Vivir como Don Quijote: enloquecerse en La Mancha

Cuatro siglos después, los pueblos y caminos de La Mancha no han cambiado, y la soledad y el viento transitan por las tierras desoladas y por las callejuelas de los pueblos blancos… Un enviado especial de la Revista Diners recorrió La Mancha y reconstruyó los pasos de Don Quijote.
 
Vivir como Don Quijote: enloquecerse en La Mancha
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Alexander Prieto Osorno

Publicado originalmente en Revista Diners No. 419, febrero de 2005.

Es fácil enloquecerse hoy en La Mancha. La Mancha es un llano ancho y yermo y de cielos azules en la mitad de España donde soplan a diestra y siniestra el viento y la soledad. Entrar en ella es como sumergirse en el pasado y en el más antiguo de los silencios. Según los historiadores, esta planicie no ha cambiado casi nada en los últimos cuatrocientos años, y acaso ha sido así desde los tiempos del Imperio Romano que la gobernó, y desde siempre.

Salvo por pequeñas zonas de olivares y viñedos, toda La Mancha parece un desierto y no se ve ni un alma en los campos. Sólo los cielos inmensos y azules acompañan al viajero en el recorrido por una geografía monótona y sin árboles y donde el viento se pasea a sus anchas. He aquí el “gran reino” de los Reyes Católicos que conquistaron América; he aquí los “grandes dominios” por los que se pelearon los árabes y los españoles durante ochocientos años; he aquí el formidable territorio del más famoso de los caballeros andantes.

Pero estábamos decididos a ir a El Toboso a pisar las calles que recorrió sin par Dulcinea, la maravillosa dama que se robó el corazón de Don Quijote, y con suerte deseábamos encontrar otro amor tan intenso como aquel , cuatrocientos años después, en los ojos mágicos de una nueva toboseña. ¿Qué tienen las mujeres de El Toboso que hacen enloquecer de amor a los hombres? O mejor dicho: ¿por qué los hombres más locos se enamoran precisamente de las toboseñas?

Nos formulamos estas preguntas cientos de veces en la ruta hacia El Toboso, por las carreteras y los campos vacíos y con los ojos puestos en el horizonte invariable de la planicie en busca de respuestas, o al menos para ver un molino de viento, o un caballo viejo que nos hiciera evocar a Rocinante, o, ipor Dios!, siquiera un mísero burro que nos recordara en algo el pollino de Sancho Panza. Pero nada. Nada. Ni respuestas, ni molinos de viento, ni caballos, ni burros. Nada más que nuestra imaginación febril contra este paisaje liso y desolado; una imaginación tan arrebatada que nos había hecho olvidar, de repente, que los burros son una especie en vías de extinción en la España de hoy y que sólo los defiende una organización de nombre simpático: Amiburro (Asociación de Amigos del Burro).

Tras dos horas de viaje llegamos a Quintanar de la Orden. La Mancha tiene más de setenta pueblos con nombres igual de pomposos (Villa Mayor de Santiago, San Lorenzo de la Parrilla, Villafranca de los Caballeros); nombres descomunales para caseríos pequeños, y en algunos casos uno se tarda más en pronunciarlos que en atravesar las aldeas. En Quintanar, pueblo grande, las mujeres y los hombres de las cafeterías nos atosigaron de consejos sobre la ruta del Quijote. “Debéis ir a Puerto Lápice, donde Don Quijote fue ordenado caballero”, dijo uno. “Primero hay que visitar Argamasilla del Alba, donde Cervantes comenzó a escribir el libro”, replicó otro. ”Pero lo más importante es ir a Campo de Criptana, donde el Quijote luchó con los molinos de viento”, aseguró un tercero, y así vinieron más consejos y recibimos más de veinticinco sugerencias de lugares con referencias precisas al libro, que nos hicieron pensar que los manchegos eran ver­daderos expertos en la obra de Cervantes. Entonces preguntamos a cada consejero si había leído el libro, y la respuesta repetida fue: “No, pero me sé el cuento”.

