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Tres historias de amor que sobrepasan las culturas

Estas parejas colombo-extranjeras revelan sus insólitas historias. Ellas prueban que Cupido une por encima de raza, religión o idioma. Lo que importa es el flechazo. De ahí en adelante, el amor es ciego.

Foto: Pexels/ CC BY 0.0

Estas parejas colombo-extranjeras revelan sus insólitas historias. Ellas prueban que Cupido une por encima de raza, religión o idioma. Lo que importa es el flechazo. De ahí en adelante, el amor es ciego.

TIEMPO DE AMOR Y AMISTAD
AMOR SIN BARRERAS

La historia y la literatura están llenas de amores que parecen imposibles, de hombres y mujeres separados por barreras políticas, religiosas, culturales, económicas o sociales y que las han vencido todas para unir sus vidas, o que al no poder hacerlo han tomado decisiones extremas. Ahí está el caso de Abelardo, el teólogo francés de la Edad Media famoso por sus amores con Eloísa, quien por esta pasión tuvo que hacerse monja.

O el clásico de Romeo y Julieta, cuyas familias se odiaban irreconciliablemente y ellos prefirieron estar muertos antes que separados. ¿Qué sería de las telenovelas, las revistas de farándula, las películas y las familias reales europeas sin el alimento de los amores difíciles?

En estos días el romance, con hijo a bordo, que la princesa Estefanía de Mónaco tiene con quien fuera su guardaespalda, ha sido publicado por todos los medios impresos del mundo. La noticia de un exiliado cubano que arriesgó su vida por rescatar a su mujer y sus hijos en una avioneta que aterrizó en una autopista de La Habana, también le dio la vuelta al mundo y puso a competir por la exclusiva a los productores de Hollywood.

Pocos días después sucedió algo no menos insólito: un marinero ruso de un barco que había zarpado de Cuba se lanzó al mar y nadó hasta la costa de Florida arrebatado por el amor de una habanera a la que no quería dejar a pesar del perentorio mandato del capitán de la nave. A Colombia la conmovió la historia de un policía miembro de un Cuerpo de Paz en Yugoslavia, quien conoció a una muchacha serbia y huyó con ella a nuestro país.

Revista Diners encontró tres parejas que superaron muchos impedimentos, sobre todo el de nacionalidad e idioma, con tal de estar juntos para siempre.

EFRAIN LARGO Y PHALLY KAOV

El sargento vice-primero Efraín Largo tiene 35 años, sabe inglés y, por razones de amor, está aprendiendo a hablar khmer. Fue enviado a Camboya como integrante de la fuerza multinacional de las Naciones Unidas encargada de preservar la paz durante las elecciones de ese país, y de allá regresó con una silenciosa y tímida camboyana de 17 años, después de enamorarla casi por señas y someterse a mil peripecias para casarse con ella.

Phally Kaov flechó al sargento Largo la primera vez que él la vio, aún sin cruzar palabra-ninguno entendía ni un solo vocablo del otro-. Fue en Salay Visach, provincia de Kompong Thorn, donde él estaba de servicio.

Un día se acercó a una casita a buscar una gaseosa, y ahí estaba ella. Le pareció dulce y linda en medio de la pobreza y el desastre de la guerra. Gesticulando se hizo despachar la bebida y la observó detenidamente. Le gustó su manera de ser, y siguió frecuentándola.

Al cabo de dos meses su comandante le comunicó que tenía que dejar de ver a Phally porque un militar camboyano estaba enamorado de ella y había amenazado con matarlos a ambos si los veía juntos. Pero él no se amedrentó, pues en esos momentos ya le palpitaba el corazón por Phally. Así que decidió hablar con ella. Consiguió un intérprete que traducía al khmer su inglés de acento colombiano, y se fue a preguntarle a su «novia» cómo era el asunto con el camboyano. Ella le contó que éste quería hacerla su esposa pero que ella no había aceptado y por eso estaba furioso.

