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4 bandas que fusionan géneros locales con globales

Carranga-blues, funk con chirimía y joropo rockero. Estos 4 grupos creen que los ritmos que no evolucionan, se mueren.

Foto: Cortesía Velo de Oza

Carranga-blues, funk con chirimía y joropo rockero. Estos 4 grupos creen que los ritmos que no evolucionan, se mueren.

Decenas de reses cebú están apostadas en las sabanas de Cravo Norte, Arauca. El pastor las reúne en torno a 7 llaneros que construyen un escenario sobre la tierra seca y el pasto corto. Llevan puesto el sombrero de alas largas típico de la región y disponen el arpa, el cuatro, el bajo y la guitarra acústica; luego se suman la batería y la guitarra eléctrica. La ilusión de un grupo de música llanera tradicional se rompe cuando la percusión marca un compás de punk-rock y la guitarra acompaña con un punteo a la velocidad de una canción de heavy metal.

Así el ritmo lo incite y la letra de Conmoción Interior, de la banda araucana Chimó Psicodélico, sea provocadora- “Tombos en las calles pidiendo papeles, soldados en el campo sometiendo a las mujeres”-, no es momento para poguear. Hay algo que se deja oír en medio de la estridencia, que no se opaca por los fuertes acordes y el retumbe de la batería. Ese algo es la música llanera, el origen y el leitmotiv del grupo que dice tocar algo llamado joropo nocturno, o rock criollo, o llanera fusión, o no saben muy bien qué es pero sí lo que quieren: “resaltar las costumbres llaneras que van desde la forma de vestir, el léxico, la literatura, las palabras y la naturaleza. El chimó psicodélico es un encuentro entre lo local, que está representado en la cultura llanera; y lo occidental- o psicodélico-, en el rock, el jazz y el blues” cuenta Amhin Castellanos, el guitarrista eléctrico.

A Chimó Psicodélico lo formaron los hermanos Daniel y Carlos Gutiérrez. El primero, un coplero llanero y actual vocalista de la banda; el segundo, también coplero e intérprete del cuatro y la bandola. De a poco fueron llegando quienes desde hace dos años tocan esta mezcla extraña entre joropo, rock y otro montón de géneros: Camilo Guerrero-arpa-, Amhin Castellanos, Rafael Fontecha-guitarra acústica-, Yensi Trujillo-bajo- y Anderson Sánchez-batería-.

Aunque reconocen que en Conmoción Interior hay una crítica directa a las instituciones del país, a las injusticias y todo lo que creen que está mal, no quieren que se les asocie a ninguna ideología. Se esfuerzan por recuperar el carácter contestatario con el que surgió el joropo en Venezuela, pero no a la manera de Hugo Chávez o de Nicolás Maduro, que lo utilizaron, en algunas ocasiones, como parte de su estrategia política para acercarse a la gente. “Acá hay una problemática social bien delicada. Históricamente Arauca es una zona en conflicto y no solo eso, también está mediada por la corrupción política y otro montón de cosas. El campesino es el que siempre lleva del bulto con todo lo que pasa en el país. De ahí viene el asunto de rescatar el sentido de la música llanera, que siempre fue contestataria”, explica Castellanos.

El sueño de la banda es representar con dignidad la música del llano, cuyos referentes, muchas veces, se reducen a Cholo Valderrama o Reinaldo Armas, quienes “han hecho muy bien su trabajo pero detrás de ellos hay mucha gente que quiere dar a conocer su música. Queremos ser ese pedal para que ellos puedan arrancar, que recorriendo el mundo le echen una mirada a la música del llano”, añade el guitarrista.

Y es que el escenario más grade que ha pisado el Chimó Psicodélico fue la Media Torta, en Bogotá, durante el marco del festival La Coneja Ciega 3 en octubre de 2015. Para ellos fue un gran primer paso: de las precariedades técnicas que tienen en Arauca pasaron a tener mejor sonido y un camerino propio. Ese festival no solo dejó un precedente para la banda sino que hizo posible que Juan Carlos Rojas, bajista de 1280 almas, produjera el primer disco de los araucanos. El lanzamiento está planeado para marzo de este año.

La Media Torta también fue de los primeros grandes escenarios en los que se subió Pangurbes y el Ciudeblo, una banda que nació en Popayán y que como el Chimó Psicodélico, no tiene una categoría musical definida. Tocan chirimía y la mezclan con currulao, a un porro caucano le ponen aires de funk y hasta un poco de hip hop.

