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Por un correcto uso del castellano: crítica de Daniel Samper Pizano

A propósito de Día Mundial de la Lengua Materna, recordamos esta crítica de Daniel Samper Pizano en la que da cátedra de cómo es la forma correcta de usar el castellano.

Foto: Archivo Diners

A propósito de Día Mundial de la Lengua Materna, recordamos esta crítica de Daniel Samper Pizano en la que da cátedra de cómo es la forma correcta de usar el castellano.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 210, de septiembre de 1987

Cada vez se hace más urgente iniciar una cruzada latinoamericana que se lance sobre España a fin de proteger diversos atentados que cometen los españoles contra la lengua y la religión que nos legaron nuestros antepasados.

Los latinoamericanos los conquistadores nos lo repiten— sobre todo la religión y la lengua. Yo también agradezco profundamente a la historia que, ya metidos en conquistas, nuestros pueblos hubieran sido colonizados por España y no por otro país del Viejo Mundo; me parecería aburridísimo bailar en inglés, cantar en alemán o discutir de fútbol en holandés.

Pero si hablamos de religión y lengua, va siendo hora de que Hispanoamérica salga en apurado rescate de España. Religión y lengua son dos valores bastante decaídos en las tierras del Quijote.

Para empezar, la tradición de hacer cosas feísimas con los santos los objetos píos Profieren atrocidades contra la Virgen, se muestran dispuestos a cometer sacrilegios inmencionables con la hostia y, en general, padecen tendencias de agresividad escatológica en relación con los santos.

Los latinoamericanos podemos tener todos los defectos que se quiera, pero nunca se nos ha ocurrido atropellar de tan nauseabunda manera a la religión. El ateo de estos pagos se margina, y punto. Pero sin blasfemar ni hacer porquerías. Por eso pienso que resulta indispensable emprender una cruzada desde la América Latina para modificar tan irritantes costumbres ibéricas. No vendremos armados de espadas y crucifijos, como llegaron ellos en 1492, sino de Enterovioformo y Lomotil, que son las mejores recetas para estos casos.

Caricatura Archivo Diners.


El problema de la lengua es aún más delicado

Apenas cuatro siglos después de Cervantes, Lope de Vega, Góngora y Quevedo, es preciso decir que a los españoles se les ha casi olvidado el español

No digo que hablen ahora sueco o danés. entre otras cosas porque son la mejor gente del mundo, pero vocación para los idiomas sí no tienen. No: ellos siguen hablando un dialecto parecido al que con tanto brillo pulieron sus antepasados.

Pero esta parla de la España de hoy dista mucho de ser el castellano riguroso, hermoso y noble que ha servido para escribir el teatro de Calderón, los sonetos de Quevedo, las novelas ejemplares de Cervantes, la fábula macondiana de García Márquez, los poemas de amor de Neruda o las ficciones de Borges. Se trata de otra lengua. De una lengua romance en la que pueden reconocerse algunos rasgos del castellano, pero que no es el castellano.

La defensa y la preservación de este corre ahora por exclusiva cuenta de la América Hispana. Por cuenta, mucho me temo, de los a veces menospreciados sudacas. Para que no se crea que la afirmación es gratuita, me he tomado el trabajo de anotar a lo largo de este año (y un par de expediciones retrospectivas), ocasionales zancadillas al idioma, petardos contra la gramática, trampas tendidas a la ortografía, atentados a sueldo del inglés o el francés y otras agresiones cometidas contra el español en los medios de comunicación de España.

No ha sido una labor obsesiva ni sistemática. A veces cuando tenía el lápiz cerca y la pereza lejos, subrayaba en una revista o un periódico alguna torcedura. O si estaba viendo televisión y me tropezaba con un papel y un bolígrafo, anotaba en el tercero con el segunda alguna joya que pescaba en la primera. No le busquen, pues, a estos apuntes método. Son testimonios captados al desgaire. Pero rigurosamente ciertos.

Y la a ¿dónde va?

