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Esta sería la cara de Bogotá con el plan Le Corbusier

Le Corbusier diseñó la cara de Bogotá donde los espacios verdes y el concreto pudieran vivir en armonía. Sin embargo, aún hoy sus diseños no dejan de levantar polémicas.

Foto: Le Corbusier, Plan Director para Bogotá: diapositiva a color de la maqueta del Centro Cívico. Image © FLC + F. Pizano

Le Corbusier diseñó la cara de Bogotá donde los espacios verdes y el concreto pudieran vivir en armonía. Sin embargo, aún hoy sus diseños no dejan de levantar polémicas.

El artículo Esta sería la cara de Bogotá con el plan Le Corbusier fue publicado originalmente en Revista Diners de marzo de 1987. Edición Número 204

Charles Edouard Jeanneret, llamado Le Corbusier, el arquitecto más importante del siglo XX, nace el 6 de octubre de 1887 en La Chaux-de Fonds, Suiza. A los veinte años, en 1908 viaja por primera vez a París, donde conoce al gran arquitecto Auguste Perret, con quien trabaja durante 15 meses.

La Escuela de Arte de la Chaux-de-Fonds, donde él fue admitido desde los 14 años, le encarga en 1910 un estudio sobre la evolución del movimiento de las artes aplicadas, y es así como viaja a Alemania y conoce a Peter Behrens, con quien permanece durante cinco meses.

El origen de Le Corbusier

Luego de numerosos viajes por Europa se instala, a los 30 años, definitivamente en París, donde ejercerá el resto de su vida una intensa actividad de trabajo que va desde la arquitectura.

Vista como expresión de nuestra época y no como un amasijo recalentado de estilos anteriores, hasta la pintura, que le valió tener actualmente cuadros en los mejores museos del mundo, y el urbanismo, campo en el cual polemizó permanentemente haciendo planteamientos que han sido los más controvertidos en el presente siglo.

La extraordinaria personalidad de Le Corbusier evidencia, a lo largo de su extensa obra, la dicotomía entre el humanista y escritor de El espíritu nuevo, la revista que él fundó en 1920; hacia una arquitectura (publicado en 1923) y 50 libros e innumerables artículos, por una parte, y por otra los resultados racionalistas e sus «máquinas para habitar», sus «ciudades radiantes» y sus «unidades de habitación» con las cuales introdujo el concepto de la ciudad vertical autosuficiente.

Su teoría urbanística de concentración de las actividades en grandes edificios dispersos en enormes espacios verdes, en muchos casos sirvió de ejemplo y lección para conjuntos actuales de indudable calidad, pero en gran parte también. y por motivos de especulación urbana, se usaron ideas «corbusianas» en un sentido totalmente contrario a la intención original, produciendo el caos urbano de nuestras ciudades.

La ciudad soñada

la cara de Bogotá

Le Corbusier, Plan Director para Bogotá (1950): perspectiva esquemática de la plaza de Bolívar con los edificios históricos que debían mantenerse y los edificios de gobierno propuestos, de los cuales Le Corbusier aspiraba a proyectar el palacio de los Ministerios. Image © FLC.


A través de CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna), grupo en el cual Le Corbusier tuvo una enorme influencia. se formularon principios como la separación o «zonificación» de la ciudad en cuatro actividades principales: habitar, trabajar, recrearse y circular.

Este concepto, totalmente revaluado hoy día, en su momento aportó claridad en el entendimiento del fenómeno urbano, pero su falla fundamental fue creer que la problemática urbana se puede manejar desde un solo punto de vista, el del arquitecto, y no como un conjunto de variables de todo tipo (geográficas, económicas, políticas, técnicas, etc.) que requieren soluciones interdisciplinarias de mucha complejidad.

Lo que debió ser la cara de Bogotá

maqueta Bogotá

Le Corbusier, Plan Director para Bogotá: maqueta del Centro Cívico. Image © FLC + F. Pizano.


Fue así como en 1950 Le Corbusier realizó el «Plan Piloto para Bogotá» que por primera vez planteó el principio de los «sectores urbanos», división del terreno en rectángulos de superficie y cabida tal que permitan organizar y canalizar racionalmente el sistema circulatorio de alta velocidad.

