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¿De dónde salió el Hay Festival?

El festival literario nació en un pequeño pueblo en Gales donde hay más libros que habitantes, y donde las librerías de viejo cobraron tanta importancia que el lugar se declaró reino aparte con soberano propio. Hay-on-Wye es el paraíso de los libros.

El festival literario nació en un pequeño pueblo en Gales donde hay más libros que habitantes, y donde las librerías de viejo cobraron tanta importancia que el lugar se declaró reino aparte con soberano propio. Hay-on-Wye es el paraíso de los libros.

Para quienes vivimos en español, el nombre del Hay Festival tiene un significado distinto, especial. Porque entre nosotros, como se sabe, “hay” es la conjugación del verbo haber que denota existencia. Así que Hay Festival, claro. Como “Hay helados” o “Hay música en el aire”.

Es como si el lema tuviera una confirmación implícita: aquí sí hay festival. Pero el festival no se llama así por eso (qué lástima), sino por el pueblo galés en que nació hace 23 años. Un pueblo situado casi como una puerta giratoria en la frontera oriental con Inglaterra.

Para llegar allí desde Londres hay que coger dos trenes; luego un bus que se abre paso entre chalets y colinas pobladas por ovejas, hasta que un aviso en gaélico y en inglés dice que allí es: Hay-on-Wye, la capital mundial de los libros de viejo. De hecho no es un sitio muy grande, y basta con caminar una cuadra, desde el paradero hasta el reloj que es el centro del lugar, para descubrir que allí, además de sus 1.500 habitantes, viven millones de libros viejos y antiguos, raros y curiosos, propios y ajenos. Si fuera el escenario de una novela fantástica con la bibliofilia por argumento y preocupación, uno podría imaginarse esas calles de noche, gélidas, y ejemplares maravillosos saliendo de sus estantes a correr por ellas enfundados en sus tapas de cuero y pergamino. Con sus autores detrás, de traje victoriano y pajarita. Sé que es un exabrupto (precisamente por eso lo digo; porque nunca sobra la verdad), pero posiblemente en Hay haya más librerías de viejo y de anticuario que gente. Y todas viven llenas y en ellas se mantienen la mística y la economía de ese objeto de la cultura que hoy parece tan en peligro, el libro. El libro impreso.

Pero no: en Hay nadie habla del futuro del libro, ni del libro electrónico, ni del iPad o el Kindle, ni de la crisis del papel, ni de nada de eso. Allí sólo se habla de libros, y los hay por millones, sin exagerar. De todo tipo y tamaño; de toda época, de todo género. Con los lomos repujados de las ediciones infantiles del siglo XIX, o con grabados y viñetas y hojas visitadas por el tiempo y la humedad. Puede uno encontrar, por una libra esterlina, la primera edición de las memorias de Brian Epstein (el mánager de los Beatles), y al lado un tratado de botánica del siglo XVIII o la Vida del doctor Johnson, de Boswell, en cuatro tomos. A mí me pasó: cogí al azar de un estante de saldos un libro cualquiera, y casi se me sale el corazón. Eran los artículos de prensa de Joseph Conrad editados por Dent en 1921, y costaban menos que una hamburguesa al lado del reloj. Lo pagué a toda prisa —mirando hacia atrás, como si alguien me lo fuera a quitar— y salí de allí como alma que lleva el diablo. Mientras corría me imaginaba lo peor: que el vendedor me iba a perseguir por las calles del pueblo luego de darse cuenta de la joya que acababa de perder. Pero no: hay tantos libros en Hay, tantos, que los tesoros valen lo que una hamburguesa; y a veces menos. Por eso todos los bibliófilos del mundo hacen romería para visitar, cada año, esas calles y esas vitrinas y esos estantes de locura: porque no es un pueblo, sino el Paraíso. No se sabe bien cuántos turistas atrae anualmente el mercado de los libros de segunda, pero algunos dicen que más de quinientos mil. Es la industria del lugar.

Una industria, curiosamente, inventada por un solo hombre: Richard Booth. Fue él, un exalumno de la Escuela Rugby de la Universidad de Oxford, quien tuvo la idea en los años sesenta de montar una librería de viejo en su pueblo natal. Quizás ese fuera el antídoto contra la sombra de una crisis que amenazaba el futuro de cientos de jóvenes limitados por las pequeñas ganancias de una economía rural y precaria. Entonces Booth fue más allá: convenció a todo el mundo en Hay de que los libros de anticuario eran el negocio, y al poco tiempo florecieron allí, en una sorprendente primavera, decenas de librerías. Donde antes se vendían zapatos o fresas, ahora se vendían las obras completas de Dickens; donde antes estaban los quesos y las carnes, ahora estaban Stevenson y Joyce. Así, Hay-on-Wye se volvió famoso en el mundo como “el pueblo de los libros”, y sus calles pasaron a ser estantes de madera y de hierro por los que se descuelgan, como enredaderas, las más variadas maravillas bibliográficas. Desde Homero hasta Harry Potter. Para darle más sentido (y publicidad también) a su empresa, Booth se inventó una locura aún mayor: el 1° de abril de 1977 proclamó a Hay como un reino independiente, con él mismo como monarca de ese imperio de los libros y la felicidad: Ricardo Corazón de Libro. Hizo primer ministro a su caballo, y luego firmó cientos de pasaportes del nuevo miembro del Commonwealth.

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Su régimen ha sido alabado y próspero aunque no exento de polémicas: en 2004 la reina lo nombró MBE, y en 2009 un grupo de rebeldes (súbditos suyos, del sitio) lo llamó a juicio por abandono de sus funciones; tras una larga deliberación con el reo ausente, lo declararon culpable y le cortaron la cabeza en una ceremonia simbólica que, mientras marchaba por las calles, tuvo que enfrentarse con los letreros de algunos legitimistas y partidarios del rey. Decían: “¡Larga vida a Ricardo I de Hay!”.

De suerte que el nombre del Hay Festival, ese “Woodstock de la mente” del que hablaba Bill Clinton cuando estuvo allí, no es solo un juego de palabras en español. Solamente en un pueblo que vive de los libros se podía organizar algo así. Una fiesta en la que no es raro ver a Simon Schama y a David Gilmour hablando sobre el judaísmo y el licor; o en la que Julian Assange puede ser abucheado sin que nadie lo arreste. Un pueblo que es un paraíso, que es un reino, donde los caballos redimieron su derecho a mandar entre los hombres. Allí, como acá en Cartagena, Hay Festival.

Nota: El viaje a Hay-on-Wye del que salió este artículo, fue una gentil invitación del British Council en Bogotá.

 

      JANNE TELLER, LA ESCRITORA DEL TODO O «NADA»

 

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Enero
24 / 2012

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