SUSCRIBIRME

"¡Defendamos la coca!", por Daniel Samper Pizano

La coca es una de las distracciones de los colombianos, pero se está extinguiendo. Daniel Samper Pizano propone protegerlo así como lo verá a continuación.

Foto: Jordan Whitt en Unsplash

La coca es una de las distracciones de los colombianos, pero se está extinguiendo. Daniel Samper Pizano propone protegerlo así como lo verá a continuación.

El artículo «¡Defendamos la coca!», por Daniel Samper Pizano fue publicado en Revista Diners de marzo de 1987. Edición Número 204

Si los colombianos queremos preservar algunos de los valores sociales que aún no se han extinguido del todo, estamos en mora de adelantar una cruzada en favor de la coca. Defender la coca ha de ser propósito fundamental de las nuevas generaciones, si es que a ellas les interesa proteger una vieja tradición nacional hoy amenazada por elementos foráneos.

La coca divierte, distrae y permite a jóvenes y viejos combatir la abulia y el aburrimiento. Sería aconsejable, incluso, que la coca se convirtiera en hábito familiar.

Procuremos que en clubes y colegios se fomente su uso y que hasta las oficinas se extienda la coca como recurso para fortalecer la camaradería y aumentar las tensiones del trabajo.

Lo que digo de la coca podría predicarlo también del trompo, las canicas, la rayuela o golosa, las rondas infantiles y muchos otros juegos y pasatiempos tradicionales que han claudicado o están claudicando ante la masiva invasión de juguetes extranjeros.

Tal vez la coca sea el mejor símbolo de la desaparición de esos viejos recursos lúdicos que hoy se ven amenazados por distintas versiones de Jedis y He-manes, de Ataris y de robots. Durante muchas décadas la coca fue un juego que se practicaba habitualmente en casas y colegios.

La temporada de coca, como la del trompo, canicas, yo-yó, latas de gaseosa convertidas en imaginarios campeones de ciclismo y aviones de papel, llegaba un par de veces por año y monopolizaba la distracción de los escolares durante tres o cuatro semanas.

Pero, siempre, incluso fuera de temporada, había quienes practicaban embochadas y revueltas y llegaban a ensartar con los ojos cerrados.

Un juguete digno de Freud

En ese entonces cuando se hablaba de la coca los colombianos no imaginaban cosa distinta a aquel juguete formado por una gruesa bola con una perforación en la base, el mango terminado en punta con la noble misión de ensartar la bola y la pita que establece un matrimonio indisoluble entre la primera y la segunda.

cocas_800x669

Foto: Eneas de Troya-Flickr ( CC BY 2.0)


El diccionario de la Real Academia Española no reconoce la denominación de coca para este juego, a pesar de ser una de las palabras con mayor número registros en el mamotreto. Hay cinco apariciones individuales del vocablo y un total de doce acepciones del mismo.

Coca es el arbusto de la familia de las eritoxiláceas que tantos problemas ha traído a nuestros pobres países; una imagen monstruosa de serpiente que pasea por los pueblos de Galicia el día del Corpus; una embarcación usada durante la Edad Media; un moño de media cabeza; coca es, incluso, aquel familiar golpe que se da con los nudillos cerrados a los niños impertinentes; y coca es siete cosas más.

Pero ninguna de ellas se refiere aquel «juguete de madera o hueso que se compone de un palo terminado en punta por un extremo y una cazoleta en el otro, y de una bola taladrada sujeta por un cordón al medio del palo que, lanzada al aire, se procura recoger, ya en la cazoleta, ya acertando a meterle en el taladro la punta del palo».

El origen de la coca

La definición anterior, tan complicada como freudiana y tan freudiana como exhaustiva. no corresponde en el Diccionario a la coca, como venía diciendo, pero sí al boliche. En cuanto al boliche, aparece como referencia de la voz balero, señalada como mejicanismo en los anales de la Academia.

En realidad, el término balero no es un mejicanismo. También en Ecuador, Argentina y buena parte de Colombia se conoce como tal al juguete de madera o hueso que se compone de un palo terminado en punta, etcétera.

