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Dos historias de Nueva York, por Gay Talese

Un local de comida rápida y el rito del tatuaje, vistos por uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo.

Foto: Pexels CC BY 0.0

Un local de comida rápida y el rito del tatuaje, vistos por uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 270 de septiembre de 1992

Las comidas rápidas en Nueva York

Una mujer gorda, con una bolsa de Macy en una mano y su hijo en la otra, esperaba impaciente en el mostrador de Nedick. Miró a su hijo y le preguntó:
-«¿Qué quieres, Maa-vin?».

-«Hamburguesa».

-“Cómete un perro caliente», dijo ella.

-«Quiero una hamburguesa», gritó él.

¡Wham! La señora lo golpeó en la cabeza con la bolsa. El gritó, pero ella dijo de nuevo: «¡Cómete un perro caliente!».

Marvin tomó un perro caliente. Nadie en Nedick le hizo caso; estaban todos muy ocupados en comer y, además, este tipo de incidentes se registra casi todos los días en el Nedick de la Calle 34, el puesto de salchichas más activo del mundo.

Cada día pasan por ahí trescientas mil personas, de las cuales ocho mil entran (o son empujadas) en Nedick durante cerca de cuatro minutos. Engullen un promedio diario de 700 hamburguesas, 1.000 tazas de café, 5,000 perros calientes y 5,500 naranjadas, Nedick ocupa tan sólo 110 metros cuadrados de espacio y está cerca de una esquina de los almacenes R.H Macy.»Sin embargo, nosotros decimos que Macy está al lado de Nedick”, dice el presidente, Lewis H. Phillips.

El puesto de perros calientes ha crecido en esa esquina desde 1947. Factura cada año cerca de 400.000 dólares con las naranjadas a diez centavos de dólar, los perros calientes a veinte y las hamburguesas a cuarenta. De día y de noche timbra la registradora, las hamburguesas se asan sobre las planchas calientes, la naranjada llena los vasos y el aire está repleto de tocino y de tensión enmarañada. Hay, también, fragmentos de breves diálogos entre empleados y clientes.

«¿Si, señorita?», pregunta la camarera.

«Hamburguesa», dice la cliente.

«¡Hamburguesa!», grita la mesera al cocinero.

“¡Aquí está!», replica él con un grito.

«¡Vasos!» anuncia la que los lava, a la camarera.

Casi sin excepción, los otros 84 Nedicks – 59 de los cuales se hallan en Manhattan-son más calmados en comparación con éste.

«Pero tenemos que lograr que la gente entre y salga del Nedick de la Calle 34 en menos de cuatro minutos, si no, perdemos plata-dice Phillips, quien de ser un pobre empleado llegó a la presidencia-. Es ese el motivo por el cual no tenemos bancas. Si las tuviésemos, muchas personas prenderían un cigarrillo y se entretendrían demasiado tiempo. En el verano, en Calle 34 dejamos de servir café a diez y media de la mañana porque el público se demora mucho tomándoselo. Antes teníamos un directivo que quería añadir a la carta una ensalada de frutas y emparedados de queso, pero yo sabía que la clientela tardaría cerca de catorce minutos en comérselos. Dije que no».

Se ha estimado que si un ciudadano se fumaba un cigarrillo en el Nedick de la Calle 34, la empresa perdería dos dólares de los ingresos totales. Se cree que Nedick paga cada año 95.000 dólares por el arrendamiento del pequeño local de la esquina y que, con los sueldos y otros gastos, debe vender mil perros calientes y naranjadas para no perder. Estos alimentos son ubicados en un mostrador de dieciocho metros de largo, donde apenas 31 personas pueden apretujarse al mismo tiempo. Detrás del mostrador, los 26 empleados de Nedick se esquivan con habilidad, recogen monedas, voltean las hamburguesas, pinchan salchichas y llenan con naranjada grandes recipientes rodeados de hielo. El famoso refresco tiene un 20 por ciento de jugo de naranja, al que se mezclan agua, limón y azúcar.