Efraín, que tenía ahorrados algunos de los dólares que le pagaba la ONU, decidió ayudarle para que se fuera con su familia a otra provincia, Kompong Cham, donde también tenían familiares. Allá compraron una casa, y Phally empezó a estudiar Inglés con unos intérpretes de las Naciones Unidas.

«Entre ella y yo no hay problemas de comunicación», dice ahora Efraín orgullosamente. El Siguió visitándola, pues obtuvo un traslado para cerca de Kampong Cham, y durante siete meses sostuvieron un romance de miradas y sonrisas. En Camboya no existe el noviazgo. Simplemente los hombres escogen a la mujer que quiere para esposa, y se casan si la mamá de ella aprueba la unión.»Entender esas costumbres fue difícil para mí- advierte Efraín-. Allá no es permitido estar solos, cogerse las manos, besar o acariciar a la prometida. Menos mal que le caí bien a la suegra”.

EL 27 de marzo de este año se llevó a cabo el matrimonio, a pesar de que su familia en Colombia se dividió en opiniones y de que sus compañeros de misión lo tacharon de loco. No hubo ceremonia religiosa porque ella es budista y él cristiano, y en cambio realizaron ritos de las tradiciones camboyana y colombiana.

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La celebración duró tres días. Hubo una sucesión de eventos para los cuales Phally se puso diecisiete vestidos diferentes. Todo el ritual camboyano se cumplió: el primer día, a las doce, la mujer le corta el cabello al hombre, a las tres de la tarde le enciende un cigarrillo, a las cinco todos se arrodillan ante una mesa y comen frutas y juegan a coger con la boca unos billetes que cuelgan de una cuerda, a las siete ella le lava los pies a él, y a las ocho los invitados pasan a tomarle fotos a la futura cama nupcial.

Luego él se va a su casa, y al otro día hay paseos, almuerzo y fiesta vespertina. Cuando terminan las ceremonias, él se traslada a vivir a la casa de la mujer. Pero ya estaba acordado que Efraín y Phally serían la excepción de esta regla.

En agosto pasado el colombiano y la camboyana volaron a Bogotá. El trabajará en la parte administrativa de la Dirección Nacional de la Policía, y ella se ha dedicado a aprender español. Ambos parecen muy enamorados y felices de haber roto las barreras que los separaban.

CARLOS GALINDO Y JANA VECHOVA

La casualidad los puso uno frente al otro durante un baile estudiantil en un hotel del famoso balneario de Karlovy Vary, de Checoslovaquia, en 1959. El era un congresista colombiano de 35 años invitado por el gobierno comunista checo a una gira junto con otros colegas, y ella era una colegiala de 17 años que estaba con su novio en aquella fiesta.

Él bajó de su habitación a buscar un trago que le anestesiara el dolor de las costillas que se había roto en una tina de baño en Praga y que no lo dejaba dormir, y a la primera que vio en el salón fue a Jana. Después de mucho mirarla, por señas la invitó a bailar.

Galindo hablaba inglés y francés, pero ella sólo sabía checo y ruso, de manera que en las pocas piezas que bailaron no lograron entablar una conversación. Carlos la invitó a su mesa, donde un funcionario de la Cancillería les sirvió de intérprete. Entonces el novio se enfureció y la sacó de la fiesta.

El periplo de los congresistas colombianos continuó por los países de la Unión Soviética. Carlos, que antes de partir había sorprendido a Jana con una visita en su casa, empezó a enviarle cartas desde cada ciudad que visitaba, y esto la obligó a buscarles traductor.

A los dos meses y medio él volvió a Karlovy Vary, con signos en un papel le propuso matrimonio. La mamá de ella estuvo de acuerdo, pero el papá las declaró locas a las dos.

Tuvieron que acudir a un amigo de la casa que hablaba francés para que tradujera, y al fin de una noche entera de discusiones políglotas el papá dio el sí, pero con la condición de que esperaran un año a que ella cumpliera la mayoría de edad y terminara sus estudios. Tenía la secreta esperanza de que en ese tiempo el proponente desistiera.

