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4 Mitos de la paz

Cuatro mitos que impiden un mundo más seguro. Que ponen en peligro la paz mundial. Que se esgrimen en nombre de la paz. Que harían casi inevitable cualquier guerra.

Cuatro mitos que impiden un mundo más seguro. Que ponen en peligro la paz mundial. Que se esgrimen en nombre de la paz. Que harían casi inevitable cualquier guerra.

Revista Diners de noviembre de 1990. Edición número 248

Resulta interesante analizar la tesis de Nixon a la luz de los conflictos actuales y el contexto internacional.

Durante la Guerra de Vietnam, tres de las consignas más pegajosas y popularesfueron: «Haga el amor, no la guerra», «Démosle una oportunidad a la paz» y “Haga sonar el pito si quiere la paz».

Trivializar con tan vacuos slogans la causa de la paz, le sirve más bien a la causa de la guerra, porque distrae la atención de lo verdaderamente importante. El problema no es que haya gente que quiere la paz y gente que no la quiere, sino que reside en saber cómo lograrla y a qué intereses más grandes servirá. Debemos recordar que virtualmente todos los agresores, a lo largo de
la historia, han proclamado que su objetivo es la paz, pero la paz de acuerdo con sus términos. Tenemos que desengañamos de cuatro arraigados mitos acerca de la paz.

El primero sostiene que la eliminación de las armas nucleares producirá una paz perfecta. Ello no es posible ni aconsejable. Las armas nucleares son fáciles de fabricar.
Los principios físicos que las hicieron posibles son ampliamente conocidos, incluso por parte de los estudiantes universitarios, y los materiales necesarios para producirlas se encuentran, prácticamente al alcance de todas las naciones modernas. Debemos dedicar nuestras energías a aprender a vivir con armas nucleares, en vez de malgastar el tiempo tratando de borrar de la mente del género humano el conocimiento que tenemos de cómo fabricarlas.

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A las armas nucleares se debe el fin de la Segunda Guerra Mundial, y han sido el factor decisivo en la prevención de la Tercera. Su existencia implica que incluso una guerra de tipo convencional resulte demasiado riesgosa para cualquier agresor que la intente. Eliminarlas no significaría cosa distinta de hacer que las guerras convencionales vuelvan a ser seguras.

El segundo mito es la creencia de que la paz total puede lograrse mediante el establecimiento de un gobierno mundial. La Liga de las Naciones, después de la Primera Guerra Mundial, y la Organización de las Naciones Unidas, tras la Segunda Guerra, han sido nobles pero poco eficaces intentos de establecer la paz por medio de una organización que debería garantizar la seguridad colectiva del mundo. Ninguna de las dos logró ese objetivo. Tal como me lo dijo Winston Churchill la última vez que lo vi, ninguna nación permitirá que una organización internacional tome decisiones que afecten sus intereses vitales.

Un tercer mito sostiene que los intercambios comerciales producen la paz de manera automática. En ambas guerras mundiales, naciones que comerciaban entre sí pelearon entre sí, creyendo que podían obtener mayores beneficios por medio de la guerra que por medio de la paz, los países más agresivos se embarcaron en la guerra.

El cuarto mito de la paz es el de que los conflictos entre las naciones se deben a malos entendidos. Al tenor de este postulado, si logramos conocernos y comprendernos los unos a los otros, llegaremos a la conclusión de que no tenemos diferencias muy grandes. Pero en realidad las naciones son diferentes, y sus intereses efectivamente difieren. Los tratados de amistad sellados con apretones de manos y en cuyo honor se brinda con champaña, no eliminarán esas diferencias: Lo mejor que podemos hacer es aprender a vivir con nuestras diferencias, antes que morir por ellas. Si examinamos nuestras contradicciones a la luz plena del mundo real, y no en la atmósfera turbia de algún mundo ideal, lograremos ver las posibilidades de edificar una paz real: el enfrentamiento sin guerra.

Existen dos razones para que podamos ser optimistas con respecto del establecimiento de una paz verdadera. En primer término, el potencial destructivo de las armas nucleares ha convertido la opción de guerra en algo prohibitivamente costoso.

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En segundo lugar, la creciente prosperidad del mundo brinda cimientos más estables a la paz. En el pasado, los Estados veían el bienestar como un improductivo círculo vicioso: el único modo de lograr mayor bienestar era conquistar nuevos territorios o explotar nuevos recursos. Hoy, el vínculo entre esos recursos finitos y la prosperidad, se ha roto. El futurista Herman Kahn estimaba que, en virtud del astronómico crecimiento de la capacidad productiva del mundo, el ingreso global per capita subirá de mil dólares, el estimado actual, a veinte mil en el siglo xxi. Esto quiere decir que tendremos la posibilidad de construir una paz real, porque nos será posible compartir la abundancia en lugar de racionar la escasez.

Si queremos lograr la paz verdadera, nos es preciso entender su naturaleza. No se trata de una paz estática sino dinámica. Las naciones seguirán compitiendo las unas ton las otras, elevarán exigencias, se resistirán a hacer concesiones Y a veces provocarán crisis. A tiempo que el riesgo de la guerra existirá siempre en un mundo en el cual hay confrontación, el desafío de mantener una auténtica paz se centrará en el manejo que pueda dársele al tira y afloje global, de tal modo que se eviten las guerras. No podernos proponernos simplemente la estabilidad defendiendo el statu quo. En vez de ello tenemos que reconocer que el proceso de cambio mundial nos exige buscar una estabilidad dinámica que acoja toda aspiración legítima a medida que surja, y que contribuya a elevar la condición humana.

Traducción de Guillermo Alberto Arévalo.

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Agosto
17 / 2016


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