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La mosca, un ilustre insecto con muchos enemigos

Daniel Samper Pizano salió en defensa de un bicho que ha hecho grandes aportes a la literatura y a las artes, pero que padece odiosas discriminaciones, empezando por la del diccionario.

Foto: Archivo Diners

Daniel Samper Pizano salió en defensa de un bicho que ha hecho grandes aportes a la literatura y a las artes, pero que padece odiosas discriminaciones, empezando por la del diccionario.

El diccionario la define así: «Insecto díptero, muy común y molesto, de boca en forma de trompa, con la cual chupa las sustancias jugosas y azucaradas de las que se alimenta».
No estoy seguro de que estos datos sean suficientes para identificarla. Sobre todo porque nadie sabe qué quiere decir díptero y porque, a fin de cerciorarse de la forma de la boca, se necesita un microscopio. Y nadie carga microscopio en la billetera. Por si las moscas, conviene advertir que se llama díptero al insecto que tiene solamente dos alas. Lo cual, evidentemente, tampoco ayuda mucho.

La verdad es que, cuando se habla de la mosca, nadie tiene presente su número de alas, la forma de la trompa ni lo que constituye su almuerzo preferido.

El diccionario, pues, peca de trivial al definir la mosca. Los únicos datos verdaderamente orientadores que contiene la definición son aquellos que se refieren a su condición de insecto “muy común y molesto». Y es aquí donde arranca mi protesta. No entiendo por qué a un animal que ha hecho tan grandes contribuciones a la literatura y al arte se le puede pintar de manera tan negativa.

¿Hay en la definición alguna alusión al verde iridiscente de su barriga? ¿O a la tenacidad con que trata de perforar los vidrios? ¿Se menciona, en algún lugar, que no pica, como la avispa, ni destruye la madera, como las termitas? No. La mosca solo tiene enemigos, y va siendo hora de que se reivindique su lugar en el mundo.

Para comenzar, hay que decir que la mosca tiene una personalidad propia que la libera del sojuzgamiento al que están sometidas todas las hembras en el diccionario. Si usted consulta la definición de vaca, que es un animal con más prestigio y mayor utilidad que su consorte (la consorte de la vaca, no la suya, aunque a lo mejor también), podrá ver que se refiere a ella el libro como «hembra del toro». Y a la yegua como «hembra del caballo». Y a la mula como “hembra del mulo». Y a la perra como “hembra del perro».

Con un ítem muy especial en este último caso, consistente en que en la definición de perro el diccionario termina por contarnos, muy tautológicamente, que el perro no es lo mismo que la perra. Veamos cómo describe al perro el Diccionario de la Real Academia: “Mamífero carnicero doméstico, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, pero siempre con la cola de menor longitud que las patas posteriores, una de las cuales suele alzar el macho para orinar». En otras palabras, la perra es un mamífero doméstico, etc., que no alza la pata para orinar. Definición francamente muy pobre y desventajosa para la perra.

La mosca, en cambio, es una de las pocas excepciones en que el diccionario no despacha la definición acudiendo al sistema fácil de señalarla como «hembra del mosco». Si no, ya lo vimos, como «insecto díptero», etc. Es más: si usted busca la palabra «mosco» no encontrará, como podría pensarse que ocurriría, que se le defina como “macho de la mosca». Tan sólo expresa sobre él:

“Dícese del caballo de color muy negro y algún que otro pelo blanco entremezclado con los negros». Lo cual nos lleva a la conclusión de que, si la mosca es la hembra del mosco y el mosco es un caballo, la mosca ha de ser necesariamente una yegua.

Esto no es así en la vida real, por supuesto. No se ha visto a ninguna yegua caminando por un bombillo ni a ninguna mosca ganando la sexta válida en un hipódromo. Trato tan sólo de mostrar las incongruencias en que incurre el diccionario cuando se mete con la mosca.

Una acepción más de «mosco» es la de «mosquito», que son bichos enteramente diferentes, como lo sabe cualquier colombiano. El mosquito pica; el mosco no. El mosquito transmite enfermedades; el mosco no. El mosquito tiene patas largas; el mosco no. El mosquito no es el esposo de la mosca; el mosco, tal vez. Al mismo tiempo, el mosco y la mosca son insectos distintos. La mosca es gorda y luminosa; el mosco no. La mosca tiene un zumbido penetrante: el mosco no. La mosca aparece con frecuencia en la literatura y en el arte; el mosco solo aparece en las fritanguerías.

ZUMBIDOS LITERARIOS

¿Son “comunes y molestas» las moscas ? Comunes, evidentemente; molestas, solo para el que quiera tomarlas como tales.

Algunos seres de alma privilegiada y espíritu más penetrante que el de los autores de los diccionarios, piensan lo contrario. Por eso la mosca pertenece a la literatura.