Pero Carlos Galindo no desistió. Cuando Jana cumplió sus dieciocho y terminó los estudios, inició los trámites del permiso para viajar a Colombia. Sin embargo, durante un año la Cortina de Hierro no se abrió para que ella pudiera salir.

Solamente los buenos oficios de aquel traductor de la propuesta de matrimonio, que por increíble casualidad había sido nombrado cónsul general de Checoslovaquia en Colombia, y la oportunidad que surgió de que él y Carlos le plantearan el caso al viceministro de Relaciones Exteriores en una visita que éste hizo a Latinoamérica, le permitieron obtener un permiso… por ocho días.

Jana llegó a Colombia con tres dólares en su cartera y un equipaje de ilusiones. Al día siguiente el hermano de Carlos, el sacerdote Adolfo Galindo, les leyó la Epístola de San Pablo. Un diccionario les ayudó a entenderse en las primeras semanas.

La necesidad, su suegro y un montón de revistas contribuyeron a que en tres meses entendiera lo suficiente de español para comunicarse libremente. Hoy, 32 años después, en un castellano fluido cuenta feliz su historia, y la remata con estas palabras: «Uno se enamora, más que con palabras, con gestos, con las manos, con los ojos.

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En el amor no se necesita hablar. Obviamente es rico que le digan a uno las cosas, pero uno las entiende sin que se las digan. De todas maneras, ahora que lo pienso, yo sí fui muy macha».

HITOSHI HOSOTANI Y AMPARO LOMBANA

Cuando Hitoshi Hosotani vino a Colombia en 1985 como agregado civil de la embajada del Japón, tuvo que ponerse a estudiar español por que no hablaba ni una palabra de este idioma. Entonces Amparo Lambona apareció en su vida.

Ella no era profesora, en realidad estudiaba contaduría. Pero su abuela, a quien el embajador Fujimoto le contó el problema, la comprometió, y para no hacerla quedar mal y como tenía algunas horas libres, Amparo aceptó a pesar de que le parecía «el plan más aburrido del mundo».

Durante su entrevista, el embajador hizo llamar a Hitoshi, y al verlo sudando de la timidez y saludarlo, ella sintió que algo se le salió de adentro. «Creo que ese fue el flechazo», considera al contarnos la historia.

A los pocos días de estar ella dando sus clases en la sede diplomática y de hacerse entender por medio de dibujos y hasta de maromas, el embajador le propuso que acompañara a Hitoshi un fin de semana a comprar ropa de cama y otros objetos domésticos.

Desde aquella salida juntos, Amparo Lombana empezó a preocuparse por Hitoshi, quien se quedaba encerrado los fines de semana en su apartamento. Ambos tenían 26 años, y mientras que el nunca había tenido una novia, ella llevaba cinco años de un noviazgo que pronto empezó a parecerle monótono.

En una ocasión que los invitaron a una primera comunión en un parque de diversiones, en medio del alboroto general Hitoshi la abrazó y le dio un beso en la mejilla.»Yo me quede como una estatua, porque me di cuenta de que había algo. Uno no se enamora en un idioma especial», dice Amparo.

Al cabo de tres años, Hitoshi le propuso matrimonio. Ella aceptó aunque estaba de por medio la posibilidad de tener que irse a vivir al Japón y nacionalizarse allá. Fueron a conocer a los suegros, quienes no se mostraron partidarios del enlace.

Sin embargo, se casaron. Pero no tuvieron que radicarse en el país de Hitoshi. Un exportador de esmeraldas le propuso que trabajara para su empresa en Colombia. Ahora tienen un hijo de tres años, Hiroshi, que seguramente va a ser bilingüe.

Para Hitoshi sigue siendo difícil el español, pues sólo lo habla en su casa. El y Amparo nunca pelean, pues mientras encuentran las palabras necesarias, olvidan el motivo de la discusión.

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