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La noche en que Córdoba ‘se calentó’ para siempre

En Todo sigue vivo, diez sobrevivientes de la primera masacre paramilitar del departamento describen, treinta años después, su infierno en primera persona, con relatos lúcidos, crudos y reveladores.

Foto: 'Guernica', de Pablo Picasso (1937), es quizás la mejor representación artística de los horrores de la guerra.

En Todo sigue vivo, diez sobrevivientes de la primera masacre paramilitar del departamento describen, treinta años después, su infierno en primera persona, con relatos lúcidos, crudos y reveladores.

Este libro, que no es un ejercicio de memoria histórica, intenta transformar el miedo y que el Estado salde sus errores.

Justo a la entrada de la trocha que rodea los límites del caserío Mejor Esquina, a eso de las 10 de la noche, un campero frena en seco. El chofer apaga las luces y el paisaje de la sabana se cubre de negro.

A lo lejos, en la casa de la familia Martínez, donde unas 200 personas celebran la fiesta del domingo de gloria, los destellos luminosos y la algarabía de la orquesta Tres de Mayo de Monte Líbano guían en la penumbra el camino de los misteriosos ocupantes del jeep.

De repente, los acordes de celebración del fandango se confunden con los sonidos de los movimientos erráticos del ganado en el monte, que huye asustado. Golpes secos sobre la tierra y troncos que se quiebran, alertan a la gente.

Al mismo tiempo, el estruendo de un balazo retumba en las ventanas de la entrada de la casa.

La primera víctima es Tomás Berrío, el profesor del pueblo. Su cuerpo yace ensangrentado en medio de los ocho hombres armados que bajaron hasta allí con órdenes de asaltar la fiesta y dejar con vida solo a algunos, “para que hubiera quien llorara a los muertos”.

La infamia era la antesala de la embestida que tomó por sorpresa la sala principal de la finca, donde el grito “guerrilleros hijueputas” dio inicio a un ritual sangriento que duró una hora eterna.

Así comenzaba a escribirse la primera masacre paramilitar en la historia de Córdoba, ocurrida la noche del 3 de abril de 1988, Domingo de Resurrección.

Todo sigue vivo, pero en el olvido

La barbarie de este episodio, que dejó 28 personas muertas (39 dicen los sobrevivientes), a solo una hora de Planeta Rica y dos de Montería, nos llega por cuenta del libro Todo sigue vivo del escritor Marcos Velásquez, lanzado en la pasada Feria del Libro de Bogotá.

En este, el profesor cordobés presenta 11 testimonios de hombres y mujeres que, aunque le hicieron el quite a la muerte hace 30 años, bien sea por azar o por valentía, cargan en su memoria el asesinato a sangre fría de familiares, amigos, sobrinos, o los hijos de algún compadre o comadre que, por ganarse unos pesos, vendió algo para beber en esa noche, o simplemente de una familia entera que quería divertirse un rato en la celebración más importante de la zona.

“Entraron esos hombres disparándole a todo el mundo a la altura de la cintura, y como ¡ajá!, la gente se tiraba al piso ahí mismito, entonces a más de uno las balas le alcanzaron a dar en cualquier parte del cuerpo”, cuenta una de las sobrevivientes.

El autor también incluye el relato de una mujer reclutada a la fuerza por el frente 58 de las Farc. Ella describe a la perfección los rostros de los guerrilleros que le confesaron, como si fuera un chiste, que mataron a su familia por ser “sapos de los paras”, cuando apenas tenía 8 años.

Además de estas terribles historias, Velásquez revive las circunstancias de la masacre a manera de reportaje. Aun cuando el gobernador de la época José Amín la llamó en la Revista Semana “una equivocación”, fue en realidad un laboratorio de lo que el país entendería luego como la configuración del aparato paramilitar organizado del Caribe, que perfeccionó sus estrategias, alianzas y métodos para arrasar con cientos de comunidades como El Salado y Mejor Esquina.

