El libro: ¿Un vicio solitario?

Se venden más libros, pero se lee menos. La cultura de la imagen suplanta al viejo placer de la lectura. ¿Fenómeno irreversible?
 
El libro: ¿Un vicio solitario?
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POR: 
Ciro Roldán Jaramillo

Publicado originalmente en Revista Diners No.271 de octubre de 1992.

A nosotros todo nos llega tarde, hasta la muerte, decía el poeta. La modernidad, o mejor la contemporaneidad, llegó a los círculos intelectuales colombianos en el período de la postguerra. La intensa corriente migratoria de exiliados españoles cultos, y la difusión desarrollada por estos en editoriales como el Fondo de Cultura Económica o de publicaciones como la Revista de Occidente, puso en contacto nuestra cultura provinciana con el resto de la cultura occidental.

Los primeros frutos de esta labor divulgadora de precursores en materia social como Ots Capdequí, Luis de Zulueta y Urbano González de la Calle, y de especialistas en ciencias puras y exactas como Barraquer, Miguel Trías y Francisco Vera fueron cosechados treinta años después en los candentes círculos académicos e intelectuales de las principales ciudades de Colombia. El pensamiento de José Ortega y Gasset, que representaba la apertura cultural de la España parroquial a Europa, fue difundido por estos españoles y por las editoriales argentinas que llegaron a Colombia después de la II Guerra Mundial.

La literatura de posguerra generó una aguda polémica entre los partidarios del existencialismo sartreano y los seguidores de la otra rebelión, más individualista, representada por el Hombre sublevado de Albert Camus. La polémica suscitada en la revista ‘Les Temps Modernes’ tuvo resonancia entre nosotros merced a la divergencia de los círculos ortodoxos defensores de la URSS y del fenómeno staliniano y de los heterodoxos opuestos al esquematismo marxista monopolizado por el Partido Comunista. La revista Mito comenzó a divulgar sistemáticamente los resultados de este debate entre la vieja ortodoxia marxista y los nuevos vientos de filósofos, antropólogos y sociólogos nutridos de las “novedades” del psicoanálisis y de la literatura de las profundidades representada en las obras de Thomas Mann, Proust y Jean Genet.

La década del boom

Paralelamente a este gran debate, y por fuera de él, surgió en Colombia la cultura autónoma y genuina del Caribe. Esta visión menos intelectualista y más visual y sensual hundió sus raíces en las leyendas, cuentos y mitos de los, tradicionales relatores de la comarca. De este modo se produjo la muestra más auténtica y original de nuestra cultura, simbolizada en Cien años de soledad, de García Márquez. Contraria a la tendencia intelectualista de los cafés y los círculos literarios del interior, esta corriente caribeña se nutrió de la música, la pintura y el cine americanos.”La Cueva”, un bar de pescadores, fue el sitio de reunión diurna y nocturna de Cepeda, Fuenmayor, Obregón, Grau y García Márquez, y de aquel lugar surgió la mejor cuentística y la mejor plástica practicada en Colombia y aun en América. El aire caribeño soplaba con su rumba adentro, contrastando con el esnobismo intelectual de los “cachacos” del interior.

Hacia una modernidad fragmentada

El boom de los años sesenta y los años setenta generó una capa media de lectores cultos atentos al desarrollo de las principales corrientes de pensamiento de Europa y Norteamérica. Editoriales españoles empezaron a sustituir a las mexicanas y argentinas, y asistimos a una verdadera bonanza de libros importados y a la vez a la edición de autores colombianos especialistas en ciencias sociales, literatura y filosofía existencialistas y marxistas cedieron su lugar a las nuevas corrientes de estructuralistas y positivistas, y los maestros del boom latinoamericano, como Rulfo, Borges, Cortázar, y el propio García Márquez, sufrieron la competencia de los vanguardistas del nuevo periodismo, como Truman Capote, Norman Mailer y Tom Wolfe.

En adelante los grandes debates políticos y filosóficos languidecerían y se fracturarían en múltiples disciplinas sectoriales. Esta fragmentación del debate filosófico-político de postguerra corresponde a la llamada “departamentalización del saber” en las universidades. En adelante ya no habría autores o corrientes globalizantes sino “libros de moda”, que se agotan en el mercado tan rápidamente como ceden su importancia a otra moda literaria.
Conclusión de la modernidad o modernidad inconclusa

Esta fragmentación de las lecturas y de los lectores amenaza con erosionar en múltiples microculturas la formación de una cultura totalizante. Las crisis del Estado y de la educación oficial contribuyen a la dispersión de círculos y microculturas locales o regionales. La aterradora profusión de modas culturales, libros best-sellers, obras esotéricas, libros de superación y resúmenes de los textos clásicos, amén de la nefasta fotocopia, constituyen la gran amenaza contra el lector culto capaz de resistir el embate de los medios audiovisuales.

El fin de la modernidad coincide entre nosotros con el fin del Estado y de todo proyecto cultural colectivo, la cultura de imagen ha desterrado a la cultura del símbolo, y la penetración de los mass-media parece condenar lector a un ámbito privado, como objeto de museo, destinado a cultivar en el anonimato este, su vicio solitario, la cultura del libro.

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agosto
29 / 2018