Libro recomendado: ‘Soñamos que vendrían por el mar’ de Juan Diego Mejía

El escritor Juan Diego Mejía narra en este libro los secretos del movimiento estudiantil de los años 70 que se tomó las calles de Colombia en busca de la revolución. Una historia no política.
 
Libro recomendado: ‘Soñamos que vendrían por el mar’ de Juan Diego Mejía
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POR: 
Óscar Mena

Los años 70 eran la época perfecta para hablar de los derechos políticos estudiantiles dentro de las instituciones, porque hasta entonces los centros de educación avanzada eran dominados por los consejos directivos sin dar lugar a estudiantes, ni a profesores.

Este problema llevó a toda esta generación a salir a las calles para protestar por sus derechos políticos, este movimiento llevó a 40 universidades de toda Colombia a luchar por un mismo ideal. Este fue el primer movimiento estudiantil que marcó la historia de los ideales de izquierda en Colombia.

“Ver a la Nacional en paro no es una novedad, pero ver a la Universidad Javeriana y la de los Andes en paro era algo extraordinario; en ese entonces las universidades públicas y privadas se unieron a una misma causa y eso llevó a los jóvenes a tomarse las calles del país” dijo Mejía a Diners.

La época en que está contada la historia tiene tintes de política pero también de amor y lealtad a una causa, sumándole a eso jóvenes que abarrotaban los bares y cafés en Medellín, Bogotá y Cali para discutir sobre política mientras tomaban milo, cerveza, café y whisky hasta media noche.

‘Soñamos que vendrían por el mar’ es un relato fiel a este acontecimiento histórico porque el escritor lo vivió en carne propia: “Yo estudié matemáticas en la Universidad Nacional de Medellín y me atraía muchísimo todo este tema. Yo no sabía nada de política pero quería participar en esas decisiones de la historia, yo había estudiado en un colegio muy religioso, y me habían criado para ser muy obediente, pero yo no quería eso, yo quería estar parejo con todo el mundo protestando y tomando decisiones sobre el rumbo del país”, aseguró Juan Diego Mejía a Diners.

Gracias a las vivencias del autor en su juventud, encontró a un personaje digno de llevar la historia de principio a fin. Su nombre es Pável Vlásov, un joven que se hizo llamar así por un papel que interpretó en la obra de teatro “La Madre” de Vsévolod Pudovkin.

Vlásov es el joven encargado de contar la historia de muchos jóvenes revolucionarios de Colombia. Sin embargo, Pável tiene que enfrentar al teatro con los ideales de izquierda. Sus decisiones lo harán conocer gente que amará como a sus hermanos, también odiará al punto de ser tildado de racista. y su espíritu será derrotado mil veces antes de encontrar la calma.

Este libro habla de una realidad específica del país, pero también habla de los sueños de una revolución desde los montes de Colombia.

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Aparte de Vlásov a ¿qué otro personaje hay que prestarle cuidadosa atención en el libro?

Se puede decir que a Óscar, porque es un personaje que marca el punto de quiebre de la novela. Yo conocí al Óscar de verdad en unos de esos viajes que hice de Medellín a Bogotá para participar de las marchas estudiantiles.

Óscar estaba en uno de los paraderos de la Dorada. Sentí que era una persona muy especial porque tenía una mirada extraña y tenía algo especial que hizo que lo recordará muy bien.

Luego en el libro sabrán porque este muchacho me marcó desde que lo vi, porque de alguna forma tenía una conexión extrasensorial con él, y algo dentro de mí sabía que a Óscar le iba a pasar algo.

Hay varias historias de amor y desamor en el libro, ya sea por una causa, por una mujer e incluso por un ideal pero ¿Puede convivir el amor y la revolución?

El amor muestra una de las facetas ‘pequeño burguesas’ de Pável, ahí se muestra que aún es un joven lleno de inseguridades e imperfecciones que sólo pueden provocar el desamor.

Esto se ve cuando Pável cae locamente enamorado de una sueca que vino al país a dictar clases de inglés. A Pável se le tenía advertido de que guerra pronto empezaría y que debía cortar toda relación amorosa con Erika. Pável se despide varias veces de ella, él no la quería dejar pero Erika no lo contiene, ni le dice que se quiere ir con él, simplemente ella se despide.

¿Por qué combinar el teatro con la revolución?

La relación de Pável con el teatro y la revolución es tremenda porque él quiere hacer teatro clásico de Shakespeare, Sófocles, pero los compañeros de la revolución lo presionan para que las obras que monte sean del sufrimiento de los obreros, y panfletarias. A veces se resiste pero otras veces no.

¿Qué género es esta novela?

