Los goles de los árbitros

Un pitazo equivocado condena a un equipo a perder injustamente y a pesar de que lo favorezcan las evidencias fílmicas. ¿Está condenado el fútbol a soportar para siempre estos errores inapelables?
 
Los goles de los árbitros
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POR: 
Germán Arango

Revista Diners de octubre de 1989. Edición número 235

Mientras en otros deportes como la esgrima y el rugby, la sistematización ya se está utilizando como una forma eficaz de decisión arbitral, en el fútbol, en cambio, la apreciación del árbitro sigue siendo la última palabra, así el video demuestre que se equivocó.

¿Qué sería del fútbol con jugadores provistos de sensores especiales en sus piernas, para transmitir ciertos impulsos sobre unas pantallas que al final decidan si hubo falta o no? ¿O qué tal un observador computadorizado, que ante cierto tipo de movimientos dudosos accione automáticamente un timbre que detenga la jugada y ordene el ¡foul!?

No cabe duda de que la propuesta despertaría todo tipo de reacciones negativas en aquellos seguidores líricos de un deporte cuya esencia sigue siendo la confrontación del talento y la malicia para darle la vida a un elemento indispensable pero muerto: el balón.

A finales del siglo XIX fueron memorables las grescas y los golpes de aquellos que -desprovistos de una vestimenta especial- se entregaban a una feroz lucha de punta­piés y artimañas para posesionarse del esférico.

Décadas después nació la Fifa (Federación internacional de Fútbol Asociado) y con ella surgió la normatividad de un deporte al que no le ha costado mucho convertirse en el mejor espectáculo del mundo.

Con la normatividad surgió la figura irreemplazable de un juez, que basado en unas reglas objetivas y defensoras del fair play (juego limpio), es el encargado de detener el juego para castigar al infractor y brindarle la oportunidad de desquite al agredido.

Aquel hombre de negro -el color del vestido fue el primer indicio de su imparcialidad y justicia­se convirtió en la solución al desorden. Pero un siglo después seguimos siendo testigos de las grescas, los reclamos airados de un equipo, las botellas vacías apuntando a la cabeza del árbitro, el árbitro esgrimiendo tarjetas rojas o exigiendo la presencia de la fuerza pública, las declaraciones desgarradas de los afectados, la protección para los hombres de negro una vez terminado el partido…

Fallas para la historia
Así como el talento se ha ganado un sitial de honor en la historia, así como las grandes figuras como Di Estéfano, Pedernera, Pelé, Cruyff, Beckenbauer, Rivera, Lato, Platini, Zico y Maradona han engalanado la galería de los inmortales, así mismo han hecho historia aquellas decisiones u omisiones arbitrales que han definido, en alún momento, un título mundial o un simple resultado de torneo doméstico.

El 21 de junio de 1986, en el estadio de Monterrey, México, a los 50 minutos Argentina e Inglaterra jugaban por los cuartos de final de la Copa Mundo y empataban 0-0. Burruchaga levanta un centro al área, Fenwick rechaza mal para que Maradona, con la mano y por encima de la humanidad del golero Shilton, empuje el balón hacia el fondo de la red. 1-0, y Argentina comienza a arañar la semifinal del certamen y el título de campeón mundial.

Esa tarde el mundo entero se cansó de ver repetida una y otra vez, desde todos los ángulos, aquella jugada ilícita del astro argentino y que significó la caída del pórtico inglés. Sin embargo, y a pesar de la evidencia, la decisión del árbitro tunecino Alí Bennaceur, de validar el gol, se mantuvo y fue respaldada por la Fifa.

Esa actuación de Bennaceur no fue ni ha sido la única equivocación de los jueces, que constantemente incurren en omisiones o errores de apreciación que van desde una simple falta hasta la construcción de un gol, como la anotación que se in­ventó el juez central Manuel Castro en El Campín el30 de mayo pasado, cuando Hebert González, defensor del Deportivo Pereira, detuvo un balón a cinco metros de la línea de gol pero el hombre de negro dio por hecha la anotación, “regalándosela” a Santa Fe, que ese día empató 1-1.

