Terceto: la historia contada en primera persona. Entrevista a Pablo Montoya

Diners conversó con Pablo Montoya, ganador del premio Rómulo Gallegos en 2015, sobre Terceto, su nuevo libro de "poemas en prosa" o "microcuentos".
 
Terceto: la historia contada en primera persona. Entrevista a Pablo Montoya
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POR: Revista Diners

Terceto es el nuevo libro de Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963), el más reciente ganador del Premio Rómulo Gallegos, y es una suerte de poemas en prosa, o microcuentos. En total son 195 textos, cada uno de un personaje distinto de la historia, y están divididos en tres capítulos: Viajeros, Trazos, y Programa de Mano.

Comienza con Ícaro, que narra su propia caída desde el sol, termina con Leo Brouwer, y en la mitad, están los demás protagonistas de la historia, relatando en sus propias voces lo que siempre nos han contado otros. Noé narra su soledad y desespero en el arca, Débora Arango define lo que es la justicia, y Brahm monologa sobre su hastío apocalíptico.

Terceto es una suerte de “minificciones”, de poemas en prosa, ¿cómo llega a este formato (o género)
?

Ahí hay un montón de lecturas que yo he ido haciendo cuando era joven, cuando estaba en Tunja, donde viví ocho años. Allá hay mucho tiempo, tiempo para leer, y es una ciudad calmada. Yo recuerdo a Tunja porque es donde leí más. Recuerdo que devoraba libros, y ahí fue donde comencé a descubrir una serie de escritores que me enseñaron el rumbo por esas prosas poéticas, o de esas minificciones poéticas. Yo ubico claramente a esos autores, que son Borges, Álvaro Mutis, recuerdo mucho los cuentos de Memoria del fuego, de Eduardo Galeano, que es una especie de historia de América Latina desde los indígenas prehispánicos hasta 1984. Lo que quiero decir es que en ese breve formato donde los géneros se cruzan, varios de los textos de Terceto podrían leerse como poemas, como pequeños cuentos o ensayos, todo eso lo encontré en esos autores que leí por primera vez.

También hay en este libro una característica que es contar la historia desde la voz de sus protagonistas…

Eso tiene que ver con las intuiciones de uno. Cuando estaba escribiendo Viajeros (que es el primer libro de Terceto), en un principio pensé en escribir un conjunto de textos sobre el viaje, pero hacer a la vez una historia del viaje, o sea, ir hasta las primeras personalidades míticas que tienen que ver con el viaje, y luego hacer un recorrido que va a cubrir la antigüedad, la edad media, el renacimiento, hasta llegar a nuestros días, pero siempre pensé que todos los viajeros iban a hablar en primera persona, me iba a meter en los personajes y que iba a buscar de algún modo una circunstancia clave en la vida de ellos. También Programa de Mano tiene que ver con momentos cruciales de estos personajes, es decir, como una confrontación ante la muerte, ante un momento revelador de sus vidas, que tiene que ver con el erotismo, con el descubrimiento del otro, con problemas eminentemente estéticos. La propuesta de Terceto es mostrar el pasado, mostrar la historia, pero desde una perspectiva personalizada, como recuperar a otra persona, a otra voz, y mostrar un abanico de la historia del viaje, de la pintura y de la música.

Pasaron 30 años para completar todas las historias de Terceto, ¿en qué momento se dio cuenta de que eran un todo, un mismo libro?

En realidad los textos los escribí en Tunja, en la década del 80, de modo que siempre estuvo rondando, no muy claramente, la idea de que tenía que escribir la historia poética de la música. Me di cuenta de que quería escribir tres libros cuando ya estaba escribiendo Trazos, que es el libro sobre los pintores, y fue cuando dije que iba a hacer una trilogía. Eso se configuró más o menos cuando yo estaba en París, escribiendo Trazos, a finales de la década del 90.

En Tríptico de la Infamia usa varias voces para narrar, al igual que en Terceto, ¿qué tanto tuvo que experimentar y ensayar para lograrlas?

Tiene razón en algo: estos libros de prosa poética o minificciones, son una especie de canteras, yo no creo que sean libros incompletos. De ahí la idea de un recorrido cronológico, pero creo que allí están las claves, los elementos fundamentales que después voy a retomar y ampliar en las novelas.

En Viajeros hay un texto dedicado a Ovidio, y después escribí la novela (Lejos de Roma) dedicada a él mismo, que es la expansión del texto en Viajeros. También en ese libro hay un texto que se llama Caldas, y escribí posteriormente la novela Los derrotados, que está dedicada a él. Incluso con Tríptico de la Infamia pasa lo mismo, porque en Viajeros está Thédore De Brye, que es uno de los pintores de esta novela, y pasa lo mismo con François Dubois.