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Algo de esta teoría se puede sentir hoy día en el complejo vial bogotano. La diferencia fundamental entre su planteamiento y la ciudad actual radica en que Le Corbusier pensó en una ciudad lineal Norte-Sur, limitada por la Carrera 30, y los fenómenos propios de una alta tasa de crecimiento y la migración campo-ciudad en pocos años habían roto las ataduras académicas del Plan.

En cuanto al centro cívico para Bogotá, Le Corbusier se atrevió de un solo plumazo a borrar dos manzanas contiguas a la plaza de Bolívar hacia el occidente para dar a ésta dimensiones monumentales, colocando en uno de sus costados un superbloque enfrentado a la Catedral para la administración local, y en el otro costado, al lado de la pequeña iglesia de Santa Clara, otro superbloque para alojar ministerios. Acertó sí, en el emplazamiento del Palacio de Justicia en el sitio actual.

Influencia arquitectónica

La otra cara de Bogotá

Le Corbusier, Plan para Bogotá (1950): plan Urbano. Montaje digital con la propuesta incluyendo tres funciones: vivienda, trabajo y recrear el cuerpo y el espíritu. Image © Grupo PAC, Uniandes, 2010.


Debido también al Plan Piloto para cambiar la cara de Bogotá, y por su prestigio internacional, Le Corbusier ejerció una influencia definitiva en varias generaciones de arquitectos colombianos como:

Leopoldo Rother, quien llegó de Alemania a enseñar el movimiento de la Bauhaus y a Le Corbusier de primera mano.

Carlos Martínez recibió personalmente al maestro por encargo del ministro de Relaciones, Eduardo Zuleta, y le sirvió de ciceróneo Gabriel Serrano, Fernando Martínez y Guillermo Bermúdez, los tres pilares de la nueva arquitectura colombiana, extractan de Le Corbusier las bases de su creatividad.

Luego, más directamente, Le Corbusier tuvo en calidad de arquitectos en su taller de París a Rogelio Salmona (desde 1948) y a Germán Samper (desde 1949).

Obras ‘corbusianas’ por Bogotá

La influencia que ejerció en estos dos últimos notables arquitectos colombianos, tomó rumbos muy diferentes.

Salmona, a su regreso a Colombia y des­pués de una o dos obras todavía «corbusianas», se sacudió el yugo para internarse en conceptos de arquitectura orgánica.

Con gran éxito, pero seguramente apoyado en la disciplina férrea del viejo «Corbú» y su taller de la calle de Sevres.

Samper, por su lado, prefirió seguir desarrollando el lenguaje aprendido, haciendo aportes importantes dentro de la apertura racional-internacional.

Entre 1929, año de la construcción de la Villa Savoie en Poissy, y 1955, año de la terminación de la capilla de Ronchamp. Le Corbusier evoluciona de una arquitectura cubista, exenta de todo ornamento y muy directa en su expresión, a una arquitectura pasional, brutalista y gestual.

Sin embargo, se sigue situando entre los arquitectos que implantan su obra ante la naturaleza y que la transforman “de afuera hacia adentro”.

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En contraposición con los arquitectos llamados orgánicos, que trabajan “de adentro hacia afuera”.

La nueva cara de Le Corbusier

En la década de 1950 a 1960 se plantea a nivel mundial el gran debate entre la arquitectura racionalista de:

Le Corbusier, Gropius y Mies van der Rohe, la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright y Alvar Aalto

Esto propone una gran integración con el paisaje y la predominancia del espacio interior como generador de toda composición.

Esta fue, a mediados del siglo, la gran reacción contra la “caja de fósforos” internacionalizada por los grandes racionalistas. El movimiento orgánico propugna un conocimiento muy profundo del sitio, su especificidad y sus materiales.

La pelea la viene a terciar el actual movimiento post-modernista, con un ‘planteamiento eminentemente historicista:

Volver al ornamento, a la fachada escenográfica, a la monumentalidad de los ejes de composición.

¿Será que este siglo que termina no daba todavía la talla para los planteamientos visionarios de los grandes racionalistas y orgánicos?

Charles Edouard Jeanneret, llamado Le Corbusier, el arquitecto más importante del siglo XX, muere bañándose en el mar cuando pasaba sus vacaciones en Cap Martin.

El 27 de agosto de 1965, dejando una extensa obra escrita que seguramente constituirá parte del patrimonio de la humanidad en el próximo siglo.

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Julio
14 / 2020


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