Todos en Quintanar de la Orden conocían “el cuento” de la bella Dulcinea y nos dieron las instrucciones necesarias para llegar a El Toboso, con la advertencia de que era un “pueblo de fama mundial”. Redoblada la ilusión, volvimos a la carretera, con la mente puesta en la hermosura y donosura de las mujeres de El Toboso, las descendientes de la sin igual Dulcinea y las delicias que nos traería un amor enloquecido por una de ellas. Las imaginamos dulces y perfectas, de cabellos largos y sedosos, labios de caramelo y miradas de ensueño, con cuerpos que prometían las venturas y aventuras que no podían ofrecemos estos campos solitarios de La Mancha que íbamos cruzando.

En el trayecto, nada saltaba a la vista: ni casas rurales, ni pájaros, ni personas, ni árboles, apenas si algunas colinas lejanas y despobladas, que a pesar de todo no doblegaban nuestro ánimo emocionado por conocer a las nuevas Dulcineas, Entramos en El Toboso sonriendo de alegría y esperanza. Avanzamos dos, tres, cuatro, cinco calles antiguas, algunas de asfalto, otras de piedra, con casas de muchas épocas… Pero nada: ni una persona. El pueblo se veía vacío. ¿Dónde estaba la gente, dónde la nueva Dulcinea que había de robamos el corazón? Giramos a la izquierda, luego a la derecha, y vinimos a ver al primer ser viviente de El Toboso cuando ya habíamos recorri­do la mitad del pueblo. Era un anciano, José Fuentes, que nos indicó cómo llegar a la casa de Dulcinea,

El Toboso, “pueblo de fama mundial”, tiene censados dos mil habitantes, pero en las horas que estuvimos allí no vimos más de treinta personas, y en su mayoría turistas. Tiene una iglesia enorme, anterior a Cervantes, que parece quedarle grande al pueblo, y su parte “histórica” se puede recorrer a pie en unos diez minutos. ¡He aquí la cuna de la mayor dama de los caballe­ros andantes!

Es fácil enloquecerse hoy en La Mancha. La Casa de Dulcinea fue construida muchos años después de la primera edición del libro de Cervantes, y fa encontramos cerrada. “La verdad, ahí no hay mucho que ver: versiones antiguas del Quijote, pinturas y dibujos de Dulcinea y el Quijote y utensilios antiguos de la aldea. Además cobran noventa euros si se quieren tomar fotos adentro, y para ello se necesita un permiso por escrito expedido desde Toledo”, nos dijo Paco Ramírez, un comerciante toboseño que tiene un negocio de objetos relacionados con el Quijote frente a la Casa de Dulcinea. Y agregó: “Si quieren llevarse un buen recuerdo de este viaje a El Toboso y de Dulcinea, entren en mi tienda”.

Pero nosotros no queríamos pañuelos bordados, llave­ros ni litografías; deseábamos saber de las nuevas Dulcineas. ¿Son realmente hermosas? ¿Dónde están? “Las toboseñas son mujeres magníficas, yo estoy casado con una de ellas”, respondió Paco. “Aunque la verdad hay que decirla: mujeres jóvenes no hay, todas se han sido para las grandes ciudades porque aquí no hay nada que hacer. Vivimos del turismo gracias a Cervantes, pero no tenemos todos Los visitantes que quisiéramos, pues a La Mancha nadie viene en otoño, ni en invierno ni en primavera porque hace mucho frío, y en los meses de verano esto es un horno”.

Más de cuarenta grados en verano y menos de siete en el resto del año. El lugar perfecto para encerrarse en una habitación a pasar el frío o el calor, y leer y leer y leer sobre Las grandes epopeyas del ancho y vasto mundo, leer y volverse loco, como le ocurrió al Quijote.