De vez en cuando los trabajadores reciben la visita del señor Phillips, considerado el rey de los negocios de comida rápida y hombre siempre dispuesto a entregar a sus amigos una tarjeta que dice: «Un emparedado y una bebida (sin costo). L.H. Phillips».

«Cuando ingreso en uno de mis establecimientos, toda la gente sabe que yo comencé como un empleado de 18 dólares a la semana, haciendo salchichas en la esquina de la Calle 27 y Broadway -dice mientras aspira un tabaco-. He progresado por el camino difícil. Nada de familia o amigos. Nada de esto o aquello. Tenía que tener mucho cuidado. Empecé enviando por escrito algunas sugerencias acerca de cómo se podía obtener un servicio más eficiente en Nedick. Por ejemplo, se me ocurrió la idea de tener el zumo de naranja concentrado en recipientes de litro, con lo cual se dejaban a un lado las latas de cuatro litros que creaban problemas de almacenamiento y eliminación, sin contar con los empleados que se cortaban los dedos con frecuencia al tratar de abrirlas. También tuve la idea de empacar los perros calientes en cajas plegables de cartón. He tenido muchas más ideas, que ahora no recuerdo. Pero digo una cosa: si hubiera sido presidente de esto hace quince o veinte años, en Nueva York no existirían hoy Chock Full o Nuts (otra cadena de restaurantes de comida rápida)».

Si bien gran parte de los clientes lo ignora, el local ocupa un estrecho edificio antiguo de cinco pisos. Nedick usa sólo los dos primeros. El segundo tiene lockers metálicos para los trabajadores y una pequeña oficina para el gerente, Thomas F. Magec. Los otros tres pisos están vacíos y no se usan para nada. El viejo edificio ha sido causa de disputa entre la familia Smith, que se lo arrienda a Nedick, y la familia Strauss, dueños de Macy. El desacuerdo entre los Smith y los Strauss data de hace más de cincuenta años, cuando un comerciante de tejidos, Robert S. Smith, poseía unos almacenes en la Calle 14 Oeste, al lado de Macy. Era una competencia de la que no se libraban los golpes fuertes. Smith colocaba, en ocasiones, un letrero que decía “Anexo» o» Entrada principal”-y muchos clientes terminaban atraídos por equivocación al almacén de Smith-.

En el momento en que Macy tomó la decisión de trastearse más arriba, a la Calle 34, al señor Smith, al igual que otros comerciantes de la Calle 14, se dieron cuenta de que el vecindario perdería un buen número de clientes. Macy, entre tanto, intentaba adquirir en secreto todos los patios de la manzana de la Calle 34 con el fin de construir sus almacenes. No obstante, hubo un pequeño inmueble que no pudo ser comprado por Macy, a pesar de sus esfuerzos – el de la esquina, de propiedad de un sacerdote, Alfred Duane Pell, quien entonces viajaba por España y había rechazado los 250.000 dólares ofrecidos por Macy hasta regresar a Estados Unidos-. En cuanto retornó, Smith le ofreció 375.000 dólares por el predio de la esquina. Aún no están claros los motivos de Smith. La versión de Macy es que se trató de una conducta para molestar, mientras que los herederos de Smith dicen que fue una tentativa de ir con los tiempos de la época. Como quiera que haya sido, el reverendo Pell aceptó los 375.000 dólares de Smith, que los Strauss se negaron a pagar. Los Strauss contribuyeron, de tal manera, a construir el edificio alrededor de la pequeña área. El sitio era demasiado chico para que Smith pudiera levantar un almacén de tejidos, de modo que alquiló la vieja casa de Pell a diferentes inquilinos hasta que, en 1947, llegó Nedick, que transformó la planta baja en una lucrativa venta de emparedados.

