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Las antihigiénicas ocurrencias del señor Carreño

Un estudio desinhibido sobre el famoso Manual de Urbanidad, con énfasis en el tema de los asientos calientes y los vellos de las orejas, por Daniel Samper Pizano.

Foto: Kingsman, 2018

Un estudio desinhibido sobre el famoso Manual de Urbanidad, con énfasis en el tema de los asientos calientes y los vellos de las orejas, por Daniel Samper Pizano.

Nunca me entusiasmó, como buenas maneras, el Manual de urbanidad de Carreño. Para empezar, siempre he dudado de que un venezolano ¡un venezolano!-esté en condiciones de dictar cátedra sobre etiqueta. Los he visto recorriendo nuestras calles y carreteras en automóviles lobísimos enrasados de yate, mascando palillos de dientes y escupiendo por la ventana abierta.

Lo anterior, sumado a las horribles guayaberas lilas que acostumbran a usar, a las pulseras doradas que penden de sus muñecas y a los sombreritos verdes que se enfundan para sus recorridos turísticos, me hace desconfiar de toda lección de urbanidad que salga, a riesgo de perecer empalizada por los mondadientes, de la boca de un venezolano.

Pero es que, además, desde la primera vez que mi mamá me obligó a leer la Urbanidad de don Manuel Antonio Carreño-como medida correctiva por haberme sonado disimuladamente con las cortinas de la sala de mi tía Rita-, encontré en el libro un verdadero tesoro de cochinadas. Porquerías que no se le pasan por la mente a nadie, ni siquiera a esa máquina de porquerías que suele ser un niño de siete años, florecen en las páginas de Carreño.

Sería una incivilidad -dice el desaseado autor- tomar en nuestras manos lo que ha salido de la boca de otro». Nunca se me habría ocurrido hacerlo. El sólo hecho de que alguien lo considere así sea para condenarlo, me parece del peor gusto.

«Los vellos que nacen en las orejas legisla Carreño en otro aparte de su Manual- deben arrancarse desde el momento en que se hagan notables». En Colombia, donde es tan fácil hacerse notable, hasta un pelo de la oreja puede llegar a serlo.

No habría que extrañarse, incluso, si se determina que hace poco resultó elegido alguno en cualquier asamblea departamental. Pero la mera posibilidad de andar arrancando pelos de las orejas me parece, por una parte que denuncia en Carreño una mente insana; y, por otra, que quita parte de su encanto político a Virgilio Barco, el cual, según me dicen, cultiva con tal esmero las pilosidades auriculares que ha llegado a contratar a Emiro para que les haga el «blower».

Nada de esto constituye tema agradable de conversación, lo entiendo. Pero trato de mostrar las impropiedades del señor Carreño Este caballero, por ejemplo, escribió también la siguiente norma de urbanidad: «Hay quienes contraen el horrible hábito de observar atentamente el pañuelo después de haberse sonado». Descripción insólita que, de sólo hallarse escrita, produce náuseas.

Carreño tenía hígados suficientes para imaginar toda esta colección de porquerías -y muchas más que no quiero ni mencionar por respeto a los lectores-y condenarlas luego para hacerse el bien educado.

De Carreño me molesta, pues, que sea venezolano y que tenga tanta fecundidad para imaginar vilezas. Pero también me molesta el descarado sentido de clase que campea a lo ancho de su Manual de Urbanidad.

El divide cómodamente a la humanidad entre seres inferiores y superiores, se coloca rápidamente entre los segundos y procede a agraviar a los primeros: «Una sola persona debe ceder la acera a dos o tres que se encuentren juntas, a menos que le sean todas inferiores»… «Cuando de dos o tres personas que encuentren a otra sola, le sea una superior y las demás inferiores, éstas se abrirán dejando a aquéllas la acera»… «No está permitido detener a una persona en la calle sino en caso de grave urgencia; en general, el inferior no debe nunca detener al superior»…

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Así está construido el mundo de Carreño. Por superiores, que son los aristócratas bien educados, y por inferiores, que son los demás mortales, incluyendo alpargatones, mantecos, ruanetas, indios atravesados, viejas lobas y demás ejemplares de la fauna social. O antisocial, mejor dicho, porque no pertenecen ellos a la alta sociedad que se regodea con el Manual de Urbanidad de don Manuel Antonio Carreño.

Una discusión acalorada

Dicho lo anterior, debo agregar sin embargo que encontré en algunas páginas del Manual ciertos asomos visionarios. Particularmente me ha llamado la atención el premonitorio párrafo que dedicó Carreño a los asientos tibios:

No brindemos a nadie -dice la norma 29 del capítulo V- el asiento de donde acabamos de levantarnos a menos que en el lugar donde nos encontremos no exista otro alguno. Y en este caso, pro- curemos, por medios indirectos, que la persona a quien lo ofrecemos no lo ocupe inmediatamente, sin emplear jamás frase ni palabra que se refiera o pueda referirse al estado de calor en que se encuentra el asiento, pues esto no está admitido en la buena sociedad».

Sea porque esta admonición de Carreño caló en el pueblo con el paso de los años o sea porque el pueblo, con su sabiduría, descubrió espontáneamente la desagradable situación descrita por Carreño, lo cierto es que hoy, 108 años después de muerto el quisquilloso autor, en Colombia se aplica cuidadosamente la prohibición de ocupar asientos calientes en buses y busetas.