Tal vez el problema más grave que tienen los españoles con el español pasa por el eje de la preposición a. Unas veces la emplean cuando no toca y otras veces la usan cuando no corresponde. Causa especial desagrado escuchar y leer, aún en autores atildados, la expresión “ir a por» algo. Los españoles no van por el pan, sino «a por el pan»; ni van por lana y salen trasquilados, sino que van “a por

lana». Semejante horror —digo, horror para pueblos que hablan de veras español, como los de Hispanoamérica— aparece a diario en la prensa. Cronistas como el delicioso Antonio Díaz-Cañabate ya lo empleaban hace más de cuarenta años. En El País, el más prestigioso diario de España, el «a por» algo es perla frecuente, a pesar de las advertencias que formula en su contra el manual de estilo del periódico.

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Precisamente El País calumnió gravemente al narcotraficante colombiano Carlos Lehder cuando, al informar acerca de su captura, puso en boca de Lehder la siguiente frase: «Ahora vendrán los gringos a por mí» (feb. 6/87).

No señores, un momento: Lehder podrá ser traficante de narcóticos, pero al menos sabe emplear la preposición a. La cumbre de este mal empleo de la a es el modismo «ir a por todas», que significa jugárselas todas, echar el resto. «Los militares van a por todas», prevenía El País el 24 de mayo de 1987 refiriéndose a los argentinos. Es otra calumnia más del comunismo internacional contra los militares gauchos, que atropellaban los derechos humanos pero no la gramática.

Pero si con frecuencia los españoles meten la a donde no cabe, en otras ocasiones pecan por lo contrario. «Conozca París», es la invitación de un folleto turístico. «¿Quién teme la huelga general?», titulan su artículo dos columnistas (El País, abril 25/87). A otros les ocurre que sustituyen equivocadamente otra preposición para colar una a insólita. El caricaturista Antonio Mingote, que es miembro de la Academia de la Lengua, no tiene reparo en escribir que cierto personaje «estaba en la Bolsa, donde era fácil enriquecerse a poco listo que se fuera» (ABC, julio 10/ 83). Y cada ocho días —bueno: en realidad cada dos o tres meses, porque las corridas no suelen ser tan buenas— lee uno informaciones sobre toreros que salieron «a hombros de la afición». En América Latina salen en hombros. Sospecho que es de esta última manera como mejor se sale.

Hubieron gerundios sin conexión

La forma del verbo haber que se emplea para indicar existencia o realización causa estragos tanto en Espaná como en Hispanoamérica cuando se emplea en plural. Lo triste es que los cause no sólo en la conversación diaria sino en el lenguaje de prensa.

En el programa de televisión «Viva la gente» (jun. 9/87) el presentador menciona que «han habido varios toreros» que hicieron no sé qué cosa. Y en la versión traducida de «Lolita», película inspirada en la novela de Nabokov, la pobre Shelly Winters pregunta en español a James Mason: «¿Cuántas mujeres han habido en tu vida?» (feb. 22/87). El «hubieron muertos» es de cotidiana aparición.

Menciono apenas dos ejemplos de tantos que «han habido». Y no traigo ninguno a colación sobre mal uso del gerundio, porque se necesitaría un computador para llevar la cuenta de los que se topa uno a diario. En cuanto a errores ortográficos en la prensa, existe la disculpa de que muchos son meros deslices de tipografía.

Sin embargo, cuando el error se repite en título y texto del artículo, la excusa no sirve. Al torero Miguel Sánchez Cubero, por ejemplo, ponen a decir en el título: Gozé de una falsa oportunidad. Y más abajo, cuando uno cree que esa pavorosa zeta va a ser corregida, insiste el texto: ”Gozé de una falsa oportunidad” (El País, jun 1/87).

Son los problemas de la pronunciación idéntica de zeta y ce que muchas veces le tiende la trampa al escritor. En general, la transcripción de dicción errada a texto escrito constituye, una de las vías de asesinato del español que más se recorren en España.

¡Al mismísimo expresidente Adolfo Suárez le escucha uno cada puñalada contra la dicción!(Aquí él habría dicho tildón.). Casi parece que el hombre hubiera tomado un curso de fonoaudiología con Misael Pastrana, quien también lleva una vida luchando -y perdiendo- contra los sonidos de la equis y la doble ce.

