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"Así me curé de la bulimia", Juliana Muñoz Toro

Juliana Muñoz Toro conversó con Diners sobre su novela, Los últimos días del hambre, y de su relación con la bulimia. Un testimonio crudo que busca trascender lo anecdótico.

Foto: Ilustración: Juliana Pedraza

Juliana Muñoz Toro conversó con Diners sobre su novela, Los últimos días del hambre, y de su relación con la bulimia. Un testimonio crudo que busca trascender lo anecdótico.

Me ofrece un café y algo de comer. Dispone pan, ponqué y frutas sobre la mesa, hay que alimentar la palabra. Juliana Muñoz se sienta en el rincón más cálido de su sala, donde la encuentra el rayo directo del sol, donde puede de vez en cuando descansar de mi mirada y perderse en los cerros bogotanos. Sirve el café, parte una manzana a la mitad. El corazón expuesto frente a ese recuerdo de la bulimia.

Juliana Muñoz Toro

Juliana Muñoz Toro. Foto: Julián Mora Oberlaender


Desde la portada de su novela se intuye lo que viene: una mujer que se devora a sí misma, una mujer que va desapareciendo. ¿Tal vez por eso son los últimos días?

Sí, tiene que ver con un conteo de solo cien días en el que está en juego su vida, un conteo para acabar con el hambre infinita que sufre. Hambre no solo de comida, sino de compañía, de entender muchas cosas.

La novela empieza cuando la protagonista es desahuciada por su psicóloga, que ya perdió la esperanza de que esta mujer pueda recuperarse de su glotonería y posterior purga. El día a día con esa enfermedad, la bulimia, en la que como usted dice “se devora a sí misma”, es lo mismo que estar muerta.

Usted es profesora en la maestría de Creación Literaria de la Universidad Central. He escuchado que uno de los consejos que les da a sus estudiantes es que encuentren una mirada particular. ¿Qué tiene de distinta esta historia?

Ese consejo es el mismo que me daban las escritoras Diamela Eltit y Lina Meruane, con las que tuve la fortuna de estar en varios talleres. Decían, en otras palabras, que ya todos los temas estaban contados, pero aún podíamos indagar en las formas, en la mirada, en el lenguaje y más.

Ya se ha hablado de los trastornos alimentarios en la literatura, sobre todo de la anorexia, pero muy poco de la bulimia. Algo distinto de este libro es la exploración exhaustiva que hice de cómo nos relacionamos con la comida, no solo desde la enfermedad, sino desde el afecto; de las dietas modernas y qué nos dice la sociedad acerca de cómo debe ser el cuerpo de la mujer; de la glotonería y el vómito en el arte, la historia, la religión…, aún hoy después de publicado el libro se me siguen ocurriendo conexiones.

¿Es una historia que solo podía contar usted? O ¿por qué escribir sobre este tema?

Siento que muchos escritores creamos partiendo de la experiencia. Escribimos porque hemos vivido. Esa experiencia puede ser compartir el sentimiento de frustración del protagonista, quien decide crear un mundo con reglas nuevas.

La experiencia puede ser haber amado, perdido. Imaginar también es vivir. En este caso mi experiencia es mucho más cercana, pues yo misma padecí bulimia hace años. Y hay que escribir sobre este tema porque no solo hay mucha gente con este desorden, sino también hombres y mujeres para quienes la relación con la comida es desde la compulsión o desde el castigo. Solo hay que ver cualquier comercial que hable de helados o pastel de chocolate: te hablan de “pecadillos” o de “romper la dieta”, como si estuviéramos condenados a estar en una.

¿Le da pudor hablar sobre su experiencia personal?

Antes sí. La bulimia es una enfermedad “fea”, si es que acaso hay enfermedades bellas. Comes de una sentada lo que nadie con un apetito normal comería en un solo día, y luego vomitas. Y como sabes que puedes vomitar, vuelves a atracarte de alimentos, sin siquiera disfrutarlos, lo haces para castigarte, para llenar vacíos, por ansiedad, por tristeza, por todo.

Es un círculo vicioso. No, es más que un vicio: la comida puede ser una adicción tan destructiva como cualquier droga. Además, hay quienes aún creen que pedir ayuda psicológica o psiquiátrica es porque estás loco, loco sin cura. Ellos son los que verdaderamente te desahucian.

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Juliana Muñoz

Portada del libro de Juliana Muñoz.


¿Qué hizo que tomara la decisión de exponerlo públicamente?

La lejanía con la enfermedad ya me hace verla en perspectiva. A crear un personaje, no a escribir sobre mí. Me curé hace ocho años. Le digo cura a no purgarme más, a no hacer ningún tipo de dieta. Ya no necesito ayuda psicológica. Hoy en día mi relación con la comida y el ejercicio es desde el placer.

Busco lo que me hace feliz. Otra razón es porque me interesa hablar del trabajo creativo que hay en una obra que pudo nacer en la experiencia personal, pero que terminó siendo completamente ficción. Esa protagonista no soy yo, ese mundo no es el mío, pero es una historia honesta, posible. Eso mismo busqué en mis otras novelas, 24 señales para descubrir a un alien (Tragaluz) y Mi hermana Juana y las ballenas del fin del mundo (Planeta Lector), dirigidas, además, para el público infantil.

¿Por qué el énfasis que le quiere dar a la ficción?