Antonio Machado, que era un tipo serio, no mira a las moscas con los ojos de fastidio que denotan los académicos de la lengua. En su poema a las moscas, que grabó con música suya Joan Manuel Serrat, la mosca aparece como un elemento nostálgico y no como un mero díptero. Machado las pinta así:

Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

Augusto Monterroso sostiene que «no hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea» a la mosca. Después de aceptar que la mosca tiene una vocación filosófica y que “nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas», Monterroso presenta este argumento incontrovertible sobre la importancia de las moscas:

«Es más fácil que una mosca se pare en la nariz del Papa que el Papa se pare en la nariz de una mosca». Monterroso concluye afirmando que «Las moscas son mejores que los hombres, pero no que las mujeres”. Otra verdad incuestionable. “Son mejores las mujeres que las moscas. Pero no los hombres”.

Si ustedes quieren referencias sobre la presencia constante de la mosca en la literatura, en torno a la cual zumbará por los siglos de los siglos, basta con recordar algunas obras que deben su título a este insecto con boca en forma de trompa.

Luigi Pirandello escribió en 1923 un cuento así llamado -’La mosca’-, cuyo contenido no revelaré a fin de sembrar un poco de intriga sobre lo que puede decir un Premio Nobel sobre este bicho.

Exactamente veinte años más tarde, pero no ya en Italia sino en Francia, Jean-Paul Sartre montó su obra teatral ‘Las moscas’, que fue un suceso colosal en épocas en que París estaba ocupada por los nazis. «Les mouches» es una recreación del mito de Orestes, que sintetizó enseguida para ilustración de quienes no acostumbran a desayunar leyendo a los clásicos griegos. Orestes era hijo de Agamenón y Clitemnestra, y por consiguiente hermano de Electra e Ifigenia. Es Electra quien lo salva de la muerte en un momento dado, lo cual resulta fatal para Clitemnestra, pues Orestes, que no era un modelo de hijo, termina asesinando a su madre y al amante de su madre. Después fue rey de Micenas y Argos, casó con una hija de Menelao, rey de Esparta, pero antes de eso tuvo el detalle de matar a Neoptólemo, esposo de la inconsolable viuda con la cual contrajo nupcias por razones humanitarias.

Esta clase de sujeto era Orestes, protagonista de alguna manera, de “Las moscas”. Ahora, si ustedes me preguntan por qué una obra sobre el mito de Orestes lleva semejante título, tendría que confesarles que no tengo la menor idea. Pero en cambio les cuento que en Colombia las moscas también figuran en algunas carátulas literarias, como es el caso de la novela de Helena Araújo «La M de las moscas».

Jorge Gaitán Durán tiene un poema desolador titulado “Vengan cumplidas moscas». Y en otro poema, esta vez de María Mercedes Carranza, «una mosca se golpea torpemente muchas veces contra el vidrio/ al final cae atontada, haciendo piruetas en el aire».

Vea tambien: "Luis Carlos Galán, el amigo", por Consuelo Mendoza

Luis Carlos López tiene un poema al perro donde, naturalmente, caben algunos insectos. Solo que los pone en la molesta posición de andar rondando «la triste protesta estomacal plena de ávidas moscas».

DÍPTERO EN LOS LIENZOS

El Quijote también se mete con las moscas. Ellas aparecen en más de una ocasión en la novela de Cervantes, e incluso hay por lo menos dos referencias a una modalidad de azotaina que deriva su nombre de nuestro insecto de turno. Se trata de los “azotes de mosqueo», que era como se llamaba a aquellos «más a propósito para oxear las moscas que para levantar verdugones».

Poeta tan extraordinario como Francisco Quevedo dedica muchas líneas a las moscas. Y las dignifica hasta el punto de invitarlas a acolitar al Cid en una de sus frecuentes cabalgatas:

Guárdale el sueño Bermudo,
y sus dos yermos le guardan,
apartándole las moscas
del pescuezo y de la cara…

El mismo Quevedo califica de «amante moscatel» al amante tierno y pegajoso, denominación acertada por cuanto obliga a recordar las sustancias azucaradas que, según el diccionario, constituyen la preferencia gastronómica de la mosca.

La mosca está presente en la literatura, pero también en la música y la pintura. Es famoso “El vuelo del moscardón”, primo hermano de la mosca, pasaje orquestal de una ópera de Rimsky-Korsakov. Y en pintura, hay un cuadro de Ghirlandaio -“El viejo y su nieto»-al cual le hacía urgente falta una mosca en la nariz del abuelo. Ward Kimball se la agregó en su colección «After Pieces” y el mundo entero se lo agradecerá eternamente.

David Manzur, por su parte, acusa una verdadera obsesión por las moscas, que se posan en todos sus cuadros. Desde su versión de La Gioconda enrasada con Barbarella hasta sus escenas de San Jorge, están invadidas sus obras por las moscas. Justamente uno de los cuadros pertenecientes a esta última serie se titula «La batalla de San Jorge y la mosca». Allí se ve al santo tratando de ensartar una mosca con su lanza. Gana la mosca.

La mosca ha dado origen a verbos (“mosquear”); Categorías de boxeo (“Peso Mosca”); apellidos (Mosquera, Moscoso); apodos (“La Mosca” Caicedo, famoso jugador de fútbol colombiano); modismos (“ponerse mosca», “tener mosca”); seudónimos (Juan Mosca, el cortopunzante periodista de Cromos); y aún refranes (“En boca cerrada no entran moscas”).

No es justo que después de todos estos aportes, el diccionario siga considerándola como un mero díptero común y molesto.

Agosto
23 / 2018

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