Entonces vimos la primera toboseña, y Paco nos la presentó. Era nada más ni nada menos que la alcaldesa de El Toboso, Natividad Jiménez (57 años), quien posó amablemente para el fotógrafo ante la puerta de la Casa de Dulcinea y luego nos habló de la grandeza de su pueblo y de la fama de sus mujeres, nos anunció los planes de su administración para celebrar los cua­trocientos años del Quijote y nos contó como primicia que a finales de abril próximo un grupo de 98 actores representará la primera parte del libro de Cervantes en las calles de El Toboso. ¿y el público? No se lo preguntamos, claro, pero vislumbramos con humor cervantino una gran función con 98 actores y sólo 15 espectadores.

El Toboso nos decepcionó, pero salimos a buscar los molinos de viento de Campo de Criptana alentados por la idea de que las nuevas Dulcineas están dispersas por el mundo. Y después de 17 kilómetros de llanuras desoladas, al fin divisamos las colinas donde Don Quijote se batió en desigual batalla con los gigantes. Apuramos la marcha y en cuanto ascendimos el cerro nos bajamos del vehículo y corrimos como niños hacia los molinos.

El sol bajo del invierno que hiere los ojos nos mostró como en una alucinación espectral, aquellos gigantes cansados, con las aspas quietas. ¿Estábamos locos o el tiempo se había detenido de pronto? Nada se movía ni un aspa, ni un pájaro, nada en la colina y nada en la inmensa planicie de La Mancha. Tampoco se oía nada, ni una voz, ni un trino. Y así, sin avisar, fue creciendo a nuestra espalda un rumor extraño de pisadas, de muchas pisadas, que nos asustó en mitad del tiempo detenido. Y cuando nos dimos la vuelta vimos surgir de la nada, hacia nosotros, el mismo ejército increíble que divisó el Caballero de la Triste Figura en uno de sus muchos combates, y que en un relámpago nos transportó cuatrocientos años atrás. Fue como una bofetada de tiempo que nos dejó boquiabiertos. Era, en pleno siglo veinte y en la España de las superautopistas, un rebaño de ovejas que cumplía una travesía quizá más antigua que los molinos que le daban sombra. “Los molinos no funcionan, hace tiempo fueron convertidos en viviendas”, nos dijo de paso el pastor Pablo García, quien nos soltó dos frases más, antes de atender una llamada en su celular y seguir su camino: “Aquí vienen muchos japoneses a tomarse fotos. Ellos están conven­cidos de que Don Quijote existió de verdad y lo consideran el gran samurái español”.

Pastores de ovejas con celular, molinos de viento quietos, el “pueblo de fama mundial” casi desierto y ni sola una mujer bonita en cinco horas de recorrido por los pueblos de La Mancha. Qué fácil es volver­se loco en este lugar cuatro siglos después de Don Quijote. Más con el paisaje tedioso de esta planicie desolada, en cuyos pueblos la gente ha cambiado los libros por la televisión para combatir la soledad y el mal clima, y tal vez para volverse loca con ella.

Nuestro recorrido culminó en Villacañas, donde se yergue el mayor parque eólico de la región: más de treinta gigantes de acero que proveen de energía eléctrica a varios pueblos de la zona. Y fue allí donde conocimos a Clara Pineda y Ana González, que aunque no son de El Toboso, sí son manchegas de pura cepa, y representan a las Dulcineas españolas de la actualidad. Ambas estudian, son independientes, no quieren casarse antes de los 35 años y en sus planes no aparecen los hijos. Y siendo ello así, ¿quién traerá al mundo a las nuevas Dulcineas?
Al final supimos que La Mancha ofrece un viaje de aprendizaje, y que es mucho más que un escenario de decepción para quien espera encontrar en la realidad las maravillas del libro de Cervantes. Después de trasegar en sus carreteras, planicies y pueblos, comprendimos como una revelación el extraordinario sentido del humor y la ironía de Cervantes, que escribió en su libro las aventuras que estas tierras jamás han conocido en sus miles de años de historia desolada, y nos alejamos de La Mancha riéndonos a carcajadas, con Don Quijote y Sancho acompañándonos, mientras elucubrábamos sobre las nuevas aventuras del samurái español.

         

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abril
22 / 2016