James Joyce: el Ulises de Dublín

Al cumplirse 75 años de la muerte del escritor irlandés James Joyce, rescatamos este artículo de nuestro archivo sobre el inventor del "monólogo interior" y el "torrente de la conciencia".
 
James Joyce: el Ulises de Dublín
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Bernardo Hoyos

Publicado originalmente en Revista Diners No 250. Edición de enero de 1991

En el presente mes se cumple medio siglo de la muerte de Joyce, uno de los más originales y geniales escritores de los últimos tiempos, y uno de los más notables revolucionarios en la transformación del estilo y la novela. Joyce no fue Premio Nobel, como tampoco Proust ni Kafka. Pero con ellos forma la trilogía más grande en la literatura del siglo, posiblemente. El Nobel no les hace falta. Como se dijo de Molière en su tiempo respecto de la Academia de Francia, ellos le hacen falta al galardón.

Ulises fue publicado el 22 de febrero de 1922 por la Editorial Shakespeare & Co. en París. Sylvia Beach, una americana emprendedora, había establecido una librería ya legendaria en el barrio latino, a la orilla del Sena. (Existe aún, pero en otra parte). Allí se reunían intelectuales de habla inglesa, y Joyce iba con frecuencia. Ezra Pound había leído algunos capítulos de Ulises y le gustaron (Joyce había publicado apartes de la obra en una revista norteamericana que fue censurada por “obscenidad”).

El libro tardó doce años en aparecer en los Estados Unidos. Lo permitió una célebre sentencia judicial, que se lee hoy como un texto literario, la cual dice que la vulgaridad o la pornografía son un asunto de la mente “sucia” del lector, y que la obra de arte está por encima de eso. Random House, de Nueva York (la editorial americana que lanzó el libro), publicó hace cuatro años la versión definitiva, ya que en las anteriores un grupo de expertos bajo la dirección del profesor Hans Walter Gabler, había detectado cerca de 5.000 errores. La carátula es un bello ejemplo de diseño de los años 20.

Ulises es uno de los grandes libres de este siglo. Hay que hacer el esfuerzo por leerlo para saber por qué. En él todo pasa el 16 de junio de 1904, precisamente el día en que Joyce conoce a Nohra Barnacle, quien sería su compañera hasta que se casaron en 1932. Fue una mujer leal, inteligente y práctica.

Lucy y Giogio fueron sus hijos. Lucy tuvo el infortunio de enamorarse del genial escritor Samuel Beckett (Fallecido hace poco) y terminó en un sanatorio. Giorgio fue un cantante de cierta calidad, y en ello siguió los pasos de su padre, que había participado en un concurso de teneros en el que triunfó el rival de Carusso, John Mc Cormack.

Joyce nació el 2 de febrero de 1882 en Dublín. Por eso es bueno llamarlo “escritor irlandés”, aunque manejó el inglés con una imaginación y libertad nunca antes intentadas y después casi nunca imitadas. Su prosa logra la condición de la música, aunque a uno no le importara mucho lo que le ocurre al señor Bloom en un día de su vida de ciudadano común y corriente de Dublín.

Se dice que Joyce inventó el “monólogo interior” y el “torrente de la conciencia”, que son las técnicas afluentes en las célebres páginas de Molly Bloom al final de Ulises, sin puntos ni comas. El “Bloom’s Day” se celebra en todo el mundo, y así, por novena vez, la estación WN YC-FM (93.9) de Nueva York, ofreció en 1990 la lectura completa de Ulises: 17 horas en total.

El monólogo de Molly Bloom está grabado, para los interesados, por una gran actriz irlandesa, Siobhan McKenna, y por la inglesa Claire Bloom, en discos comerciales. Quienes vayan a Dublín pueden buscar el tour del señor Bloom por la ciudad.

Joyce murió hace 75 años, el 13 de enero de 1941, en Zürich. Su vida se repartió en cuatro ciudades: en “mi querida y sucia Dublín” hasta 1904, y desde entonces en el exilio permanente en París, Trieste y Zürich.

Trabajó en Italia en un banco y enseñó inglés en las escuelas Berlits. Su primer libro es de poemas: Música de cámara (en 1904). En 1914 apareció Dublineses, obra maestra de la narrativa breve. Son catorce historias (claro está que no se trata de History sino de story), y la última de ellas, “The Dead”, sirvió de tema para la última película de John Huston, tan irlandés de corazón y de ancestro como John Ford y como el propio Joyce. En 1916 apareció Retrato del artista adolescente, memorias de sus sueños de estudios con los jesuitas. Libro hermoso y muy imitado, al menos en su título para toda suerte de situaciones.

Finnegans Wake es un libro “del que todos hablan y nadie lee”, dice R. H. Moreno Durán, que conoce de veras a Joyce, que ha habido intento de traducción al castellano, pero el consenso es que el libro no tiene traducción posible porque no es necesaria. Lo que quiso Joyce con este laberinto de la imaginación y la palabra fue intentar una especie de lenguaje universal que reúna por lo menos las lenguas más conocidas de Occidente. De nuevo la música es la norma imperante, y bien musicales son los preciosos registros sonoros que dejó Joyce con fragmentos de su larga y poética vigilia.

A Joyce le gustaba el vino blanco común y corriente, el que llaman los franceses “ordinaire”. Lo bebía en exceso y lo aguantaba bien. Sufrió mucho de los ojos, y en los años 20 se sometió a 25 operaciones de diversa índole, parairitis, glaucoma y cataratas, entre otras. El profesor Álvaro Rodríguez González nos dice que no es posible que nadie aguante tantas operaciones, y que muchas de ellas seguramente fueron intervenciones menores. Un contemporáneo describe a Joyce como “arrogante y desdeñoso, más que escéptico, antagónico a cualquier propuesta intelectual con respecto a la regeneración política o moral de Irlanda; orgulloso de su precoz y amplio conocimiento de la literatura europea”.

Nohra Barnacle dijo en alguna ocasión: “No creo que sea genial, pero qué mente tan erótica la suya”. Muchas cartas de Joyce a Nohra están entre lo mejor de la correspondencia erótica de nuestro tiempo, y algunas de ellas no han visto la luz pública aún. Fue un buen padre, amigo cordial y entretenido. Le importó, por encima de todo, la literatura, y en ella tuvo, como pocos, genio en este siglo.

         

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28 / 2016