¿Qué unía a las tres grandes novelas de Umberto Eco?

En 1995, Ciro Roldán Jaramillo escribió este texto sobre las tres grandes novelas de Umberto Eco (El nombre de la Rosa, El péndulo de Foucault y La isla del día de antes) y las características que las unen.
 
¿Qué unía a las tres grandes novelas de Umberto Eco?
Foto: Aubrey / Wikimedia Italia
POR: 
Ciro Roldán Jaramillo

Publicado originalmente en Revista Diners No. 308, de noviembre de 1995.

No hay un centro fijo, todo oscila como el péndulo. Y no se puede destruir el pasado, hay que volver a él para interpretarlo de nuevo. Esto es lo que hilvana Umberto Eco en sus tres monumentales novelas, que tratan de abarcar el presente milenio.

La trilogía novelística de Umberto Eco es una larga meditación sobre el milenio que agoniza, hecha con ironía, amenidad y falta de inocencia. Desde El nombre de la rosa, Eco ha reconocido la absoluta imposibilidad de destruir el pasado y la necesidad de volver a visitarlo. Puesto que es imposible eliminar lo ya dicho, lo que hay que hacer es volverlo a decir o reescribirlo con ironía, sin ingenuidad.

Empezó a escribir El nombre de la rosa en 1978 “impulsado por una idea seminal: tenía ganas de envenenar a un monje”. Desde entonces hizo de la risa y de lo cómico la forma de luchar contra el saber de quienes defienden su biblioteca sin sonreír. El Dios que ríe se opuso al demonio sin sonrisa:

“La verdad jamás tocada por la duda”. Guillermo de Baskerville no solo se ríe del monje que oculta el texto de la Poética donde Dios se ríe, sino que se burla del que “sabe siempre a donde va, y siempre va hacia el sitio del que procede”.

Si El nombre de la rosa fue el texto fundador del método de la risa universal, precursora medieval de la duda metódica, El péndulo de Foucault fue la diversión contra el pasado agobiante de las sectas mesiánicas empeñadas en mantener el punto fijo sobre el que gira el plan universal del mundo.

En nombre de esa secreta verdad ejercieron el amor de los terrorismos históricos: el de la rigidez mental. Templarios, jesuitas o masones forman parte de la misma conspiración mundial que se transmite secretos entre sí en milenaria conspiración filosófica -policíaca denunciada con humor sangriento por este investigador por encima de toda sospecha.

Finalmente, la trilogía se completa con la pérdida definitiva de puntos de referencia seguros de orientación espacio-temporal por parte de un Robinson moderno estafado por las órbitas elípticas. Del mismo modo que Robinson Crusoe divirtió a los hombres de su tiempo contándoles las operaciones y los cálculos de un hombre honrado en una isla desierta, esta versión parodia esa pes pesquisa del náufrago de Defoe contándoles a los lectores que no deben buscar un culpable o responsable de la pérdida de un punto fijo histórico, porque desde entonces los verdaderos responsables del naufragio somos todos nosotros.

La primera lectura inocente de esta “robinsonada” tendría como tema lo que puede hacer un hombre solo en una nave llena de animales desconocidos y de extrañas máquinas y artilugios donde despliega su capacidad de supervivencia y convivencia con su propia soledad armado con puros recursos simbólicos- recuerdos, sueños, alucinaciones y saberes capaces de defenderlo del áspero entorno-. Esta primera variante literaria serviría para reconstruir mentalmente la historia de un náufrago que sobrevive con su sola memoria de anticuario embelesado en escribir cartas a su amada “Señora” y en procura de adivinar los lances amorosos que envuelven la suerte de su amada con su otro imaginario. Pero la lectura se complica si miramos que éste no es sólo un naufragio en el espacio sino también en el tiempo. En efecto, Roberto sobrevive largo tiempo en una nave anclada ante una isla abandonada pero también ficticia en sí misma, que como en un espejo es el doble de la isla natural, mientras entre una y otra isla pasa precisamente una línea longitudinal que traza la línea del cambio de fecha. Roberto no sólo ha perdido los puntos de referencia espaciales sino los mismos referentes temporales, y merced a este desfase temporal nunca podrá encontrar La isla del día de antes. Perdido su centro de tiempo y lugar, el náufrago sólo puede entregarse a un viaje místico y disolutorio acompañado de un gran sabio ‘naturalista’ manipulador de astros.

Esta sería la otra vertiente interpretativa construida con los monumentos de su presente científico.

Pero su viaje interior lo lleva a desdoblarse a sí mismo y descentrar su propio Yo como el punto fijo. Él mismo es otro, y como en una proyección alucinada se desgarra entre una parte malvada y perversa de su naturaleza vuelta contra su ser más querido. Los celos le revelan que es habitado por otro doble que lo suplanta frente a su amada “Señora”. Ya no es siquiera el centro de sí mismo, puesto que es víctima de la hipocondría anímica del celoso, víctima de la propia ficción que inventa su propio fantasma y que vuelve como criatura corpulenta. Esta no sólo lo atormenta sino que se torna personaje de contranovela. La melancolía erótica lo aniquila más que no sabe nadar.

El signo de los tres relatos novelados de Umberto Eco –El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y La isla del día de antes– es del encanto y desencanto de un milenio. La búsqueda de un punto fijo ha fracasado. Las ventajas y desventajas de la historia han quedado condensadas en esa pérdida de un centro que diese sentido a todo. En adelante tendremos que vivir sin la certeza de la verdad, necesitados de inventarnos diariamente una historia nada inocente.

         

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febrero
22 / 2016