No es una novela política, es más de lealtad a la amistad, el heroísmo y el valor.
En la novela Pável se enfrenta a sus compañeros, no los quiere traicionar ni abandonar la causa, pero tampoco quiere quedarse estancado.

Más adelante Pável se tiene que enfrentar a este dolor del abandono, esto le genera una carga afectiva en su corazón, pero no era por la causa política, porque las decisiones políticas no son tan importantes como las decisiones de lealtad, amistad y traición.

¿Cómo fue la selección del título ‘Soñamos que vendrían por el mar’?

Al principio tenía otro título que era demasiado excluyente, fue por eso que Gabriel Iriarte, director de Penguin Random House me sugirió cambiar el nombre del libro.

Necesitábamos otro título más sugestivo que fuera más abierto para todos y fue así como le puse ‘Soñamos que vendrían por el mar’, porque dejaba abierta la incógnita al lector.

¿Cuánto tiempo tardó en escribir ’Soñamos que vendrían por el mar’?

Tengo dos fechas, me demoré 35 años cuando empecé mis primeros cuentos y cuando tenía demasiada fresca la experiencia mía como activista de izquierda, pero la escritura como tal tardó 11 meses, fue intenso pero a la vez extrañamente fluida.

Yo que me demoró tanto para las cosas, este libro salió muy rápido porque todo lo tenía en la cabeza, le había dado tantas vueltas, habían pasado tantos años, que ya tenía clara la estructura de tiempos de la novela tanto en la ciudad como en el campo.

¿Tuvo que viajar para recordar los lugares y detalles que se cuentan en el libro?

No, todo el tiempo era averiguando por cómo vivían allí; todo el que viajaba le pedía que me trajera fotos, porque yo una vez fui cuando tuve mi primer carro, recorrí la región y me sentí terrible, miserable. Yo andando en un carro y viendo las mismas casas pobres que dejé, la mismas miradas por allá metidas como desamparadas; me sentí muy mal.

Así que dije que no iba a volver nunca, solamente a través de lo que pueda escribir.

¿Qué tanto tiene la novela de ficción y que tanto tiene de realidad?

El punto de partida era la vida de Rodrigo Saldarriaga (Pável Vlásov) un actor de teatro de Medellín con el que nos volvimos buenos amigos. Yo conocía muchas cosas que él había hecho en la universidad cuando yo era estudiante de la Nacional. Era tal cual: de barba rubia, ojos de colores y gabán.

Hay partes de esa historia en la que digo que le pasaron a Vlásov, pero cuando la historia transcurre en la zona bananera ya es una historia que yo viví, y no sólo viví sino que la pude recrear.

También hay muchas elementos, muchos personajes que yo conocí allá. Muchos personajes están inspirados en personas de carne y hueso, lo que pasa es que uno no puede decir eso, por eso lo digo desde el principio en el epígrafe: “Quienes crean verse en estas páginas, olvídenlo, todo esto es pura ficción”.

La realidad es que hay mucho de mi, empiezo con el actor, pero en realidad estoy hablando de mi vida, de mis sentimientos, porque no conozco a nadie más que a mí, todo lo demás son suposiciones.

¿Cómo fue su relación con Adriana Martínez, su editora?

Fue una gran relación porque ella le dio forma a esta historia, tenía muchos problemas técnicos que estaban ahí vigentes, pero ella los resolvió muy fácil un ejemplo es: el tema de la traída de las armas, era complejo pero ella fue capaz de entenderlo con una mirada y dijo: “hey aquí hay algo que no funciona”.

Entonces me senté a explicarle que había mucha ficción y que estaba forzada esa escena, entonces le pedí tiempo para escribir ese pedazo y la volví a escribir sencilla y simple.

Adriana fue dosificando la historia, ella fue la que salvó esa situación.

También me ayudó con los diálogos, con los símbolos de ‘guioncito’ que a veces funcionaba y a veces exigía mucho esfuerzo del lector.

Ella me sugirió las comillas y los guiones de diálogo y así resolvimos el problema de una manera clásica porque cuando los personajes dialogan se siente natural, no se requiere ningún esfuerzo extra.

Cuando escribió la novela ¿en qué lector estaba pensando?

Yo quería que lo leyeran las personas que no hubieran vivido la época de los 70. Quería que no fuera una novela light, entonces el lector no podía ser alguien que le gustara las historias rosa porque iba tener una exigencia ya que tiene muchas referencias intelectuales a obras de teatro, novelas, autores, y sobre todo a referencias a contextos históricos del país.

Un lector promedio sin una gran formación pero con sensibilidad social puede leer la novela, eso pido, nada mas.

¿Algún consejo para acercarse a la novela?

No, solo se trata de leer lo que hay ahí, sin buscar similitudes con nada sino sólo ver lo que hay ahí.

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noviembre
8 / 2016