Vea tambien: 9 de noviembre de 1989: el día que cayó uno de los muros que dividió la humanidad

Como boliche se le nombra principalmente en España, donde. según mis fuentes, inventaron el juguete hace siglos. El crítico de arte Alonso Garcés asegura que el boliche aparece en cuadros de Goya, pero la pintora Beatriz González no consiguió ubicar ninguno en sus catálogos.

¿La coca o el coco?

¿De dónde, entonces, proviene la de­signación de coca para lo que en los Santanderes sufre una nueva distorsión y se llama bolero? Resulta difícil saberlo a ciencia cierta. Quizás por su semejanza con un coco; quizás por recordar el puño cerrado.

El libro Talleres de la infancia, de Euclides Jaramillo Arango, es una antología del juguete en la cual el balero ocupa un capítulo de página y media. Allí el autor indica que se trata de «uno de los juguetes más populares y conocidos», cuyo nombre en Cundinamarca y Nariño es el de coocca. Así, con doble ce y doble o.

Pero ni siquiera bajo esta extraña ortografía figura en diccionario o enciclopedia alguna, por lo cual habrá que concluir que se trata de un meritorio esfuerzo del profesor Jaramillo Arango por extender distancias entre esta coca y la otra.

No menciona el autor que también en Boyacá se la conoce con este término. Y este dato es importante porque, aunque se molesten en el Guaviare, Boyacá ha sido y sigue siendo el emporio nacional de la coca.

Mafia de coqueros buenos

Chiquinquirá, sede de la Virgen del mismo nombre, fue la cuna de las cocas y los Casas Castañeda. La mayor parte de la coca nacional provenía de allí. Por tratarse de un producto artesanal ha resultado difícil acumular estadísticas acerca de su producción y consumo anuales.

Lo cierto es que en una vereda de Chiquinquirá, la vereda de La Balsa, unas quince familias de artesanos se dedicaban todos los días del año a moldear cocas y trompos. Estas quince familias controlaban la producción central del artículo. Eran, en el mejor sentido, la verdadera mafia de la coca. Hoy muy pocos de sus descendientes se ocupa de la coca.

La precaria industria de la coca ha sido de tipo netamente familiar. Padres e hijos mayores manejan los tornos y el resto de la familia se encarga de pulir, pintar y empacar las cocas.

En una jornada de trabajo llegan a terminar unas treinta piezas por familia, que son exportadas principalmente a Bogotá, donde se venden en almacenes populares de artesanías.

El precio de la coca en Colombia

Lo mismo que ocurre con su tocaya, la coca buena atraviesa una cadena de intermediarios que encarece notablemente su precio. Se estima que una coca que en Bogotá se vende por mil pesos ha tenido un precio original de solo 200 o 250 en La Balsa.

Desde la coquita de tres centímetros que sirve para amarrar al llavero o colgar con discutible gusto al espejo retrovisor del carro, hasta la gran coca de una libra de peso o más que, por ser tan cabezona como Juanbecito Fernández, exige al jugador habilidades y musculatura casi atléticas.

Por 50 pesos se consiguen las primeras y por dos mil las segundas en los mercados metropolitanos. Pero si alguien quiere destacarse como coquero en el círculo de sus amistades, en Chiquinquirá aún queda quien le pueda fabricar la coca del tamaño que quiera.

También podrá escoger diferentes calidades de coca. Las hay de hueso, de taqua, de carey y de madera verde. Esta última, según dicen, es la mejor.

Para jóvenes y ancianos

Durante el boom de la coca, que tuvo lugar hace unos cuarenta años, jugaban balero jóvenes y ancianos, caballeros y damas, chinos y hombres de club. Quien embochaba el palo en el huevo tenía derecho a una serie de revueltas, que se hacían mediante un ágil tirón de muñeca en el cordel agarrado con los dedos a media pita.

El ex-embajador Hernán Tobar Chaves, en cuya familia hubo destacados coquistas -él mismo hace énfasis en el término, para diferenciarlo del coquero-, señala que una de las maneras menos ele­gantes de embochar consiste en «tomar por sorpresa a la bola mediante el expediente de descolgar de manera súbita el palo y sorprender a la bola por debajo».

Tobar recuerda que su padre fue un gran campeón de balero. «Era tipo de 100 Y 150 revueltas seguidas», comenta con filial orgullo. En su época de colegial. Pacheco intentó ser también un recio jugador de coca. Esta y el tenis de mesa, agregados a las rumbas frecuentes y las novias, por poco le impiden obtener el cartón de bachiller.