La actuación polémica más reciente fue la del silbato chileno Hernán Silva, quien indudablemente le metió la mano -o el pito- al juego, entre Paraguay y Colombia, del 27 de septiembre en Asunción por las eliminatorias al mundial de Italia, y que terminó en triunfo de los paraguayos dos goles por uno.

No cabe duda de que el juez chileno -que confirmó así su controvertido comportamiento cuando actúa en un partido que involucra los intereses colombianos- incidió en el resultado final del compromiso, por los siguientes motivos:

– No sancionó un claro penalti de Cáceres sobre Iguarán en el primer tiempo.

– Validó el primer gol paraguayo cuando Ramón Ángel Hicks permaneció en fuera de lugar -aunque pasivo- durante todo el transcurso de la jugada.

– Evitó mostrar tarjetas a jugadores paraguayos que pegaron igualo más que Leonel Álvarez, a quien sí expulsó enérgicamente.

– Adicionó 4 minutos y 30 segundos más del tiempo reglamentario, cuando en el juego no se había perdido tanto.

– Sancionó un tiro penal por supuesta falta de Higuita sobre Delgado, cuando el golero tuvo la intención de detener el balón, no al jugador…

Con buena o mala intención, es un hecho comprobado que los errores técnicos y de apreciación de los árbitros en más de una ocasión han cambiado la historia de partidos trascendentales y han dejado en la afición, la mayor parte de las veces, la sensación de que el árbitro obró de mala fe.

Equivocado pero inapelable
Carlos Romero, instructor de la Fifa para Colombia- designado por la Federación Colombiana y la Dimayor para el escalafón de los jueces en el fútbol profesional y amateur-, especialista en el tema de los hombres de negro, analizó para Diners este espinoso tema de los jueces.

Romero considera un acierto que la Fifa no haya aceptado recientemente la propuesta de permitir el auxilio del video en la toma de decisiones por parte de un árbitro- tal como se ha implementado en el fútbol americano-. “El ángulo del árbitro normalmente no es el mismo de las cámaras. Estas se pueden colocar en diferentes puntos del escenario y brindar varias alternativas del juego. En cambio, el árbitro no aprecia sino una ola ubicación, de tal manera que basándonos en la quinta regla, que dice que el árbitro es el único que tiene acción e intención, es solo él quien posee la capacidad de valorar si una decisión es acertada”.

Surge entonces la angustia de tener siempre que aceptar las decisiones irrevocables de un juez, aunque las demás pruebas-que de todas formas no acepta la Fifa corroboren después su equivocación. “Normalmente-agrega Romero- en partidos o certámenes de trascendencia como un mundial o un torneo internacional, la Fifa o la autoridad deportiva de turno disponen de instructores arbitrales designados por la propia entidad organizadora. Y si un juez comete un error, definitivamente el resultado del partido no será modificado, pero este recibirá una sanción tan grave como haya sido su falta. Hemos sido testigos de jueces que definitivamente no han vuelto a dirigir un encuentro en su vida, debido a las decisiones tomadas por el instructor arbitral”.

El fútbol, entonces, parece estar condenado a convivir con el error de los árbitros y su posterior castigo. Romero lo justifica así: “Desafortunada o afortunadamente, el árbitro es un ser humano y no un autómata o una máquina. Por ello tiene todo el derecho a equivocarse y, debemos tener en cuenta esa situación. Y ya que miramos al árbitro desde un punto de vista humano, no nos podemos meter en el terreno de las adivinanzas ni especular sobre cuáles pueden ser sus reales intenciones en el momento de adoptar una decisión, Eso sería arriesgado, e incluso peligroso, En el fútbol existen momentos de ira o dolor, en los que se tiende a culpar al árbitro, a achacarIe situaciones imposibles de comprobar.