Es fácil darse cuenta, en los congestionados vehículos de transporte público, que, cuando alguien abandona su silla el pasajero afortunado que lo reemplaza rara vez se sienta inmediatamente en ella. Por lo general se detiene delante del asiento (acto indispensable de propiedad) y en esa posición permanece algunos segundos, hasta cuándo calcula que la temperatura del puesto ha alcanzado límites tolerables.

En ningún momento, como lo quería Carreño, se habla sobre el tema. No hay la menor referencia directa al «estado de calor en que se encuentra el asiento», como lo prescribe el Manual. Simplemente, el pasajero espera y luego ocupa el lugar.

He podido ver en los buses algunos caballeros que se ponen en pie para dejar sentar una señora preñada -acontecimiento aquel que no sucede todos los días-, y luego he comprobado con pena que la señora agradece la atención pero se toma unos segundos rigurosos antes de instalarse en la silla tibia que le ceden.

El tema parece de poca monta, pero provoca admiración internacional. Tengo en mis manos el número 3 de la revista La Cloaca, publicada por los voluntarios del Cuerpo de Paz en Colombia en diciembre de 1979.

Aparece allí un interesante estudio de Dennis M. Harris sobre el tema que llamó la atención a Carreño hace más de un siglo y que hoy sigue en vigencia en nuestros vehículos de transporte público. Harris señala que uno de los aspectos más interesantes de la vida cotidiana de Bogotá es lo que él llama «Ocupación Demora- da de Asientos de Bus» (en español identificada con la sigla ODAB y en inglés conocida como DRBS).

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El inteligente investigador gringo llevó a cabo un estudio que le permitió establecer algunas cifras en relación con el índice de ODAB. Según observaciones científicas que fueron tabuladas en meticulosa forma, el 9 por ciento de los pasajeros de bus no practica la ocupación demorada.

El 91 por ciento restante ocupa de nuevo el asiento recién evacuado tras una espera promedio de 17.6 segundos. Quienes menos tiempo aguardan antes de que enfríe el asiento lo hacen a los 8 segundos; los más escrupulosos tardan 32 segundos. Harris estableció algunas variables por sexos y edades. pero no alcanzó a introducir otras consideraciones fundamentales, como educativo y creencias políticas, debido seguramente a falta de fondos.

Así y todo, pudo concluir que los hombres se sientan en promedio a los 18.g segundos de la vacancia de la silla las mujeres a los 16.3 segundos. El profesor Harris señala que las cifras no ofrecen diferencia tal que las haga significativas, pero yo me permitiría sugerir un muestreo más amplio, ya que el de Harris se limitó a diez casos por sexo. Analizó también el ilustre norteamericano la diferencia por edades.

Según logró establecerlo, los pasajeros cercanos a los 20 años dejaron pasar apenas 16.98 segundos antes de sentarse, en tanto que los mayores de 30 se tomaron en promedio 17.84 segundos. Insiste Harris en que los guarismos son tan próximos que no permiten sacar conclusiones de importancia. Pero yo insisto en que se examine una muestra más amplia, con la certeza de que aparecerán datos interesantes.

Finalmente tuvo en cuenta Harris el factor de ocupación de sillas que dejaban vacías pasajeros de sexo opuesto. Y encontró que, con levísimas diferencias (de 18.03 a 16.72 segundos), tardaban más en dejarse caer en el asiento las personas que ocupaban el sitio se había sentado un pasajero del sexo opuesto.

¿Cuál es el comportamiento de otras ciudades de Colombia en relación con el ODAB? En Cali, según Harris, el 59 por ciento de los usuarios practican la ocupación demorada del asiento. Entre- tanto, en Barranquilla, la observación preliminar realizada indicó que este hábito se desconoce. Sugiere el autor de la investigación la realización de nuevos estudios que incluyan, por ejemplo, consideraciones raciales. Él está seguro de que este factor tiene influencia en el índice.

Harris atribuye la extendida práctica de la ocupación demorada de asientos de bus a la creencia de que las sillas tibias transmiten la sífilis. Esto, naturalmente, no es cierto. Y yo creo que ni siquiera es cierto que la gente lo crea. Pienso, simplemente, que en los pasajeros de bus produce poco entusiasmo la cálida acogida de un cojín público. Cosa por demás comprensible y civilizada, como lo reconoce el propio Carreño.

El estudio de Harris sobre ocupación de asientos de bus tibios es muy interesante. Pero no sería sensato fomentar investigaciones semejantes sobre los distintos aspectos que componen las normas de urbanidad. ¿Qué tal, por ejemplo, una encuesta sobre tamaño de los vellos de las orejas? ¿O un análisis cuantificado sobre el TOP (Tiempo de observación de pañuelos)?

Carreño, en fin, ofrece más de un peligro para la urbanidad y las buenas maneras. Habría que ver si quien se llame verdaderamente educado sería capaz de incurrir en el acto incívico de describir con tanto detalle y entusiasmo como lo hace Carreño las conductas reprobables en la mesa, la sala, la calle, la iglesia y hasta la cama.

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Junio
29 / 2018


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