Allí, precisamente, en ‘medio de la nada’, alrededor de un caserío cuyas casas se cuentan con la mano, ya se cocinaba en 1988 la trágica receta de esa violencia aterradora: guerrilla (Mejor Esquina era un corredor estratégico del Ejército Popular de Liberación), extorsiones, secuestros, narcotráfico, ejércitos privados, vendettas, y un estado débil que no respondía a las necesidades de los afectados por los hechos delictivos, y tampoco por las de una comunidad estigmatizada en medio de intereses poderosos, legales e ilegales.

Uniendo las piezas de ese rompecabezas, Velásquez descubre que, tres décadas después, existen por lo menos cinco versiones sobre las razones de lo ocurrido, y los medios y sitios como Verdad Abierta lanzan una baraja de posibles culpables: “Los Mochacabezas”, “Los Magníficos”, el narco César Cura, e incluso Hernán Giraldo y las autodefensas de Fidel Castaño.

El escritor también revela la impunidad que ha tenido cada caso (se cree que todos los que tuvieron algo que ver murieron sin pasar un día en la cárcel).

“Es una masacre que no habita en la memoria colectiva de Colombia”, afirma, y recalca que caemos en otro absurdo: olvidar que el espíritu de venganza y codicia que desató esa barbarie en semana santa, sigue resucitando, ahora mismo, en el Caribe y el resto de Colombia.

Los testimonios: Una crudeza que desarma

Que la población civil haya pagado con su vida por ese desastre nacional es la herida que el autor, psicoanalista de profesión, busca reparar a través de la catarsis de los sobrevivientes en los testimonios, que son el centro de su obra.

Para el lector, por su parte, recorrer los relatos anónimos de quienes salieron ilesos de la lluvia de balas, insultos y golpes indiscriminados, es un ejercicio que desarma emocionalmente, pero permite entrar a la dimensión más humana de lo sucedido.

A través de esos recuerdos, memorias sonoras, olores, experiencias espirituales durante el shock de las balas, teorías sobre lo que sucedió y las versiones encontradas, así como con los protagonistas descritos de mil formas -raza, vestimenta, formas de ser-, el escritor genera empatía entre el lector y quienes pasaron por semejante infierno, al mismo tiempo que reconstruye los hechos desde distintas perspectivas en cada testimonio narrado en una voz particular, común y corriente.

“Yo salí corriendo y me metí dentro del cuarto donde guardaban el hielo de la fiesta. Ahí no cabía un alma más. Todos nos tiramos empila, sí, empila, uno encima de otro con tal de escondernos de la rociada de balas que esos hombres tenían”, narra una mujer en uno de ellos.

Si bien la edición del libro es complicada, el resultado es el excelente engranaje de un discurso subjetivo en capítulos, que nos lleva, de la mano de los sobrevivientes, al universo sensible de la fatídica experiencia, más allá del contexto periodístico, histórico y académico que lo rodea.

Este proceso, que le tomó a Velásquez año y medio, fue su alternativa a la investigación tradicional de hechos semejantes en clave de memoria histórica, que considera valiosa, pero “destinada a quedarse en los anaqueles”.

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‘Memoria contra la memoria’

‘Todo sigue vivo’ es un libro inspirado en lo que el escritor presenta como ‘literatura de testimonio’.

Cortesía Marcos Velásquez/Foto: Luis Alvarez

“La literatura de testimonio es la forma de poner en palabras escritas la verdad de un ser hablante, que habita con su vivencia la historia de un pueblo como realidad histórica”, explica Velásquez sobre ese género trabajado por Gabriel García Márquez, David Sánchez Juliao y Alfredo Molano, cuya defensa le costó dejar la universidad en la que enseñaba y enfrentar el proyecto en solitario.

