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¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuscinski?

Este periodista, considerado el mejor cronista del mundo, recorrió Asia, África y Latinoamérica en busca de historias del poder y la miseria. Luis Fernando Afanador reveló su importancia en la literatura y la historia.

Foto: Editorial Anagrama / Jerry Vauer

Este periodista, considerado el mejor cronista del mundo, recorrió Asia, África y Latinoamérica en busca de historias del poder y la miseria. Luis Fernando Afanador reveló su importancia en la literatura y la historia.

Según Walter Benjamin, hay dos clases de narradores: el que se queda en casa y transmite los recuerdos, y el que se va lejos en busca de hechos y relatos nuevos, Ryszard Kapuscinski, reportero de guerra, testigo de los grandes cambios políticos del siglo XX, pertenece, desde luego, a la estirpe de los viajeros.

Pero en su caso no fue una elección deliberada. El azar y la situación política de Polonia decidieron por él. Ryszard Kapuscinski nació en Pinks, hoy Bielorrusia, en 1932. A los siete años, según lo contó después en Imperio, uno de sus libros más celebrados, vio cómo el Ejército Rojo ocupaba su ciudad natal y hacía deportaciones en masa.

Cuando todavía estaba en el colegio empezó a escribir poesía, y el director de una revista lo fichó: apenas terminó sus estudios ingresó al periodismo y quedó fascinado con esa profesión. Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba destruida y los refugiados vagaban de un país a otro, entre la pobreza y las ruinas:

“Puede parecer patético, pero fue entonces cuando se desarrolló en mí la pasión por describir nuestra pobre existencia humana».

Sin embargo, hay algo de aquellos años de formación que no puede dejarse a un lado. Al mismo tiempo que se iniciaba en el periodismo, estudiaba historia y quería llegar a ser académico, profesor de historia.

Tuvo que elegir y eligió el periodismo. Aunque vista su obra en perspectiva, no resulta difícil advertir que lo que hizo en realidad fue fundir las dos profesiones. La singularidad de Kapuscinski reside en que cuando lo leemos, estamos leyendo a la vez a un periodista y a un historiador. Un periodista atento y oportuno que asiste al nacimiento de los acontecimientos y que por eso puede describirlos en detalle y con mucha vivacidad, y a la vez un historiador reflexivo que consigue explicar con lucidez lo que ha sucedido.

Quien no lo conozca y quiera comprobar la afirmación anterior no necesitará acudir a ninguno de sus grandes libros. Con sólo leer, por ejemplo, un breve reportaje, La guerra del fútbol, será suficiente.

En forma magistral nos cuenta la guerra absurda que libraron durante cien horas El Salvador y Honduras en 1969, y que se originó en los partidos que jugaron sus selecciones nacionales de fútbol por un cupo al Mundial de México de 1970.

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Al comienzo, en un tono entre divertido se refiere a los partidos en Tegucigalpa y San Salvador. Luego describe la guerra desde la avanzada de las tropas hondureñas y el espectáculo en que convierten los medios: camarógrafos de televisión que buscan la imagen conmovedora del sudor, desconsolado, cargando a un amigo, maldiciendo o agonizando; o el periodista de radio que quiere grabar el gemido de un soldado herido de muerte.

Kapuscinski también nos hace percibir la guerra en su desorden, en toda su crueldad inútil. Y en el dolor concreto que siempre es: el relato de la muerte de un soldado, que no sabremos si es hondureño o salvadoreño, es para no olvidar jamás.

«Qué fuerte es la vida -habló en tono de asombro el soldado que se apoyaba en su fusil-. Todavía sigue en él. Todavía sigue».

Al final, su reportaje trae algo que raras veces nos ofrece el periodismo: la interpretación de los hechos. Sí, como era de suponerse, los partidos fueron apenas la punta del iceberg: en la raíz de esta disputa futbolística había un problema de campesinos sin tierra que los gobiernos de Honduras y El Salvador, dirigidos, por terratenientes, no habían querido solucionar.