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Sumado a lo que cobran por el arrendamiento de Nedick, los herederos de Smith exigen un alto pago a Macy por el privilegio de colgar un aviso en los pisos superiores del viejo edificio.
“Estamos haciendo dinero con esa parcela-dice Robert Smith Kiliper, tesorero de la firma familiar de los Smith-. Y queda como una especie de monumento al abuelo. Algunas veces he contemplado la idea de arrendar ese gran letrero a Gimbel – agregó con sonrisa irónica, sin olvidar los tradicionales vínculos Smith Strauss-. De allí que no se sorprenda usted si un buen día, al mirar hacia arriba, ve allí un aviso de Gimbel. No se sorprenda”.

Los tatuajes en Nueva York

La piel de un impresionante número de habitantes de Nueva York se encuentra decorada por artistas de tatuaje, estirpe duradera de artesanos cuyo interés por la humanidad puede estar a flor de piel, pero cuyas obras duran la vida entera. En Nueva York hay una media docena de profesionales del tatuaje, y su oficio se ha visto desde el coro de Copacabana hasta las duchas del Club de Racquet y Tenis de Nueva York.

Stanley Moscowitz, reconocido maestro de la aguja y descendiente de un clan familiar de pincha-pieles de la Calle Bowery, calcula que la población tatuada de Nueva York llega a las 300.000 personas – clientela que mantiene ocupados durante todo el año a la media docena de tatuadores en el puerto y las calles pequeñas de Nueva York-.

El cliente típico de un salón de tatuaje está entre los 18 y los 25 años, es por lo general musculoso y está dispuesto a pagar de tres a cinco dólares para ser pinchado tres mil veces por minuto con las ocho agujas minúsculas de un tatuador eléctrico que suena como una fresa de dentista, parece una pluma estilográfica y escribe debajo del agua. La tinta de color es depositada en un milímetro cuadrado de piel. Lo que se siente se ha descrito en infinidad de ocasiones como «la picadura de un mosquito» o como “una tortura». La mayoría de los hombres prefiere tatuarse en el pecho y los brazos. Los marineros tienen gusto por las anclas, barcos de velas desplegadas, el nombre de su más reciente novia y mujeres medio desnudas. Los Soldados prefieren banderas estadounidenses, águilas, panteras negras, números de matrícula y, también, nombres de novias recientes y mujeres medio desnudas.

El porqué hay gente que se siente satisfecha al tatuarse, es motivo de controversia. Algunos psicólogos han dicho que se trata de un gusto ornamental, o sexual, o tan sólo la afición de muchos por los dibujos toscos. Algunos chicos lo hacen para parecer muy machos, algunas muchachas como rebelión por ser mujeres, como las ainas, en el norte del Japón, que solían usar bigote tatuado.

Unas personas tienen motivos prácticos para hacerse tatuar, con el fin de ocultar cicatrices o lunares o para imprimir el tipo de sangre o los números de la Seguridad Social. Otros admiten haberlo hecho por una apuesta, o porque los compañeros se han tatuado, o para probar que aguantaban el dolor, o sencillamente porque sus padres les habían prohibido que lo hicieran.

Los ídolos actuales del grupo de tatuados de Nueva York son Dick Hylan, que tiene estrellas tatuadas en la cara, en las palmas de las manos y en el interior de los labios, y Jack Drácula, que lleva en la frente un águila con las alas desplegadas, otras dos águilas en las mejillas y estrellas alrededor de los ojos, de las orejas y de la nariz.

Jack Drácula, quien cuando niño quería crecer y convertirse en mosaico, se ha tatuado 244 veces y dice: «La gente piensa que estoy chiflado. Pero no me avergüenzo de ser tatuado. Aunque cuando paso por la calle la gente grita y todos preguntan ‘¿por qué lo ha hecho?’, yo les digo que quiero ser el hombre tatuado más guapo del mundo… La gente cree que estoy loco».

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Agosto
28 / 2018

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