Pero si Suárez y Pastrana no pueden con ciertos sonidos, menos triunfan quienes no han sido presidentes. Al comentarista de la tarde en el programa de televisión ‘Estudio Estadio» la siguiente frase: »Dejemos el aletismo y hagamos coneción…”. Esa t de atletismo, Atlántico y atlético se perdió hace tiempo en la parla Ibérica. Como la g de Magdalena y la m de omnubilado.

Peor que oír el atropello, es verlo reflejado en prensa escrita. Tanto porque falten letras como porque sobren, como veremos. Una nota con el jugador “Lobito” Carrasco tiene en su preámbulo la siguiente frase: “Quienes lo han silbado posiblemente realizaron un acto de contricción…” (El País. abril 6/87). Contricción reforzada, contricción con doble c es la que necesitan muchos que están pasando el español a cuchillo en su propia cuna.

¡Y esto, en el quinientos aniversario!

Otro tumor que le ha aparecido al castellano en España es el de los partitivos y ordinales. Cuando los españoles intentan un orden de numeración, no tienen problema con los primeros diez objetos: primero, segundo… noveno y décimo. Pero de allí en adelante, ya no saben qué hacer. Ignoran la categoría de los un, duo, tri, nonagésimos; y alguien debió decirles que onceavo indica partición, no orden de enumeración total, el caos. El resultado ha sido que todos resolvieron solucionar el problema por el atajo más fácil: acabar con cardinales y partitivos.

“Este será el dieciséis cumpleaños de la moda Ad Lib”, escribía Diario-16 el 31 de mayo de 1987. Y, como él, a toda hora por radio y televisión y todos los días por la prensa: el quinientos aniversario del descubrimiento de América… el cuarenta y dos congreso médico… el once sía de la reunión…

La ortografía y la dicción andan bastante desastradas en España por estos días. Pero no le va mejor a la gramática. Allí se conjugan verbos en tiempos que no admiten conjugación (“Su sustracción transgrede el deber de inviolabilidad” El País, mayo 25/87); se utilizan dobles adverbios (“Don José de Salamanca significa muy mucho para el Casino”:

Revista dominical de ABC, julio 10/83); se emplean mal los pronombres (“se han hecho confusión entre mí y el personaje: El País Semanal, enero 18/87); incluso autoridades como el académico Camilo José Cela tropiezan y caen con algunas aristas de la gramática. Escribió don Camilo: “Simeón de la fuente, cuyo tercer aniversario de su óbito se conmemora por estos días” (Diario-16, feb. 6/87). Cualquier estudiante de bachillerato sabe que esta es una forma impropia de emplear los posesivos cuyo y su.

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Cambio de sexo y de otras cosas

Algún día día tendremos que venir os hispanoamericanos a defender el castellano de todos estos enemigos. Y también de los demás, como las faltas de concordancia, las negaciones ilógicas, la semántica patas arriba, la invasión de otras lenguas y las palabras inexistentes.

Mencionemos las faltas de concordancia. Que en ocasiones son de género (“la primer vez” es expresión muy usada en España) y en ocasiones de número. Al periodista Jesús Hermida (programa “Buenos Días), julio 21/87) le escuché cambiarle el sexo a un avión. Dijo “la jet-set”, a pesar de que seguramente al referirse a un jet sin el set dirá el jet. Y no es el único: jet-set aparece casi siempre en la prensa con atributos femeninos.

En el semanario “La Guía del Ocio” se publicó una vez (feb.9/87) una sarta de inconcordancias: “Ese pseudo-pez cartilaginoso, residuo inexplicable del más remoto tiempo zoológico y tan sorprendente y exquisita como ella sola“. (¿Quién sería esa “ella» tan solita?).

Más adelante, en el mismo escrito: “Cualquier sacrificio y cualquier coste está justificado”. Mencionemos también las negaciones ¡lógicas. cuya presencia se extiende incluso en América Latina: “Los manifestantes piden que no financien“ a la Europa Verde hasta que no se aclaren las condiciones en que…» (Telediario, marzo 9/87).

Y, a la carrera, las confusiones semánticas, que en algunas oportunidades son dignas de zarzuela… La columnista Maruja Torres. comentando el caso de un obispo acusado de estafa, se refiere a él como “cura fraudulento“; fraudulentos podrían ser los títulos que expidió el obispo, pero no este, que si acaso será defraudador. (El País, marzo 7/87).