En 1956 fue enviado por el periódico en el que trabajaba entonces, El estandarte de los jóvenes, de las juventudes comunistas, a India, Pakistán y Afganistán.
Antes de llegar hizo una escala de dos días en Roma y tuvo una impresión imborrable: Italia era el primer país fuera del bloque socialista que conocía. No obstante, ese viaje le deparó otra experiencia aún más importante. La directora del periódico le había regalado un ejemplar de Historias de Herodoto, recién editado gracias a la liberalización que se había producido con la muerte de Stalin en 1954.

En este libro, Herodoto le enseña que para comprender y describir el mundo hay que recoger gran cantidad de material y que para ello es necesario salir de casa y conocer personas que nos relaten sus historias porque los cronistas son el resultado de una escritura colectiva. Y además deben tener en cuenta las razones de las partes en un conflicto, estar abiertos a otras culturas y ser compasivos con la desgracia humana.

«Y aquel libro me ha acompañado en todos mis viajes. Incluso ahora lo llevo siempre conmigo, como fuente de inspiración reflexión y placer. Un modelo de objetividad e información completa para nuestro oficio de investigado res del mundo».

Entró a trabajar en la agencia polaca de noticias Pap. Un día se necesitó un reportero que fuera a cubrir África. Ninguno de sus colegas mostró interés. ¿Por qué no ir? pensó Kapuscinski. De esta corazonada salió una larga y duradera relación con África -o mejor: con las distintas Áfricas- que iba a dejar varios libros, uno de ellos extraordinario, Ébano.

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«Lo primero que llama la atención es la luz Todo está inundado de luz, de claridad. De sol». Así empieza este retrato en profundidad, hecho desde la base y rico en testimonios, que da cuenta de las guerras y las revoluciones y también de la cara oculta, de los olores y los sabores, de las pequeñas historias, de la gente que sufre y lucha pero que no se dedica a lamentar su suerte y puede llegar a ofrecer lo poco tiene: un cuenco de agua, un plátano, un pedazo de casabe.

Kapuscinski llegó al África a comienzos de los años sesenta, cuando muchos países africanos conquistaban su independencia y había júbilo y esperanza. Y vio como esos sueños se iban convirtiendo en golpes de Estado, en cruentas luchas por el poder, en la matanza de un millón de tutsis y, cuarenta años más tarde, en los genocidios de los Grandes Lagos.

De cualquier manera, él se considera un testigo privilegiado de un acontecimiento fascinante del siglo XX: el fin de era colonial y el nacimiento de casi doscientos Estados independientes que, a pesar de sus grandes problemas de su pobreza, “son de seres humanos independientes”.

También ha sido el testigo de otros cambios menos afortunados. En las guerras modernas las fuerzas armadas evitan enfrentarse y las víctimas son mujeres y niños inocentes. Se realizan en el tercer mundo y están vinculadas al tráfico de drogas, al tráfico de armas, a las minas de diamantes, al petróleo. «Los señores de guerra son muy ricos. Como en Colombia, donde desde hace cuarenta años se alimentan de los narcos». Y el periodismo convertido en un gran negocio, ya no está interesado en la verdad, en reproducir lo que sucede, sino en ganarle a la competencia:

«Nuestro enemigo tiene una cara suave que es la manipulación. Antes, la calidad de la noticia se caracterizaba por la verdad; ahora, el valor de la noticia ha cambiado. Pesa si es interesante, no si es verdad. Y esto es una gran pérdida. es el triunfo del sensacionalismo. Pero felizmente existen medios excelentes que llevan la bandera de la verdad”.

Kapuscinski es para los periodistas su maestro; los historiadores lo consideran uno de los suyos. Quizá sea, como dice el escritor John Berger, simplemente uno de los grandes narradores de nuestro tiempo. Alguien que en una época vertiginosa y caótica, nos enseña a mirar bajo la superficie, a ir más despacio.

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Febrero
15 / 2018


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