Vea tambien: El poder desconocido de la inteligencia emocional

La guerra contra la coca

La coca es un buen ejemplo de los juguetes tradicionales que durante siglos constituyeron fuente de distracción de los niños de medio mundo. Si la ciencia, los medios de transporte y la comunicación han sufrido en los últimos cincuenta años una transformación mucho más dramática de la que atravesaron en dos milenios, algo parecido puede decirse de los juguetes.

La parafernalia recreativa de un sardino de 1987 tiene poco en común con la que tuvo su padre. Si acaso el balón de fútbol, unos cuantos carritos, la bicicleta y tal cual revólver de plástico. Los nuevos juguetes son mucho más industrializados y sofisticados, mucho más costosos y efímeros que los tradicionales.

Son juguetes completamente terminados que el niño compra o pide que le compren, pero que dejan poco a su participación o imaginación. Es dudoso que un niño de 1987 tenga entre sus juguetes alguno en cuya confección él haya participado o que provenga de alguna transformación mágica de cosas que sobraron en su casa: el palo de escoba que se convierte en caballo de madera, el coche de balineras fabricado con tablas viejas y las ruedas de alguna silla desechada…

Hasta Time reseñó a la coca

En un reciente informe de Time, la revista se maravillaba de la nueva generación de juguetes. Pero también señalaba de qué manera para sus multimillonarios fabricantes el niño era un mero y voraz consumidor.

“Los viejos mitos aún animan estos juguetes-observaba la revista-, pero con la infortunada diferencia de que sus diseñadores y promotores están más interesados en lo que atrae a los niños que en lo que los niños son”. En otras palabras, poco estimulan su imaginación y poca participación le demandan.

Sarah Lawrence, directora de un Centro Infantil norteamericano, aparece citada en Time con sus palabras críticas contra los nuevos juguetes: “Los niños no tienen que mirar alrededor para inventar cosas para ellos mismos. Todo se les da hecho”.

La magia de madera y pita

No era así en los tiempos de la coca. Una coca es poca cosa: apenas dos pedazos torneados de madera y una pita. De allí en adelante todo tiene que hacerlo el jugador. Desarrollar las habilidades, inventar puntajes, descubrir trucos, dominar cada mínima pulsación implica la diferencia entre embochar o descachar.

Pero así como es difícil establecer los orígenes de la coca, resulta aventurado establecer cuándo comenzó a declinar. Lo cierto es que desde hace unos tres o cuatro lustros la coca se ha ido convirtiendo en una curiosidad, sobre todo en las ciudades.

Aunque comerciantes del Pasaje Rivas afirman que cada año venden miles, y aunque los cálculos de producción dicen que ésta pasa de las 140 mil unidades anuales, falta saber quiénes compran los cargamentos de coca.

La coca está por todos lados

Porque ya es raro ver gente jugando coca en los parques, los colegios o las oficinas. Los nuevos juguetes de pilas, los muñecos articulados, los monos inspirados en películas de ciencia ficción y los juegos de video han ido convirtiendo a la coca en pieza arqueológica.

Lo mismo ha sucedido con el trompo, las bolas de cristal, los ringletes y aquellos tractores que se fabrican con carrete de hilo, una tira de caucho y un pedazo de vela de sebo.

Hay que reconocer que esta guerra contra la coca sí la están ganando los Estados Unidos por intermedio de los juguetes “made in USA” que se venden en Colombia legal y clandestinamente.

Es una poderosísima industria norteamericana que en 1985 vendió doce mil millones de dólares: casi tres billones de pesos colombianos ($2’880.000’000.000)

Si algo muestra hasta dónde llega la penetración cultural externa a nuestras costumbres, no son las series de televisión, el contrato para la explotación del carbón guajiro ni los tratados de pesca con Estados Unidos. La coca buena. La que deberíamos defender u rescatar para devolvernos un poco de la fe que nos ha quitado la otra.

También le puede interesar: ¿En dónde comprar los mejores rompecabezas del país?

¡Quiero recibir el newsletter!

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Agosto
23 / 2020
Advertisement

Send this to a friend