La introducción a una entrevista con el delantero mexicano Hugo Sánchez recoge un pertinaz: error que se comete en España: pertinaz y peligroso, pues confunde, como lo hacen los banqueros inescrupulosos el verbo dar con el verbo recibir. Por indicar que Sánchez era alumno de una escuela nocturna, dice el texto: “Daba clases de cinco de la tarde a diez de la noche» (El País Semanal, marzo 29/87). En buen castellano, Hugo no daba clases; las recibía El que daba la clase era el profesor porque, como dicen los escolásticos, nadie puede dar lo que no tiene.

Cuidado, el invasor is coming

Y entramos a uno de los temas más preocupantes; el que hace pensar en él apremio de la gran cruzada de rescate del idioma español que la historia arroja sobre nuestras latinoamericanas espaldas. Me refiero a la invasión de otras lenguas en los templos del castellano. Atila era un diplomático japonés al lado de los agresivos embates franceses e ingleses contra el español; y Margarita Gautier era Superman al lado del desánimo que muestran los habitantes de la península

para defender su patrimonio lingüístico. Hombro a hombro con galicismos y anglicismos, marchan en esta expedición bárbara otros invasores, como la pseudoeufonía tecnocrática, que cambia las palabras para acomodarlas a un léxico supuestamente más ajustado a la vida moderna, y la fatuidad de los inventores de términos.

Me he abstenido intencionalmente de consultar las siguientes palabras horripilantes con la lista autorizada de la Academia de la Lengua. ¿Por qué? Pues por-que la Academia, que está sujeta a la presión del deterioro del español de España, se ha vuelto una alcahueta complaciente.

Cuando encontré que el verbo «esnifar» (aspirar cocaína) había entrado por la puerta grande de la Real Academia, le perdí todo respeto al instituto. No se trata de hacer del idioma un museo de antigüedades, un depósito muerto de léxico empolvado. Pero sí de presentar una mínima resistencia al invasor foráneo.

Que no le quede tan fácil pasar por encima de nuestros asuntos. Es posible, pues, que algunas de estas palabras ya cuenten con la bendición cómplice de la Academia Española. Pero estoy seguro de que también cuentan con la desaprobación de los hispanoamericanos, verdaderos adalides del idioma.

¿Qué tal, por ejemplo, la viudedad en vez de la viudez? (Diario-16, ene. 30/87); o los «squaters» con que, llenos de entusiasmo, quieren reemplazar a los viejos invasores de vivienda? (El País) ; en la España de hoy se habla de un señor que se dedica a «rememorar su bohémica estancia» en la Costa del Sol (El País, feb. 7/87); en España los transbordadores no sufren accidentes, sino que se «siniestran» los «ferries» (Telediario, marzo 8/87); en España los diputados de las Cortes hablan de conseguir «apoyatura» (Telediario, sept. 17/86); en España se informa que el hijo de un destacado político «opositaba a la abogacía del Estado» (El País, marzo 24/87); en España se habla de «la modernez» (El País Semanal, feb. 22/87); en España piden la expulsión de un directivo sindical por «apalizar a su mujer» (La Vanguardia, feb. 17/87); y se usan las palabras «peritación» y «portavocía» (Tele-diario, feb. 3/87).

Empujados por la opresión extranjera que golpea a sus puertas, los españoles no tienen empacho en decir que «el tornado ha levantado los railes de un tren» (Telediario 2, ago. 1o./87). Ni que el ciclista Pedro Delgado «demarró al llegar a la cuesta» (Transmisión de la etapa de la Vuelta a Francia, julio 24/87). Hasta en los comunicados oficiales y en don Camilo José Cela encuentra uno la palabra «evitación» (Diario 16, feb. 6/87). Y en revistas como Tiempo se topa con términos como «intrusismo».

La lista continúa ad nauseam. Por eso es mejor suspender aquí. El hígado no da para tanto. La América Hispana, la que «aún reza a Jesucristo y aún habla en español», tiene que preparar sus filas para una urgente operación de rescate. Es tan grande nuestro cariño por la Madre Patria, tanto la queremos y admiramos, que muy pronto tendremos que cruzar el océano para salvar de las manos de los españoles la religión y el idioma que heredamos de nuestros antepasados.

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