Sobre esto, Camila Orjuela, exintegrante del Centro de Memoria Histórica (CMH), señala que el testimonio es solo una parte del proceso de recopilación de información e investigación de los proyectos para reivindicar y reparar a las víctimas de masacres como la de Mejor Esquina. En estos, es importante evitar la revictimización de los sobrevivientes, o encapsular a las personas en el hecho violento.

Velásquez, sin embargo, justifica el valor del recurso testimonial y asume una posición periodística, con el imperativo de “contar la realidad a cielo abierto”, aunque reconoce que “las víctimas prefieren olvidar, pero no saben cómo”.

Aún con esa base, es imposible desconocer el trabajo del CMH para entender el complejo entramado de la guerra en Colombia y sus dinámicas. De hecho, el informe Basta Ya demuestra cómo en diversos hechos de violencia paramilitar el momento y el lugar de las masacres no es coincidencia, como el fandango de Mejor Esquina.

Parafraseando el texto, los pobladores afectados por episodios similares quedan “aislados, desconfiados y sin fiestas”, llevando una herida que destruye sus formas de encuentro, sus espacios de esparcimiento y acaban con valores sociales como la solidaridad y la participación.

“Tengo muy claro que a una parranda en Mejor Esquina no voy, pues creo y pienso que va a pasar algo igual que aquella noche donde una simple fiesta se convirtió en el baile de una noche de terror”, afirma ahora una sobreviviente, precisamente.

En últimas, Todo sigue vivo es solo un transmisor de las voces de una tragedia. Le queda a la sociedad asumir una postura atenta. Como dice Alejandro Castillejo, “el problema no es darle una voz al otro, sino recalibrar la capacidad propia de escuchar con profundidad histórica”.

¿Habrá reparación?

El paso arrasador de la violencia sobre Mejor Esquina sigue removiendo heridas. No hay reparación integral y la gente aún tiene miedo de contar lo sucedido, tres décadas después.

Al respecto, el libro de Velásquez presenta una constante: el estado colombiano, como el personaje Barrera en La Vorágine, llega siempre al pueblo haciendo alboroto, con regalos elegantes y promesas, ganándose la confianza de la gente, para luego desaparecer, propiciando nuevos conflictos.

“Vinieron fue el gobernador de Bogotá (sic) y luego de que un cuñado mío hablara con él entonces pusieron el servicio de luz, el de agua y el centro de salud, pero de allí más nunca volvieron”, expresa un hombre en su testimonio sobre lo que pasó después de la masacre (en ese mismo, pone un manto de duda sobre unos policías que visitaron el pueblo días antes).

Quizá por esos ‘errores’ del Estado, la Gobernadora (e) de Córdoba, Sandra Devia, quien apoyó la publicación, parece estar interesada en ‘reparar’ a las víctimas.

“A raíz del libro, la Secretaría de Cultura departamental, presentó el libro en Mejor Esquina, con una obra de teatro. Y la Gobernadora encargada se comprometió con más, porque los pobladores están olvidados. Les van a dar un polideportivo, un parque infantil y un parque biotemático”, cuenta Velásquez.

¿Será suficiente? ¿Acabará un parque con el miedo que aún viven, en las noches, en las fiestas o en sus días normales, los pobladores de Mejor Esquina? ¿Verán los cordobeses de nuevo el ir y venir del ‘fantasma de Barrera’?

El autor de Todo sigue vivo no tiene la respuesta, pero celebra que su libro sea, por lo menos, un primer paso para que los sobrevivientes de la tragedia paramilitar que cambió la historia de Córdoba, y de paso la de Colombia, obtengan un mayor reconocimiento en sectores amplios de la opinión, al cumplirse 30 años de ese domingo nefasto.