Entonces creo que Terceto dialoga mucho, de una manera muy intensa, con estas novelas que he escrito. Hay una relación, y podría entender que lo que yo hago no es novela sino más bien ampliar, construir una morada mucho más inmensa para estos personajes. A veces los textos de Terceto surgían en un viaje en tren, o en avión, en una circunstancia muy efímera, muy fugaz.

Se dijo que su premio Rómulo Gallegos fue “más que la certificación de un prestigio, sino una suerte de resarcimiento de un escritor”, ¿se sentía más cómodo en esa especie de “anonimato” o cree que el premio fue un aliciente?

Ya que han pasado más de seis meses después del premio y del revuelo mediático, puedo permitirme hacer una comparación con el que era antes como escritor. Evidentemente yo trabajaba mucho mejor antes, menos presión. Solo tenía la presión de la obra misma, que es eminentemente artística, pero ahora tengo la presión de los lectores, que están esperando qué es lo que voy a escribir. Ahora lo que siguen son libros que ya escribí y que Random House y otras editoriales van a retomar. Pero hay una expectativa del lector con la nueva obra, entonces estoy escribiendo bajo esa presión, que es algo que no conocía, y eso es difícil, tener esa masa lectora que de alguna manera está pendiente de lo que voy a hacer. De todas maneras a pesar de esa presión, de esa visibilidad que me dio el Rómulo Gallegos, yo sigo afianzado a mi certeza de que tengo que tener un tiempo claro, diario, para la escritura, que no debo extraviarme en esta figuración mediática, porque los artistas, como casi todos somos tan narcisos, vanidosos, en el fondo todos queremos que nos den un poquito de cepillo.

Uno muchas veces cae en el juego de la figuración, y si hago un inventario de lo que hice en estos últimos meses me he dado cuenta de que me la he pasado es viajando, de un evento en otro, y me pregunto ¿con la escritura qué pasa?, ¿qué pasa con lo que yo en realidad sé hacer? Tengo que cargar con esta responsabilidad. De todas maneras pienso que el premio tiene un efecto de dos años, ya después el impacto le vendrá al nuevo galardonado.

Usted estudió música, ¿cómo influyó eso en el ritmo de su escritura?

Frente a eso creo, y me apoyo en lo que dijo García Márquez, que cada escritor tiene un ritmo particular de escritura, que tiene que ver con la respiración, con los pasos, porque fisiológicamente somos ante todo ritmo. Eso caracteriza la escritura de todos los autores. Pero es verdad que en mi caso, como fui músico, como estuve siempre pendiente de encontrar esa similitud, esos puentes entre el ritmo musical y el ritmo de la escritura, pude ser más consciente. Esa musicalidad tiene que ver un poco con la forma en la que asumo la escritura poética. Yo me la he jugado por la frase corta, por un uso permanente del punto seguido, por una especie de propuesta que tiene que ver con un momento breve pero que se comunica inmediatamente con el otro. Entonces a pesar de que son muy percusivas, esas frases construyen un ámbito completo.

Si tuviera que comparar su ritmo literario con un ritmo musical, ¿con cuál lo haría?

A veces he tratado de reproducir la música de Erik Satie, en el sentido del encantamiento que produce. Son piezas para piano muy breves, hechas con pequeños momentos, melódicas, que se repiten continuamente, que son muy sencillas, muy simples. En el caso de Tríptico de la infamia está más fundado en el ritmo de la pictórica que en la estructura musical, aunque no niego que tiene mucho que ver con la forma de las sonatas, que están formadas por un momento rápido, uno lento y otro rápido.

Hay en gran parte su obra una fijación con la historia, ¿a qué se debe?

Hay varias respuestas; la primera, que es una respuesta que he elaborado tardíamente, es que finalmente en la vida hay más espacio para el pasado, que es inmenso, en cambio el presente es fugaz, y el futuro es impredecible. Cuando me aproximo en retrospectiva a lo que he escrito, el acercamiento a esos temas históricos surgió intuitivamente, cuando tenía 19 o 20 años, con la idea de construir una obra literaria fundamentada en la historia.

Comencé a escribir mis primeros cuentos musicales (que están reunidos en el libro La Sinfónica y otros cuentos musicales), cuando era estudiante de música, en ellos ya hay pesquisas por el pasado de algunos músicos. Recuerdo que escribí un cuento sobre Schumann, otro sobre Bach, entonces creo que desde esos primero cuentos comencé a preocuparme por ese pasado de los músicos, sin saber muy bien lo que iba a pasar después. Y eso implica leer, informarse, reunir un poco el producto de esas lecturas con lo que yo llamo la ficción literaria. Entonces fui construyendo más conscientemente esos puentes entre historia y la imaginación literaria.

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marzo
15 / 2016