La Orquesta Filarmónica celebra 45 años, con las letras de Bernardo Hoyos

Antes de irse, Bernardo Hoyos hizo un homenaje con sus palabras a la Orquesta Filarmónica de Bogotá, en su aniversario 45. Prólogo del libro La Caja Filarmónica que recoge la historia de este emblema nacional.
 
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El 30 de noviembre a las seis de la tarde, en la Plaza de Bolívar, el Alcalde Mayor de Bogotá, Gustavo Petro, dará inicio oficial al alumbrado público de Navidad con un acto festivo en el cual la Orquesta Filarmónica de Bogotá interpretará el cuarto movimiento de la Novena sinfonía de Beethoven, concierto con el que celebra, también, los 45 años de su existencia como orquesta pública de la ciudad.

A propósito de el aniversario de la OFB, se presentó la colección La Caja Filarmónica, conformada por tres libros y un CD. Bernardo Hoyos, otro de los símbolos culturales del país, escribió el prólogo del segundo libro ‘La Orquesta, un triunfo de la civilización’, que reproducimos a continuación:

En la edición del New Yorker del 30 de mayo de 1970, Joseph Wechsberg publicó un ensayo –excepcional, como todo lo suyo– sobre la Orquesta de Cleveland. Al comienzo afirma, sin dar muchas vueltas, que una orquesta es un triunfo de la civilización al reunir tantos talentos disímiles, tan diversas personalidades, diferentes culturas y centros de formación para lograr un instrumento único, que es el resultado de muchos pareceres y visiones distintos de la música, sujetos a la voluntad, al talento o al genio de un gran director. El ensayo de Wechsberg se propone un fin: contar lo que había logrado George Szell durante veinticinco años al frente de la Sinfónica de Cleveland, dándole nombre mundial a una ciudad que se identificaba con su orquesta y que antes de ese milagro se conocía en medios muy especializados como un centro siderúrgico, que apareció al amparo de la potente creación empresarial de Estados Unidos en el siglo XX.

El ensayo de Wechsberg es considerado un clásico, aunque algunos oponen una visión distinta al fenómeno de una gran orquesta. Norman Lebrecht, en su libro El mito del maestro, propone una tesis distinta. Después de analizar el fenómeno histórico surgido a mitad del siglo XIX en Europa sobre los grandes directores, concluye que las orquestas hoy son tan buenas, la educación tan internacional y los medios técnicos tan perfectos, sobre todo en el campo de las grabaciones, que a veces no es preciso pensar en el mito del maestro.

El maestro corresponde a un mito, pero ese mito existe, como decía don José Ortega y Gasset en su prólogo a Un tratado de montería, del conde de Yebes, los árboles no dejan ver el bosque y sin embargo el bosque existe. Y en el caso de una gran unidad sinfónica, los árboles que son los músicos claro que existen, pero la belleza total del bosque se debe al genio e inspiración, al trabajo intenso y diario de un director.

La Orquesta Filarmónica de Bogotá (OFB) ha logrado este fenómeno en 45 años. Es un conjunto disciplinado, que refleja una personalidad definida en sus interpretaciones, que ha trabajado en forma minuciosa la urdimbre de un vasto repertorio orquestal que se abre con la llamada sinfonía clásica de la primera escuela de Viena, hasta llegar a un repertorio tan especializado como el que interpretó en su pasado viaje a Moscú los días 5 y 6 de junio, durante el VII Festival de Orquestas Filarmónicas del Mundo. Las obras fueron de Adolfo Mejía, Rozo Contreras, Enrique Arturo Diemecke (el compositor y director mexicano que ha tenido en sus manos la orquesta durante los últimos años), Inocente Carreño, Alberto Ginastera y Álex Tobar. Algunos de ellos son colombianos y otros representantes de la tradición clásica de países latinoamericanos. El programa fue un éxito y la OFB demostró que no es tan sólo en el repertorio clásico donde brilla. Además, comprobó de nuevo que es una de las grandes orquestas de Latinoamérica; que al tratarse de una orquesta oficial, la ciudad de Bogotá –que en los últimos años ha conquistado tantos elogios en materia de urbanismo, desarrollo, servicios y avance cultural– se siente orgullosa de su Filarmónica y la respalda con toda suerte de iniciativas oficiales.

 

Durante todos esos años, aunque no fuimos testigos frecuentes de la escalonada jornada de perfeccionamiento y riesgo en la preparación de obras muy difíciles por estar ausentes del país, creemos que la etapa de trabajo del maestro Francisco Rettig, en la última década del siglo pasado, fue fundamental para el desarrollo del potencial de ejecución e interpretación de la Filarmónica. Si uno piensa que Rettig preparó ocho de las diez sinfonías de Mahler, y que ese proceso mahleriano, que es una prueba definitiva para cualquier orquesta en nuestro tiempo, llegó a su culminación con la Octava sinfonía el año pasado, que dirigió Diemecke, podríamos pensar que la Orquesta ya estaba preparada para enfrentarse a cualquier obra del repertorio establecido del siglo XX. Culminación de ese vasto aparato de posibilidades de ejecución e interpretación fue la versión que Rettig tocó varias veces de la Sinfonía Turangalila, de Olivier Messiaen, ejecutada con perfección de los detalles y con una perspectiva madura de su inmenso propósito orquestal.

Escapa a esta introducción detallar los nombres de directores invitados o que cumplieron temporadas breves al frente de la Filarmónica, aunque es indispensable resaltar la inmensa tarea del maestro búlgaro Dimitr Manolov, quien entre 1981 y 1983 le dio a la OFB un estilo centroeuropeo, sobre todo en el trabajo de las cuerdas, fino y clásico. Eduardo Carrizosa, por su parte, ha cumplido una tarea constante y diligente en el repertorio de música clásica colombiana establecida al abrir las puertas a músicos de nuestro tiempo y a las versiones de excelentes arreglos de música popular, en especial los realizados por Francisco Zumaqué, que le valieran a la Filarmónica de Bogotá reconocimientos internacionales, como los Premios Grammy.

La Orquesta ha tenido siempre distinguidos solistas internacionales y le ha dado oportunidad al talento colombiano, no sólo en materia de instrumentos, sino también en cuanto a cantantes y grupos corales; en este sentido, su tarea educativa también se destaca por las muchas presentaciones didácticas en la televisión. La OFB ha ido a los templos, a los barrios, a salas de las comunidades, a ciudades grandes o pequeñas de Colombia, desplegando por todo el país el emblema y las granadas de la cultura que representan a Bogotá.

En estos 45 años, la Filarmónica es símbolo y realidad del inmenso progreso cultural de Bogotá, como lo son los teatros Julio Mario Santo Domingo, el Roberto Arias Pérez de Colsubsidio y el de Bellas Artes de Cafam, el Museo de Arte Moderno, las bibliotecas El Tintal, El Tunal y Virgilio Barco, la donación Botero a la Luis Ángel Arango, el Diccionario de construcción y régimen de don Rufino José Cuervo publicado por el Caro y Cuervo, el Festival Internacional de Teatro, el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, los Festivales al Parque, los libros de Benjamín Villegas. Y lo son, por qué no, como manifestaciones de excepcional importancia para la vida cultural de esos 45 años, la Exposición Rau, la Suite Vollard de Picasso, el Premio Nobel de García Márquez en el año 82 y El olvido que seremos, de Héctor Abad. Es decir, que esos años no se miden tan sólo por edificios y urbanizaciones, sino por todo el legado de la creación espiritual que no será ni pasajero ni materia de olvido.

Bernardo Hoyos P.

         

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noviembre
21 / 2012