Hablamos con el autor

El escritor Marcos Velásquez durante el lanzamiento de Todos sigue vivo durante la pasada Feria del Libro de Bogotá/Foto: Luis Alvarez

Entrevisté al escritor cordobés antes del lanzamiento de su obra en la Feria del Libro de Bogotá. Hablamos sobre su ‘pelea’ con la memoria, los testimonios que más lo marcaron, y el proceso de contactar a las víctimas, aún con el riesgo latente de revictimización.

¿Cuál es el propósito de Todo sigue vivo?

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El libro se escribe a partir de los testimonios de las víctimas, a quienes prefiero llamar sobrevivientes. La idea es darles voz, pues la masacre pasó inadvertida en Córdoba y causó una herida muy grave en la población, de la que aún no se ha recupera. A ellos los tildaron de guerrilleros, cuando ninguno lo era. Simplemente estaban en una fiesta. Antes de la masacre, en horas de la tarde, sí estuvo el jefe del EPL en la zona (alias “El viejo Rafa”), pero ellos se quedaron en su fiesta, porque como ellos decían, “no debemos nada, no tememos nada”.

¿Esta masacre ha sido reconocida por el estado?

Con el libro vuelvo a traer el hecho ante la opinión, pues se cumplen 30 años y los sobrevivientes han estado abandonados, sin mayor atención. Ahora, a raíz del libro, la Secretaría de Cultura departamental presentó el libro en Mejor Esquina, con una obra de teatro, y, como los pobladores están olvidados, la gobernadora se comprometió con darles un polideportivo, un parque infantil y uno biotemático.

¿Eso está enmarcado dentro de un programa de reparación integral?

No. Es una iniciativa de la Gobernación por los 30 años de la masacre y el abandono de la población. No es un programa nacional.

¿Por qué lo de Mejor Esquina no ha sonado tanto como otros hechos de la barbarie paramilitar?

Fue la primera masacre de la costa Atlántica y el laboratorio de lo que todavía no se denominaba paramilitarismo, pero fue el origen de lo que iba a suceder. Lo paradójico es que allí hubo un concierto para delinquir y muchos factores que coincidieron. Los orígenes del narco en Córdoba, los militares que no podían con el EPL, los ganaderos y comerciantes que estaban desesperados de las extorsiones, pero nunca apareció un responsable como tal.

Había muchas personas cansadas de la situación. Hubo una mano oscura o un grupo de personas que se reunieron y la hicieron, aunque se equivocaron, pues no mataron al jefe guerrillero. 39 personas murieron, dice la población, porque se llevaron cadáveres por miedo a que los fueran a identificar y luego los mataran a ellos. También por miedo o cuestiones culturales. La historia dice que fueron 28 los muertos ‘oficiales’.

¿Pensó en la revictimización, o en el dolor y la injusticia que contar los testimonios podía revivir en las víctimas?

Asumí como psicoanalista. Les decía a las personas: lo voy a escuchar y antes que nada quiero que usted se escuche a sí mismo y al final cuente qué piensa de eso que vivió y cómo puede transformar su imaginario. Luego de la catarsis hicimos una reelaboración, que no se toma en cuenta en los procesos de memoria histórica, pues al sujeto hay que confrontarlo con su verdad para que descubra en qué posición está y que asuma otra. Una anécdota de Lacan me permite asumirlo.

Una vez le llega una paciente muy deprimida porque su padre murió. En la primera cita, llora, en la segunda y tercera igual. A la cuarta, Lacan deja que llore y cuando se va y la toma de los hombros, la estremece, le grita y ella despierta de ese placer infinito e insondable de mantenerse en la tristeza. A veces creemos que confrontar a las personas es malo, pero si esta puede ir más allá de la queja, puede construir nuevos imaginarios.

¿Cómo fue el proceso de hablar con las víctimas?