Nosotros, quienes dirigimos el arbitraje, siempre debemos partir del hecho de la absolu­ta honestidad de un juez, no de su suspicacia o trampa, Pero cuando la Pifa o alguna autoridad conceptúa que el comportamiento de un árbitro puede ser tema de controversia, acudimos no sólo a su informe sino a los inspectores arbitrales. O si es del caso, como lo indica un parágrafo de la normatividad arbitral, podemos pedir otro tipo de pruebas tales como un video e incluso declaraciones de personas presentes en el juego y a las cuales se les compruebe que no tienen parte o conveniencia en el resultado final. El año pasado, por ejemplo, un árbitro nos solicitó que suspendiéramos la plaza de Medellín, pero echamos atrás esa sugerencia después de escuchar declaraciones del comandante de la policía y hasta del propio gobernador”.

Hay que romper el autoritarismo

Dino Gallo, quien durante 18 años estuvo a la cabeza de la dirigencia arbitral colombiana, tiene una opinión bien distinta del vocero de la Fifa: “Mientras vivamos ligados al autoritarismo de un árbitro, mientras dependamos de las conveniencias de sus determinaciones, siempre vamos a estar atados a los problemas ya las polémicas. Nadie puede negar que en un partido de carácter internacional están en juego muchos intereses, y que un juez termina inclinándose en favor de determinada Liga, por la influencia que ésta puede ejercer en el concierto de la dirigencia mundial”.

Gallo pone el dedo en la llaga de la discusión actual. Según su experiencia, según las vivencias de las que ha sido protagonista, cree que a estas alturas de la historia del fútbol ya no es suficiente tener un gran equipo para ganar. Se requiere además de unos dirigentes capaces de influir en esos terrenos oscuros que tienen como principal blanco de críticas a los hombres de negro.

“Este problema -afirma- demanda una reforma de fondo, más que de forma. Los árbitros de fútbol deberían contar con una asesoría como de la que disponen los jueces de tenis, que pue­den consultar una jugada dudosa con dos o tres auxiliares situados en posiciones estratégicas. Pero mientras el fútbol dependa del autoritarismo de un juez, no van a cesar las discusiones y las polémicas”.

El antiguo dirigente arbitral expresa con firmeza su razonamiento: “Resulta demasiado triste que la preparación de cuatro años, en el caso de un Mundial, quede supeditada al error de un árbitro, bien sea porque durmió mal antes del compromiso, o porque las cosas marchan mal en su negocio, o simplemente porque para mantener o acrecentar su ‘prestigio’ entre la dirigencia le resulta conveniente que incurra en uno de los famosos ‘errores de apreciación’, expresión ésta que se ha vuelto de moda para justificar las garrafales fallas”.

Gallo advierte que existe una marcada tendencia a profesionalizar el arbitraje en Suramérica aunque esto no esté contemplado por la Fifa. Un juez en nuestro continente recibe por un partido internacional una cifra no inferior a los 1.500 dólares por concepto de viáticos, alojamiento y alimentación de lujo, tiquetes aéreos y transporte. Este hecho provoca también que los hombres de negro se disputen el derecho de arbitrar, y en virtud de esta “guerra” también queda el camino abonado para que se incurra en errores que favorezcan a quienes ellos decidan. La honestidad y la imparcialidad de los árbitros quedan, pues, en tela de juicio bajo este análisis de Dino Gallo, quien contradice, con argumentos de peso, a la mayoría de opiniones de la actual dirigencia deportiva.

Carlos Romero admite, sin embargo, que existen algunos capítulos en el arbitraje que le conceden al hombre de negro cierto grado de “autoritarismo”, en los que se puede basar un juez para cometer algún tipo de arbitrariedades: “En el caso concreto del reciente partido entre Paraguay y Colombia en Asunción, creo que se debería revisar la séptima regla, que habilita al juez para prolongar un partido por pérdida deliberada de tiempo, por lesión de algún jugador, por detención del partido, por alguna sanción o por cualquier otra causa. Esto de cualquier otra causa le da la facultad para que tenga cierta “demasiada autoridad”. Cosas como ésta son las que deberían revisarse en el arbitraje”.

En conclusión, el arbitraje en el fútbol está condenado a las decisiones polémicas por parte del hombre de negro. Las medidas disciplinarias vendrán después, en contra o a favor del árbitro. Pero sus dictámenes en la cancha permanecerán irremediablemente inapelables.

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junio
13 / 2016