Leonard Cohen, la grieta por donde entraba nuestra luz

El 10 de noviembre, a la edad de 82 años, se apagó la llama de Leonard Cohen, compositor, poeta, maestro, guía.
 
Leonard Cohen, la grieta por donde entraba nuestra luz
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Gabriela Sáenz Laverde

“Everybody knows that the war is over

Everybody knows the good guys lost”

(Todo el mundo sabe que la guerra terminó; todo el mundo sabe que los buenos perdieron)

Parece ser la frase que nos repetimos en estos días tan inciertos. Se fue Bowie, se fue Prince, Trump es presidente… y ahora tampoco tenemos a Leonard Cohen, quien compuso el verso que abre este texto. Cohen murió, casi como una profecía, el 10 de noviembre de 2016, a los 82 años. Dos días después de que el terror se apoderara del mundo. “Todo el mundo sabe que los buenos perdieron”, y ahora solo nos queda el silencio.

Hablar de Leonard Cohen es hablar de un escritor y poeta que solo cuando se hizo adulto decidió convertirse en músico. Publicó su primer álbum a los 32 años, una edad extrema para cualquier cantante en plenos años sesenta. Cada una de sus canciones es como una obra literaria, cada palabra tan bien escogida que algunas de sus composiciones más conocidas tomaron años en completarse. Hallelujah, por ejemplo, una canción que tiene hasta la fecha más de 300 versiones grabadas por artistas de todo el mundo, le tomó cinco años en componer. Algunas de sus canciones le tomaron toda la vida.

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“Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente.

Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza”, aseguró cuando recibió, en 2014, el premio de poesía Príncipe de Asturias. Así es, antes del Nobel de Dylan, ya existía el Príncipe de Asturias para Cohen. Y esa dignidad y esa belleza del lamento está ahí, en la melancolía de sus melodías, cuando nos dice en ‘Anthem’ que “hay una grieta en todas las cosas; ahí es por donde entra la luz”, o en So Long Marianne cuando se entrega a la desolación al decir “olvidaré rezar por los ángeles y entonces los ángeles olvidarán rezar por nosotros”.

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La muerte saludó a Cohen como a un viejo amigo. Dice Stephen Marche en la revista Esquire que el canadiense (sí, Leonard Cohen era canadiense, de Montreal, un “canadiense de Los Ángeles, un judío budista con complejo de Jesús”) era ese tipo peculiar de hombre que vive obsesionado con la mortalidad pero vive hasta más allá de los ochenta años.

Ya había dado pistas de que se acercaba al final cuando le escribió a Marianne Ihlen, su amante y musa durante los sesenta: “Bueno Marianne, ha llegado la hora en la que somos tan viejos y nuestros cuerpos están decayendo y creo que te voy a seguir muy pronto. Sepas que te estoy siguiendo tan de cerca que si alargas tu mano, creo que podrías tocarme. Y sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no necesito decir nada más al respecto porque lo sabes todo. Pero ahora, solo quiero desearte un muy bien viaje, Adiós, vieja amiga. Amor infinito, nos vemos más adelante”.

         

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noviembre
11 / 2016