Empecé a buscar personas cercanas a la región que me contaran la historia. Cuando los encuentro, les pido que acerquen a los sobrevivientes de la masacre. Los veo en Mejor Esquina y les explico que quisiera escribir un libro con sus testimonios. Hablo con uno de los líderes que hace parte de la Mesa de Víctimas departamental en Córdoba, y en el corregimiento de Buenavista (al que pertenece el caserío) y él me ayuda a acercarme a los 11 sobrevivientes que aceptaron hablar de su historia, pero con una particularidad: siempre me dijeron que no podía escribir sus nombres.

Y en las entrevistas, ¿cómo fue la dinámica?

Las hago en el casco urbano de Mejor Esquina. El proceso es así: primero les preguntó qué fue lo que pasó y cada uno me va dando su versión. Luego hablamos de su historia y qué sintieron. Como yo soy psicoanalista, les planteó dos opciones: La primera es que vamos a hacer un proceso de catarsis, y qué es catarsis, que usted me va a contar todo lo que vivió yo le voy a preguntar algunas cosas que no entiendo o que necesito entender para poder escribir mejor su historia. Después de que hagamos eso vamos a la rectificación subjetiva, y es qué vamos a hacer con el dolor y lo vivido, y cómo pueden trascender de aquello que usted tiene presente y transformarlo en algo que valga la pena.

¿Qué es la literatura de testimonio y cómo atravesó el proyecto?

Estaba trabajando en la universidad y tenía que justificar el proyecto en términos del concepto de memoria histórica y reparación de las víctimas en medio del posconflicto, pero no encontraba nada, solo informes y estadística, nada contundente para transformar la realidad vivida, o sensibilizar a la sociedad contemporánea. Le pregunté a muchachos de 20 años y ni siquiera sabían qué era Mejor Esquina. Entonces, investigo la literatura de testimonio para afrontar el posconflicto y encuentro un ejemplo de David Sánchez Juliao, con Historia de racamandaca (1974). Luego, en términos periodísticos, leo a Rodolfo Walsh con Operación masacre y otros como la premio Nobel rusa, Svetlana Alexievich​, que hace un trabajo muy valioso.

¿De ahí nace el enfrentamiento con la idea actual de memoria histórica?

(Se ríe) De la universidad me sacan porque la decana dice que el proyecto literatura y no investigación, que no sirve para revistas indexadas. Pero, yo no estaba trabajando conceptualmente, solo trataba de mostrar cómo el testimonio le puede aportar a un proceso de posconflicto para sacar adelante la realidad del país. Pero el enfoque no les gustó. El problema de posconflicto es que todo se volvió informe y estadística. ¿Qué podemos hacer entonces para generar una transformación en el imaginario social? Eso lo veo cuando descubro la literatura de testimonio de Primo Levy, después de Auschwitz, y de Nadine Gordimer en el Apartheid. Me doy cuenta de que la memoria no puede ser un asunto de volvernos europeos creando conceptos, o norteamericanos sosteniendo estadísticas. Tenemos que ser latinoamericanos aprovechando el recurso de la novela y el testimonio.

¿Cuál es el testimonio que más lo marcó?

(Rompe en lágrimas) Se llama “Si así es el cielo”. Es sobre una señora que pude volver a ver y agradecer, así como a muchas otras víctimas, que creyeron en el poder de su propia voz, al punto de que fueron ellos mismos quienes llevaron todas estas obras a su vereda. En el relato, ella describe que ella está escondida en un cuarto, se tira al piso y la gente empieza a tirarse encima, apilándose, huyendo de las balas y los gritos de los perpetradores. Ella me decía que cerraba los ojos y lo único que podía ver era que todo era de oro, que todo brillaba. Me impactó mucho cómo en una agonía tan grande, alguien podía pensar en la belleza y la riqueza. Lo mismo me pasó con la niña de las Farc. Yo le dije, le pido el favor de que lea esto por si falta algo, y me dijo llorando: le pido un favor, no me vuelva a poner a verlo, yo no puedo vivir dos veces esa misma historia. Y nosotros como colombianos seguimos indiferentes frente a todas estas realidades.

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Mayo
03 / 2018


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