Pangurbe es el resultado de la mezcla entre panguano-indio- y urbe; y “Ciudeblo” es el producto de la unión entre “ciudad” y pueblo”. El nombre del grupo es la radiografía de un fenómeno social que hizo raíz en Colombia y que ellos quieren representar en su estética musical: la migración del campo a la ciudad. Sus integrantes son de Montería, Santander, Valle del Cauca, Antioquia y se encontraron en Bogotá. Son banda desde 2014 y el año pasado ganaron Expo Rock en la categoría fusión.

La propuesta de Pangurbes y el Ciudeblo le apunta a distinguir el pueblo en la ciudad y viceversa. Trata de identificar detalles que aparentemente son únicos de la ruralidad pero aparecen en la ciudad en un proceso de sincretismo. “Tenemos una canción que se llama Transmilindio, que habla sobre la chiva, el medio de transporte en el que la gente se mete con sus cajas, sus gallinas, apretándose; y en Bogotá pasa lo mismo pero con el Transmilenio. Es algo que se repite acá-en Bogotá-, en los pueblos, en todas partes. Buscamos narrar esas imágenes que dicen mucho sobre lo urbano y el campo”, cuenta Nicolás Peláez, bajista y fundador de la banda.

Peláez reconoce que su banda camina por el sendero de quienes ya lo labraron antes. Habla de La mojarra eléctrica, Puerto Candelario y tantos otros que hacen de géneros tan disímiles un híbrido que resulta atractivo musicalmente. Para él la clave es respetar lo tradicional, hallar el punto exacto en el que el encuentro de lo autóctono con géneros globalizados como el rock, mantengan su esencia, para que cuando un rockero los oiga, conozca, involuntariamente, la música tradicional.

Los músicos de Pangurbes y el Ciudeblo estudiaron en la escuela de música Fernando Sor, no pasan de 25 años y tampoco sueñan con millones de discos vendidos. Fantasean con viajes, festivales, conciertos y se ilusionan con África. “Ese es nuestro sueño. El viaje es para volver al origen, ir a la cuna del tambor, que es la raíz de la cumbia, el currulao, el bullerengue. África tiene que ver con todo lo que somos. Es tratar de encontrarnos con la mamá de la música”, dice Peláez con todo esperanzador. Actualmente trabajan en la producción de “Culebreando”, un EP que verá la luz a finales de marzo.

Como el Chimó Psicodélico con el joropo-punk, o los Pangurbes y el porro-funk, los Rolling Ruanas consiguen con éxito combinar dos ritmos impensados: la carranga y el rock, una mezcla que nació por una serie de hechos no premeditados. El primero de ellos fue cuando un acorde espontáneo del tiple sonó igual al inicio de A hard day´s night, de The Beatles. La accidental armonía no pasó desapercibida y luego de unos cuantos arreglos adaptaron la canción de los británicos y la tocaron en el Festival de Músicas Campesinas de Pitalito, Huila, en 2015. “Sentimos que hubo respuesta de parte del público. Aunque también tocábamos música tradicional esa acogida nos dio para pensar que quizás podría haber más aceptación, que el camino era otro”, recuerda Juan Diego Moreno, vocalista del grupo.

El segundo hecho no premeditado fue que tras haber compuesto el cover de I was made for loving you, rápidamente pasaron de las tarimas de Pitalito a los oídos de Kiss. La icónica banda de rock estadounidense de los años 70, publicó en septiembre del año pasado el cover en su página de Internet. El “boom” de los Rolling Ruanas se dio tras el anuncio del concierto de los Rolling Stones en Colombia, hasta se recogieron firmas para que fueran los teloneros de los Stones en el concierto del 10 de marzo.

Todo esto fortaleció la convicción de seguir en el camino de la carranga rock, muy en la línea de las anteriores bandas, donde “la idea es respetar los elementos de la identidad de cada género, en este caso la carrranga y el rock and roll, para fusionar las músicas sin que sus elementos sean chocantes o contradictorios entre sí. Miramos cómo una es complementaria a la otra, cómo se pueden adaptar. No toda canción funciona, no todo género del rock funciona, entonces identificamos cuáles son las variables que se ajustan a la música campesina desde el rock y viceversa”, explica Juan Diego Moreno.

Uno de los retos musicales más arduos fue el cover de Toxicity, tal vez la canción más representativa de la banda de metal alternativo, System of a Down. “Fue de una exigencia muy académica porque nos tocó pensar cada acorde, cada sección, cada armonía, melodía y coro con suma delicadeza. El resultado fue sumamente satisfactorio pero no fluyó naturalmente como los otros covers, aquí tocó explorar mucho más a fondo cómo podíamos adaptar la canción”, explica Moreno.

