde mucho antes, como ya se explicó, bajo el control de la policía.

Se me dice que aparte de las personas que he dejado citadas, pueden ser testigos otras, como el doctor Santiago Salar Santos y su señora, el señor Alberto Walker y su señora, don Jorge Camacho Reyes, don Ignacio Gómez Jaramillo, don Alvaro Andrade Mejía, don Alberto Vargas Martínez, Joaquín Casas Fajardo, Nicolás Rocha, Antonio Muñoz, Miguel Torres Arroyo, Bernardo Zuleta Torres, Hernando Villa S., Julio Villaveces, Fernando Quintana, etc.

Por último dejo constancia de las siguientes circunstancias:

a) Mi casa, que estaba situada en la calle 70 A, queda a una gran distancia del sitio donde se verificaron los primeros ataques (Parque de Santander, Avenida Jiménez de Quesada), y aun de la casa del doctor Alfonso López (calle 24).

b) El ataque a mi casa se inició poco después de las ocho de la noche, es decir, seis horas después del incendio de la Dirección Liberal.

c) El último incendio fue provocado alrededor de las cuatro de la mañana.

d) No existió en ningún momento en la cuadra de mi casa un tumulto que la policía no pudiera controlar. Como ya quedó explicado, los primeros asaltantes, que llegaron en vehículos a la esquina de la carrera séptima eran en número reducido y fueron fácilmente repelidos por nosotros. La policía llegó poco después y controló inmediatamente la calle.

e) Muchísimas personas llamaron a diversas autoridades en solicitud de protección para mi hogar, antes y durante los acontecimientos. El alcalde de la ciudad fue visto varias veces en la cuadra de mi casa en la noche del ataque.

*Este es el relato fiel de los acontecimientos según yo y mis compañeros pudimos apreciarlos. Prescindo con gracia a la brevedad de muchos detalles adjetivos.

Bogotá, Septiembre 18 de 1952

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Septiembre
27 / 2019


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