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Apartes del libro "El oso y el madroño" de la colección Inmigrantes

La escritora narra su vida en Madrid, como parte de la colección de crónicas «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones. Estas son las primeras páginas de su libro.

La escritora narra su vida en Madrid, como parte de la colección de crónicas «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones. Estas son las primeras páginas de su libro.

Todos los nativos de Nueva York piensan en dejar Ciudad Gótica y, por supuesto, lo hacen. Irse puede reducir el porcentaje de ser empujado a un metro en movimiento, de padecer la enfermedad aérea de la semana, de ser golpeado por los escombros que caen de los rascacielos, o de aceptar esa cita con un asesino en serie concertada por LoveMatch.com.

Pueden pasar muchas cosas en un minuto en Nueva York.

No existe mayor diferencia entre la gente y la población de ratas y cucarachas: deshacerse del todo de los neoyorquinos es casi imposible. Estas criaturas ultra territoriales, temerosas del clima, competitivas en un sentido darwiniano, se esconderán o dispersarán temporalmente en cualquier otro lugar. Pasarán una semana en Roma.  Tendrán un retiro de verano en Bali para hacer yoga. Se inscribirán en un tour patrocinado por Angelina Jolie para adoptar niños en África y estar a la vanguardia de todo.  Esa clase de cosas.  Pero, ¿convertirse en un expatriado presumido en el estilo de Gertrude Stein y abandonar el apartamento de un cuarto con una renta estable en NoHo, a dos cuadras del tren F y los supermercados, para comenzar de cero en otro país que habla otro idioma diferente al inglés?  Nunca.

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Una noche sentada en el escritorio de mi apartamento miniatura, con el corazón convaleciente, que había sido arrancado de mi pecho al estilo azteca algunos meses atrás, comencé a tener una piquiña intelectual: quería investigar la vida de una torera española del siglo XIX, quien tenía un parecido estremecedor con Frida Kahlo. Había leído sobre ella en un libro que había reseñado. La idea de investigar sobre su vida, convertir los hechos en una novela histórica y vivir por substitución sus aventuras, me golpeó duro en la cara.  Luego me echó un baldado de agua, seguido por un pararrayos.  La idea era demasiado buena como para dejarla. Pero para realmente descubrir todos los detalles de la vida de esta mujer misteriosa que Google no podía ofrecer, sin importar en cuántas páginas buscara, tenía que ir a España. Literalmente.

Estaba en mis tempranos treintas, y había comenzado a sentir tan apretado mi barrio del centro, como mi favorito par de jeans desteñidos Levi 501’s (los había comprado en la ahora difunta Antique Boutique de Broadway un día que capé clase, por allá en 1989), y había comenzado a ser muy difícil respirar en cualquiera de los dos. Entonces me los quité, me puse unos pantalones de estar en casa y me arrastré por la salida de escape manchada de hollín, con una Amstel, para intentar encontrar razones. Me quedé mirando una pared de ladrillos sin gracia, cubierta con excrementos de paloma, y quedó muy claro que necesitaba un cambio de escenario. Esa noche, compré un tiquete de ida y vuelta a Madrid.  Me quedaría diez días.

Mi sangre es 100% colombiana, como el café Juan Valdez, aunque es más bien una mezcla aguada, dado que nací en los Estados Unidos.  La idea de ir a reconectarme con el vástago bucólico de mi hispanidad  metropolitana, parecía una cosa que podría ser igualmente enriquecedora a nivel cultural. No era mi primera visita a Madrid. Había pasado allí un semestre de noches de bares y discotecas, estudiando literatura, durante mi segundo año en la universidad. Recuerdo mi sorpresa de ese entonces, al darme cuenta que el único hombre negro que vi en mi viaje, era otro estudiante norteamericano de literatura, proveniente de Oakland, California, con quien compartíamos el mismo programa de estudios. Años después, cuando comencé a ponerme vestidos de mujer de negocios y gafas con gruesos marcos hechos con caparazones de tortugas, para mi trabajo como editora en Park Avenue, fui enviada anualmente a Madrid para la Feria del Libro y, gradualmente, vi crecer la ciudad y volverse un poco más multicultural: un restaurante indio aquí, uno chino más allá.

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Mi memoria selectiva también recordó que había encontrado a esa ciudad como un lugar relativamente fácil, en el que se puede vagar por la calle sola sin ser piropeada muy a menudo. Los hombres españoles, guapos y bien alimentados hasta que sus madres los echan de la casa a la tierna edad de 35, son ineficientes en el departamento de la gimnasia verbal: ¡Guapa! , en comparación con sus locuaces vecinos italianos: Bella bellisima amore santa putana mama mia espiritu santo!, o el obrero de construcción neoyorquino en su búsqueda espiritual: Hey, why didya stop calling?  Was it something I said? Madrid era un lugar en el que me podía sentir anónima.
De la colección «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones.

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Noviembre
29 / 2011

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