Ricardo Gallo y sus fronteras quebradizas en el Festival de Jazz

Revistadiners.com.co estuvo en los preparativos del concierto inaugural del Festival de Jazz, en el que además se grabó el nuevo disco de Ricardo Gallo y su cuarteto. Historia tras bastidores.
 
POR: 
Alejandro Convers

Ricardo Gallo está haciendo la prueba de sonido para el concierto con el que se inaugura la vigésimo cuarta edición del Festival internacional de Jazz del Teatro Libre en Bogotá. La prueba, que normalmente ya generaría algo de tensión en cualquier músico, tiene en esta ocasión una importancia particular: Ricardo ha escogido este concierto para grabar el que será el cuarto disco con el cuarteto con quienes trabaja hace más de 7 años. Eso quiere decir que además de cuidar el sonido del espectáculo, hay todo un montaje paralelo coordinado por Julián Gallo, el hermano del pianista e ingeniero encargado de registrar el nuevo disco.

Una vez el sonido está listo, Ricardo aprovecha el tiempo entre la prueba y el show para grabar los cuatro temas nuevos y tener una toma extra, en caso de que se presente algún problema durante el concierto. Sus músicos se aúnan para cumplir su petición y de inmediato empieza a sonar la frenética “Frontera Quebradiza”, una canción intensa, con una melodía que la banda interpreta en unísono, con sus ecos de free jazz. Es música compleja, con cambios rítmicos difíciles, pero la banda la toca despreocupadamente, con la tranquilidad que da la experiencia. Y cuando terminan, Juan Manuel Toro, el contrabajista del cuarteto, dice en broma: “¿Podemos tomarnos un tinto, patrón?”.

En un café cercano, los músicos se relajan y saludan a Juan Andrés Ospina, reconocido intérprete de la escena local, que se hizo famoso viralmente con una canción grabada junto a su hermano llamada “Qué difícil es hablar el español”, una composición bien diferente de lo que ha construido como jazzista. Gallo y Ospina hablan un rato del concierto de la noche y de la próxima presentación de la Big Band de Jazz al Parque, en donde los dos estrenarán composiciones.

Su nuevo disco es distinto a lo que ha hecho antes con el cuarteto y camina en la delgada línea entre el jazz y la música contemporánea. Normalmente cuando se tiene un piano, un contrabajo, batería y percusión el piano es el protagonista y los demás se convierten en una sección rítmica sólida que pareciera unificar el sonido. En la nueva música de Gallo cada instrumento tiene una voz, un papel melódico y se nota un interés particular por orquestar para unos músicos que conoce plenamente.

Antes del concierto, Gallo pasa por su casa para recoger unas boletas que le ha ofrecido a un fanático, que lo ha acompañado a todas sus presentaciones. Luego come junto a los músicos y, mientras tanto, recuerdan su último viaje a Europa cuando aprovechando la invitación para tocar en el Festival de Jazz de Novara, Italia, hicieron una pequeña gira europea. Entre anécdotas y recuerdos,Gallo les da las indicaciones del concierto, les cuenta que cada uno hará un solo antes de una de las canciones nuevas, los músicos se ríen y anotan en un papel. Luego tocarán dos canciones de los discos anteriores. “¿Y el “Bambuco de la Orilla”? preguntan. “Ese no lo vamos a tocar a menos que lo pidan”, dice Gallo y luego riéndose, termina: “Y no creo que lo pidan porque no vino mi mamá”.

