SUSCRIBIRME

Apartes del libro "A un Paso de Juárez" de la colección Inmigrantes

El escritor colombiano relata su vida como inmigrante en El Paso, Texas, como parte de la colección «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones. Estas son las primeras páginas del libro.

El escritor colombiano relata su vida como inmigrante en El Paso, Texas, como parte de la colección «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones. Estas son las primeras páginas del libro.

Salí de Colombia rumbo a El Paso el 7 de agosto de 2006, el mismo día en que Álvaro Uribe Vélez se posesionaba por segunda vez como presidente de Colombia. En esa época solía decir que me iba porque el país iba de culo al desbarrancadero, lo cual resultó verdad. Sin embargo, la razón fue otra: me fui porque quería escribir.
No es que no pudiera escribir en Colombia, como le pasaba a Henry Miller con Nueva York. Para Miller, el espíritu mercantilista de los Estados Unidos y en especial de su ciudad, Nueva York, alejaban al hombre de cualquier fuente creativa, lo secaban por dentro. Colombia no me secó por dentro, tampoco lo ha hecho Estados Unidos, aunque entiendo perfectamente a Miller. Ambos países, a su manera, endurecen el corazón y matan al hombre; y también, a su manera, lo reviven y lo llenan de vida.
~
Era mi segunda experiencia como inmigrante. A los dieciséis años llegué a Medellín proveniente de Montería. Diez años después lo hacía a El Paso, Texas. Los dos viajes, sin embargo, fueron muy diferentes. A Medellín llegué a estudiar en una universidad en la que se hablaba mi idioma y a una cultura que me era familiar. A El Paso, en cambio, vine sin saber una palabra de inglés o, para ser justos, unas cuantas. No conocía a nadie en una ciudad donde el cruce de culturas es profundamente complejo. Un día, al final de un concierto conmemorativo del Día de los muertos, el guitarrista de uno de los grupos que se presentaba, se acercó al micrófono y gritó: “Porque esto fue México, es México y será México”. No es cierto. El Paso puede llegar a parecer México, pero no lo es. Tampoco es Estados Unidos, o no termina de serlo. El carácter mismo de las personas es un poco distinto si crecen a un lado o al otro de la frontera. Hay algo difícil de nombrar que diferencia a la gente que creció en Juárez a la de El Paso. No se trata de un asunto racial pues en El Paso el 80% de la población es hispana (o latina, o mexico-americana o pocha o como quiera que sea políticamente correcto llamarlos). Todos tienen familia a ambos lados de la frontera, todos comen lo mismo y oyen la misma música.
Alguna vez una alumna me dijo que se sentía huérfana de una primera lengua. Ella hablaba perfecto español e inglés y, sin embargo, no pertenecía a ninguna de esas dos lenguas. Su tragedia, pensaba, era que toda su vida sería una extranjera sin importar dónde estuviera.
Algo parecido dice el poeta cubano Gustavo Pérez Firmat, quien nació en 1949 y emigró a los Estados Unidos en 1960, en uno de los poemas de su libro Bilingual Blues: Poems, 1981-1994:
The fact that I
am writing to you
in English
already falsifies what I
wanted to tell you.
My subject:
how to explain to you that I
don’t belong to English
though I belong nowhere else.
Ese sentido de orfandad se siente en El Paso.
~
Llegar a un lugar donde no se conoce a nadie y nadie lo conoce a uno es una liberación y una condena. Lo primero es aprender a vivir solo. Ser el mejor amigo de uno mismo y, por lo tanto, la mayor amenaza. La soledad otorga paz y angustia por partes iguales. En El Paso tuve una sola crisis en la que quería dejarlo todo y volver a casa. En ese momento me sentía desolado. Mi familia nunca ha tenido la costumbre de llamarme. Quien más me llama es mi padre pero sus llamadas suelen ser cada dos o tres meses. Mi madre me ha llamado sólo una vez en cinco años.  Mi hermana dos. Mi hermano nunca. Nadie más de mi familia.
La soledad me estaba angustiando: extrañaba profundamente a Luzk, mi novia en Colombia. Ahora que lo pienso, de haber tenido teléfono, ella me habría llamado. Sentía que no podía continuar; que regresar o perder la razón eran mis únicas opciones. En medio del desespero, mi amigo Carlos Molina se conectó al chat de Gmail. Él también estaba lejos, en Río de Janeiro. Creo que no estaba solo, pero lo había estado. Podía entender. Le conté de mi tristeza, de mi desespero, de mi desesperanza, de mi derrota. Él ya había estado donde yo estaba, y había sentido mi angustia. Hablamos de los caminos por recorrer, que no están fuera de nosotros sino que los llevamos por dentro. Me dijo que volver a Colombia no iba a arreglar nada: quien parte de su lugar de origen en realidad está intentando huir de sí mismo. Luego me mandó una canción que desde entonces me alegra: “O qué é, o qué é”, de Gonzaguinha. Cuando oí la canción mi nostalgia se disipó al instante y nunca más he tenido una crisis como esa.

De la colección «Inmigrantes» de El Peregrino Ediciones.

¡Quiero recibir el newsletter!

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Noviembre
29 / 2011

Send this to a friend