Cuento bogotano de Halloween para leer en familia

Esta es la historia de cómo un frustrado cazafantasmas por poco acaba en la calle. Su único delito, cumplir con su deber y dispararle al intruso que escribía a máquina a altas horas de la noche.
 
Cuento bogotano de Halloween para leer en familia
Foto: Collin Armstrong en Unsplash /
POR: 
Alfredo Iriarte

Advertencia: Lea este cuento bogotano de Halloween escrito por el maestro Alfredo Iriarte, bajo su responsabilidad. No respondemos si se llega a asustar mucho.

Una visita inesperada

A una de tantas empresas multidepartamentales que operan en el país con oficinas en las principales ciudades le empezó a ocurrir que una de esas sucursales de Bogotá comenzó a ser visitada con alarmante frecuencia por los cacos, con la fatal consecuencia de cuantiosas pérdidas en computadoras, calculadoras y demás artefactos.

Luego del tercer o cuarto robo, las directivas decidieron poner remedio definitivo al problema mediante la contratación de un celador nocturno debidamente armado, cuya sola presencia, carabina en mano, fuera bastante para ahuyentar en el futuro a los rateros que, al parecer, ya estaban cebados con la desguarnecida oficina.

Entre todos los candidatos que entrevistó, el gerente de la sucursal eligió un joven un tanto rústico, pero que le llamó la atención por su talante vivo y dinámico, así como recomendaciones. Estrenando carabina con licencia oficial y provisto del reloj de control, nuestro personaje inició labores.

El resultado fue admirable…

Pasaron meses y jamás volvió presentarse mínimo conato de robo. La oficina estaba en un primer piso, debido a lo cual los rateros pudieron tomar nota de que ya no se hallaba sola como antaño y que, por lo tanto, debían buscar otras fuentes de subsistencia.

Cada mañana el gerente llegaba y se producía el relevo. El siempre sonriente celador entregaba la carabina y el reloj y partía rumbo a su casa a dormir con la gratificante sensación del deber cumplido.

Una mañana cualquiera, el panorama del cambio de guardia varió. El vigilante, más eufórico que de costumbre, entró feliz al despacho del gerente para informarlo acerca de la novedad que había acaecido la noche anterior.

He aquí su relato

Cayeron las sombras de la noche. Crecía el silencio en la calle. Escasamente lo perturbaba a veces el ladrido de algún perro nómada. Súbitablemente, el acucioso vigilante oyó un ruido nada extraño pero sí extemporáneo.

Era el de las teclas de un computador que no paraban un instante. El hombrecito quedó paralizado de terror pero se dominó. Encendió todas las luces del recinto en procura del sitio y origen del insólito sonido que no cesaba.

Aunque todos los miembros le temblaban, empuñó la carabina y miró hacia todas partes. Todo estaba en reposo y las máquinas dormían en paz bajo sus caperuzas de plástico. Pero el ruido proseguía. Siguió escrutando el contorno.

De pronto, más horrorizado aún, descubrió lo monstruoso, lo inenarrable:

Allá en un rincón, una máquina que no había sido enfundada la víspera, ¡escribía sola!

Sin que nadie oprimiera su teclado, el satánico artefacto escribía sin tregua y mostraba parrafadas interminables en su pantalla que se movía página a página en Word a medida que este espantable artefacto autónomo operaba igual que si una diestra secretaria lo accionara.

No había duda. Un maldito fantasma; un duende maléfico o burlón se había colado a la oficina para llenar de zozobra la vigilia de este celoso centinela y hacer quién sabía cuántas diabluras más. Nuestro celador no pensó en exorcizarlo.

No conocía los conjuros pertinentes y no disponía de hisopo cargado de agua bendita. Pero en cambio sí tenía su arma bien apercibida. Entonces, impelido por el terror, comenzó a disparar contra el indefenso cómputo que esas altas horas de la noche transmitía el mensaje urgente que algún laborioso usufructuario de horas extras enviaba desde Medellín con el ánimo de que lo recibieran a primerísima hora en la sucursal.

El intrépido celador no se contentó con unos pocos disparos…

El computador resistió los primeros impactos con vida pero no tardó en empezar a dar muestras de haber entrado en los estertores de la agonía. Ya la teclas no caían con la misma firmeza. El vigilante recargó el arma para reanudar la balacera, como en efecto lo hizo.

Finalmente el desdichado aparato alcanzó el reposo perpetuo y nuestro héroe el anhelado sosiego. Dio gracias a Dios. No había tal que Lucifer y los malos espíritus solo fueran vulnerables ante ciertas invocaciones acompañadas de agua bendita.

Las balas también les entraban, los herían y los mataban. Él había ejecutado al fantasma intruso. Su proeza tenía que valerle un jugoso incremento de salario. Estaba rebosante de orgullo y así se lo hizo saber a su gerente.

Una mañana ajetreada en Bogotá

Cuando dos de las secretarias irrumpieron en el despacho de la gerencia para informar con voz entrecortada que el computador había amanecido acribillado a tiros que, sin alacera, duda posible habían sido disparados desde dentro, encontraron, estupefactas, que su jefe reía con estruendosas carcajadas mientras el atónito celador miraba hacia todos lados sin saber qué hacer ni qué decir.

Cuando logró calmar la risa, el gerente explicó minuciosamente a su heroico vigilante las características esenciales de este prodigioso invento del computador, para terminar demostrándole que a quien había ajusticiado la noche anterior no era a espectro alguno, sino al propio aparato que, impulsado desde la lejana Medellín, cumplía ciegamente en ese momento con su deber inexorable de transmitir mensajes sin parar.

El denodado combatiente de la noche pasó mañana de la arrogancia a la angustia y a humillación. El fantasma que entonces se le apareció no fue el de la alta noche sino uno mucho más real: el del desempleo. Lloró. Imploró. El gerente lo apaciguó y lo mandó a dormir diciéndole que nada había que temer.

Llamó a la empresa de telecomunicaciones…

Vinieron los peritos. El les contó la historia. Se ahogaron de risa. Examinaron el artefacto. Nada había que hacer. No había lugar a reparación. El fusilamiento de computador se había cumplido con sobra de balas y sevicia.

La asombrosa máquina de ayer no era hoy cosa distinta de una chatarra inservible y estorbosa. El gerente llamó a sus jefes a fin de narrarles el cuento y solicitar su licencia para adquirir un computador nuevo, garantizándoles que no sería fusilado, pues él ya había dado al victimario del anterior las explicaciones pertinentes encaminadas a familiarizarlo con este novedoso milagro de la tecnología contemporánea.

Los pontificales ejecutivos no se mostraron benévolos. Definitivamente, a ese salvaje había que echarlo a la calle.

El gerente fue inflexible

Si su vigilante se tenía que ir, él lo acompañaría al asfalto. Ganó la pelea. Muchos años más tarde, ambos salieron de la empresa pensionados y con más años y muchos merecimientos encima.

También le puede interesar: Cinco libros colombianos para ambientar el mes de Halloween

INSCRIBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
octubre
28 / 2022