La ficción me permite abrir una historia, hacerla, si es posible, universal, cuenta Juliana Muñoz. Las autobiografías, en mi opinión, solo funcionan cuando eres reconocido y todos quieren saber de ti. No les interesa un personaje, sino un nombre.

En el caso de Los últimos días del hambre, lo interesante no es mi nombre, sino esta protagonista, construida con ese conocimiento de las voces internas de la enfermedad, pero también con un lenguaje poético, con giros narrativos, con elementos estéticos.

Una protagonista que interactúa con personajes que tienen su propia relación anormal con la comida y con el cuerpo, y que responde de manera más sorpresiva de lo que yo lo haría.

Este libro no es de autoayuda, sino de literatura. La literatura también nos salva. Pero su historia personal tiene un final feliz, un “método” de curación. ¿Cómo lo hizo?

También tiene que ver con un conteo que hice de cien días en los que no podía vomitar. Cuando caía en el día cuarenta, en el día ochenta volvía a empezar y así hasta que llegué al día cien y nunca volví atrás. Como dije, ese círculo comilona-purga-comilona era una adicción, un hábito.

Es difícil deshacerse de cosas así solo con fuerza de voluntad. Había que, digamos, obligarme a no hacerlo hasta que mi mente se acostumbrara a eso. Yo quería curarme, estaba viviendo un infierno. Pero no podía. Hay quienes piensan que es una cuestión de vanidad, o te dicen “no vomite y ya, simple”. Nada más equivocado. Era algo que me superaba, que superaba a mi familia, a la psicóloga. La mente es un enigma; la mente es, a veces, indomable.

Pero no solo el conteo la salvó. La escritura la salvó…

Totalmente. En esa época no escribía una novela, sino cosas muy personales. Podría decirse que un diario, pero un diario con un objetivo: curarme de la bulimia. Juliana Muñoz empezó a tomar nota de las cosas que me frustraban y, tal vez lo más importante, de lo que me hacía feliz.

Cuando uno tiene un trastorno así, que desencadena, además, una depresión, los momentos de felicidad se van reduciendo, olvidando. Por ejemplo, colgué un calendario en la pared y en cada día mi reto era escribir al menos una cosa que me hubiera hecho feliz, algo pequeño: ver una película, comer un helado sin culpas, darme un automasaje en los pies, leer un buen libro…, con lo más simple estaba más cerca de salvarme.

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¿Compartió ese diario con alguien? ¿Conoció a otras personas que pasaban por lo mismo?

Juliana Muñoz tuvo un blog anónimo en el que publicaba algunas de esas reflexiones que tal vez les podían ayudar a otras mujeres que pasaran por algo parecido. En aquel entonces había bastantes blogs de “anas y mías”, como se hacían llamar las anoréxicas y bulímicas que estaban, por lo general, orgullosas de serlo y que compartían trucos para no ser descubiertas y para bajar de peso a cualquier precio.

Cuando di con esas páginas sentí algo muy oscuro. Me daba pánico querer, en el fondo, seguir así, suicidándome lentamente. Nunca obtuve nada bueno de tantas dietas y purgas: casi nunca bajaba de peso, les hacía daño a quienes amaba y aunque adelgazara seguía siendo infeliz, porque con estos trastornos lo que pasa es que nunca eres lo suficientemente flaca, ni buena, ni exitosa. La única meta alcanzable es morirse.

¿Cuándo empezó todo? ¿Empezó con la purga?

La purga fue la alerta roja, lo que me dijo “ya no tienes el control de esto”. Pero este desorden tuvo su origen desde mucho antes: desde que tuve una Barbie y mi cuerpo no tenía nada que ver con el suyo, desde que en una clase de educación física me pesaron para determinar si al final del bimestre pasaba o no la materia (no por el deporte que hubiese hecho, sino por el peso perdido), desde que unas compañeras se burlaron de mis caderas, desde que una desconocida me dijo gratuitamente en la piscina que lo mejor para los conejos era hacer sentadillas, desde que empecé a leer en todas las revistas cada tipo de dietas para tener un “cuerpo de bikini” para las vacaciones o para adelgazar después de los excesos de vacaciones. Cosas así de absurdas, sumadas al perfeccionismo, a la inseguridad normal en una adolescente, a temas no resueltos en la manera en la que me relacionaba, etc.

¿Qué reacciones ha tenido esta novela en sus lectores?

Hay algo que me conmueve mucho, dice Juliana Muñoz: cada persona que la ha leído ha pasado por algo similar, o encuentra una conexión con las sensaciones difíciles que abordo.

Una maestra de yoga me habló de su padre con anorexia, de ella misma frente al inodoro y de cómo trabaja cada día en su propia aceptación. Una terapeuta me contó que su hermana había sido bulímica desde los nueve años hasta los 27, cuando tuvo su primer hijo.

Un amigo me reveló que había pasado por unos meses de profunda depresión inexplicable y que le era imposible probar bocado, que lo vivió casi solo, ocultándolo de los demás.

Las historias continúan. Y no es que ellos hayan encontrado una respuesta a esas situaciones sino, como dijo la maestra de yoga: “Nada más sanador que la verdad, franca y descarnada”.

Solo esa crudeza que hay en el relato puede hacer sentir en carne viva lo que yo viví, lo que muchos viven.

Gracias por aceptar hablar conmigo sobre estos temas. Sobre todo por ser yo, que soy usted misma.

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Agosto
04 / 2020

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