Si hay algo que se note en este ensamble es una relación construida con tiempo. Hay un profundo respeto entre cuatro músicos que tienen serias diferencias: Juan Manuel Toro, el contrabajista, dirige su propio quinteto y su disco debut fue destacado como el mejor disco de jazz del año pasado; Juan David Castaño, el percusionista, es el director de la agrupación La Revuelta, ganadores en 2011 del Festival Petronio Álvarez de música del pacífico. El baterista, Jorge Sepúlveda, tiene su propio grupo: Suricato, con el que ha viajado por Latinoamérica y con el que tocará al día siguiente de este concierto en AtlantiJazz, en Barranquilla. Luego está Ricardo, que además de su cuarteto, tiene una decena de proyectos, desde su agrupación Tierra de Nadie, con músicos como Dan Blake y Pheeroan AkLaff, hasta el colectivo de performance y creación electrónica “La Quinta del Lobo”. Pero a pesar de su diversidad, son músicos con acercamientos contrastados a los sonidos que interpretan, con intereses distantes, pero que pueden reunirse y poner de lado sus predilecciones personales para, en este caso, darle vida a la visión de Gallo, y eso habla de una tolerancia particular, de un amor por el oficio, y de una gran claridad y madurez musical y personal.

Atrás del escenario

En su camerino, el cuarteto se cambia y abren una botella de vino mientras pasa el tiempo. El ambiente es cada vez más relajado, hacen chistes, no se habla de música ni de lo que se va a hacer. Les dan diez minutos después del primer timbre y cuando suena el tercero, la adrenalina ya corta el aire. Julián Gallo está listo para grabar y abajo, entre bastidores, los cuatro músicos esperan a ser presentados. Se juntan por un segundo en un abrazo grupal y las últimas palabras antes de salir al escenario las pronuncia Jorge Sepúlveda, el baterista: “Bar, bar, bar”, como queriendo decir que es un toque más en el que deben sentirse como en Matik-Matik, el bar que es su segundo hogar y en el que han tocado con la tranquilidad que concede la confianza entre amigos.

Pero no tocan como si estuvieran en el bar, sino excepcionalmente, con intensidad y concentración. Aunque las cuatro nuevas canciones son complejas, el público responde y aplaude con emoción. Esta vez la cuarta canción es “Frontera Quebradiza”, que efectivamente quiebra al público en una ovación natural en la mitad de la pieza y luego en grandes aplausos al final. Tras las cuatro canciones del nuevo disco, Ricardo y su cuarteto tocan “AIS”, una melodía de su disco anterior “Resistencias”, mucho más rítmica y con sonidos colombianos más notorios.

El concierto termina, pero los aplausos los llevan de nuevo al escenario en donde tocan “La Distritofobia”, una canción del segundo disco del cuarteto lanzado en 2007, el año en donde se estrenaron en el Festival de Jazz del Libre. Al terminar, cuando salen del escenario en medio de aplausos, Juan Manuel Toro, el bajista dice: “Toquemos el Bambuco de la Orilla” y entonces, en medio de la euforia del fin del concierto, todos acceden e interpretan ese bis que nadie ha pedido, pero que todos disfrutan porque es una canción que los lleva de regreso al primer disco y al nacimiento del cuarteto.

Cuando el concierto termina, todos salen al lobby para tomarse fotos, firmar autógrafos y recibir reconocimientos, como el del director del teatro que felicita a Gallo por el sonido de su música, ahora más compleja, sofisticada y madura. Es sorprendente ver la emoción de la gente a su alrededor en una ciudad donde, se supone, no hay un público para el jazz.

Cuando regresan al camerino, los músicos y algunos amigos terminan la botella que dejaron descorchada y, aunque mencionan el concierto a ratos, en realidad se concentran en lo que viene. Al día siguiente es el ensayo general de la Big Band de Jazz al Parque. Luego Gallo tocará en Matik Matik con Pheeroan akLaff, que ha venido para dar un taller durante el Festival. En octubre partirá a hacer una residencia artística en Canadá, y en noviembre el cuarteto se reunirá para tocar en elFestival de Jazz de Buenos Aires.

Parece que la vida de Ricardo nunca se detiene y eso es lo maravilloso de pasar junto a él un día de concierto, en el que el presente se vive con el objetivo de avanzar para seguir tocando, escribiendo, explorando. Seguirse moviendo. Tal vez por eso los títulos de las canciones del nuevo disco deRicardo Gallo tienen mucho de ese viaje constante en el que atraviesa “Fronteras Quebradizas”, busca nuevos “Puntos de llegada” y todos los días está “Aterrizando una vez más”.

         

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septiembre
7 / 2012