Los Rolling Ruanas sueñan con que el día del concierto de los Stones alguien le diga a Mick Jagger “¡Hey!, escuche a los Stones de Colombia, que son los Rolling Ruanas”. Sus objetivos no incluyen posicionarse en el medio musical o estar insistentemente en los medios, quieren ser dignos representantes de la música tradicional pero con el valor añadido de incluir el rock, que como la música campesina, han influenciado varias generaciones en el país. “Nos habría encantado tocar para System o Pearl Jam. Sería genial si rompemos con esa ley de que una banda de rock tradicional le abre a otra banda de rock, por eso nos ilusionamos con abrirle a los Rolling Stones, pero aún falta mucha tela por cortar”, concluye Moreno.

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Si la fusión entre el rock y la carranga que hacen los Rolling Ruanas era difícil de predecir, ¿Qué tal suena un disco que mezcla blues, country y hardcore con torbellinos, guabinas, joropo y carranga? Eso, justamente, es lo que propone “Sumercé”, el álbum de la primera banda de carranga rock del país: Velo de Oza.

Esta agrupación de boyacenses tiene un pasado musicalmente paradójico. Se formó en 2004 siendo una banda de rock que rozaba la estructura del trash metal, detestaba las fusiones, se llamaba Velo de Oza pero la alusión al maestro Jorge Veloza se quedaba solo en el nombre. Entonces uno se pregunta varias cosas ¿Por qué se llaman así y no tocan carranga? o también ¿Cómo pasan del pogo metalero a los saltos de baile campesinos? La respuesta es Calambre Llanero, que lejos de la connotación sexual, se traduce en la primera canción fusión que compusieron.

La canción resultó un éxito en el escenario pero la banda no se convencía de que el rumbo iba por ahí, y no por el lado del rock. “No queríamos ser una banda fusión pero dijimos: listo, si nos llamamos Velo de Oza por lo menos aguanta montar una canción de Jorge Veloza” cuenta Frank Forero, vocalista del grupo. Entonces grabaron La china que yo tenía, y “todos los medios querían entrevistas, todos querían tener algo que ver con Velo de Oza, aún me parece sorprendente. Pero nosotros insistíamos en hacer canciones de rock, y nuestro productor, Jorge Holguin “Pyngwi”, nos dijo: no sean bobitos, ¡cómo van a querer meterse a hacer unas canciones de rock sabiendo que pueden ser la única que hay de carranga rock!; y le hicimos caso”, Añade Frank.

Entonces fue en 2007 cuando el grupo de rockeros decidió que su emblema sería la ruana. Abandonaron la idea de hacer rock puro y pasaron de abominar las fusiones a volverlas su esencia. Partieron del amor natural que sentían por la música del altiplano cundiboyacense y se convirtieron en defensores de la música de esta región, que la sienten amenazada porque, por ejemplo, “la carranga se está volviendo un poco de no decir nada, más reggaetón, por así decirlo. Como que no importa lo que se diga y entonces uno empieza a escuchar grupos que tocan música carranguera con letras tipo ‘cómete un chicle, por favor, cómete un chicle ‘, como el merengue. Entonces la gente cree que tocar con tiple requinto, guacharaca y cantar lo que sea, es carranga. No, eso no es así”, explica Forero.

Velo de Oza llevará esa concepción de la música del interior del país a Estados Unidos. Portará la ruana y el sombrero boyacense en dos presentaciones confirmadas el 17 y 18 de marzo en el festival de cine y música South by Southwest, en Austin, Texas. Su idea es internacionalizar la música carranguera, “que conozcan el legado que nos dejaron nuestros abuelos: la ruana, las coplas, la jerga. Nuestro flow del centro del país. Queremos una gira para masificar la música de la que nos enamoramos, carranguera, torbellinos, guabinas y todas esas hermosuras que nos dejaron nuestros abuelos” concluye el vocalista.

Tanto Velo de Oza, como los Rolling Ruanas, Pangurbe y el Chimó Psicodélico son guardianas de los géneros de música tradicional colombiana. Dan un salto adelante en la forma como se concibe la música autóctona, que lejos de ver como una amenaza la popularización de ritmos extranjeros, encuentran en este hecho la oportunidad para acercarse a nuevos públicos. Entienden que la carranga, el joropo, la chirimía o el currulao no son un punto de llegada sino un punto de partida para crear, para innovar. Tienen claro que la música que no evoluciona, tiende a desaparecer

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Marzo
04 / 2016


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