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Cuatro tipos de entrenamiento para todos los gustos

Después del tradicional exceso de la temporada decembrina, el periodista Alejandro Convers experimentó cuatro sesiones de entrenamiento diferentes para confirmar que hay formas de ejercitarse para todos los gustos.

Después del tradicional exceso de la temporada decembrina, el periodista Alejandro Convers experimentó cuatro sesiones de entrenamiento diferentes para confirmar que hay formas de ejercitarse para todos los gustos.

TRX

Mi primera sesión fue en el gimnasio República Fitness que dedica su segundo piso exclusivamente al TRX, un tipo de entrenamiento de suspensión que utiliza un par de cintas de lona para trabajar en contra de la gravedad y con el propio peso corporal.

Los ejercicios de suspensión han existido desde hace mucho tiempo (un ejemplo son los aros, deporte olímpico que se ha practicado por más de un siglo), pero la novedad del TRX es su equipo. Fue creado por el soldado estadounidense Randy Hetrick, quien para hacer más ameno su entrenamiento en el sudeste asiático utilizó un cinturón de jiu-jitsu y las correas de su paracaídas para crear un aparato que se ancla en el techo o la pared, del que cuelgan dos correas que se pueden sujetar con manos o pies.

Una sesión de TRX dura un poco más de 45 minutos, en los que se intercalan intervalos de alta intensidad (HIIT, al estilo del famoso Insanity), con ejercicios en los cuales se utiliza el equipo, que ofrece formas novedosas de hacer sentadillas, elevaciones de piernas, remos, planchas y abdominales. Es un entrenamiento divertido y bastante versátil, la suspensión permite efectuar movimientos únicos con músculos poco usuales y, además, el trabajo de fuerza con el propio peso es retador. Durante la clase, las series de ejercicios se repiten tres veces, y la tercera, para mí, fue siempre agónica.

En el transcurso de toda la sesión suena música electrónica a un volumen considerable. No es mi ambiente preferido, pero funciona para hacer ejercicio. Más aún con la constante motivación de Alejandra Obando, nuestra entrenadora, quien a través de un micrófono, tipo Madonna, repetía frases como “Usted puede, no se rinda, termínelo bien”.

Es una clase completa, con trabajo de fuerza y mucho cardio. Una sesión vale $35.000, y parece que además de ser efectivo resulta adictivo, pues la gente compra planes para hacer hasta cincuenta clases en un mes, es decir, más de dos sesiones diarias.

Be Smart

Mi siguiente sesión fue en uno de los veintinueve salones de Be Smart Fitness Labs, que ofrecen entrenamiento con tecnología EMS (estimulación eléctrica del músculo). Estos lugares se parecen más a un centro estético que a un gimnasio y, probablemente, deban su origen al uso de la electricidad como herramienta terapéutica.

Para empezar, una máquina futurista mide mi grasa corporal y señala las áreas con exceso de grasa o deficiencia muscular. Tras ver mis resultados, Felipe Pineda, mi entrenador del día, decide que debemos hacer énfasis en el área abdominal. Hasta ahí ninguna sorpresa.

Pero luego la experiencia es como de ciencia ficción: hay que quitarse la ropa y ponerse una licra que cubre el cuerpo desde las rodillas hasta las muñecas. Lo ideal consiste en no usar ropa interior debajo, así que si usted es asquiento le conviene comprar su propia licra ($99.000). Posteriormente se entra a un pequeño salón donde, tras mojar la licra con agua para aumentar el flujo de electricidad, Felipe me ayuda a ajustar un chaleco, un cinturón para las nalgas y brazaletes en muslos y piernas. Todo este equipo está lleno de electrodos y se conecta a través de un solo cable a una máquina controlada por el entrenador.

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La sensación de tener electricidad en ocho grupos musculares es intensa. Al principio, el entrenador pregunta hasta dónde poner la electricidad y uno decide, buscando un lugar en el que se sienta intenso, pero no insoportable. Luego empiezan los ejercicios: trotar en el lugar, sentadillas, abdominales, flexiones de pecho, incluso movimientos de kick boxing. Resulta sorprendentemente fácil ejercitarse con la electricidad constante, la sensación es rara, pero los músculos parecen responder con más facilidad. Tras las repeticiones de cada ejercicio, se sostiene la postura mientras se reciben olas más grandes de electricidad que se sienten casi como un golpe.

La sesión dura solo veinte minutos, pero uno sale cansado, como si hubiera hecho muchísimo ejercicio. Lo más extraño fue que jamás sentí la sensación de euforia que tradicionalmente relaciono con entrenar. Es como llegar directamente al cansancio, que aparece dos o tres horas después de una sesión de entrenamiento fuerte.

Según mi entrenador, una de estas sesiones equivale a cuatro horas de ejercicio convencional y con solo dos sesiones a la semana, más un riguroso plan nutricional, se prometen excelentes resultados. Se trata de una buena opción para la gente sedentaria que quiere cambiar sus hábitos, y sobre todo para los que odian el ejercicio. Eso sí, con planes que empiezan en cuatro sesiones por $210.000, es el más caro de los cuatro.

Zumba

De todas las clases que tomé para este artículo, debo admitir que la zumba me producía la mayor aprensión. Primero porque no es una gran novedad, ya que se empezó a vender a través de infomerciales a principios del milenio, pero, además, porque usualmente la asocio con personajes tipo Chayanne, que tienen demasiada sabrosura para su propio bien.

Lo primero que vi es que no van hombres. Mi clase, dictada un viernes en la mañana en Studio Sound –el primer estudio de zumba de Bogotá–, contaba con unas treinta participantes y yo era el único hombre de la clase.

Bueno, no el único, porque el instructor también era hombre: Eric Cardona, un bumangués de 38 años que se veía de 25 y que efectivamente exudaba sabrosura por los poros.

Sin duda alguna, de todas las sesiones de entrenamiento a las que asistí, la zumba es la que más exige a sus profesores. En la clase, el instructor hace toda la rutina para que los participantes lo sigan, prácticamente no habla, y por medio de gestos, ademanes y un enorme carisma logra coordinar a todo el grupo. Sobra decir que Cardona se ganó todo mi respeto. Hasta soñé con tener un mínimo porcentaje de su talento para moverme.

La clase es una hora de baile sin más descanso que los cortos espacios entre canción y canción. Los movimientos incluyen ejercicios de cardio y algo de fuerza. Al final, se hacen estiramientos, también bailando al ritmo de la música. Tras una clase puedo entender por qué la practican aproximadamente 15 millones de personas en el mundo: el trabajo de cardio es igual o más intenso que el de TRX o HIIT, pero uno ni se entera por andar bailando.

Eso sí, falta ver cuántos de esos 15 millones son hombres, porque sería difícil para mí volver a una clase. Eric lo atribuye a factores sociales, dice que somos machistas y cargados de prejuicios. Tiene razón, porque la verdad no la pasé nada mal y a $22.000 por clase individual, es una verdadera ganga.

Barre

Mi última lección fue en Pilates ProWorks, un estudio con tres sedes en Bogotá y varias franquicias en Estados Unidos, que ha empezado a ofrecer clases de barre, una forma de ejercitarse que utiliza la barra de ballet y mezcla elementos de danza, pilates, yoga y entrenamiento funcional.

De todas las clases que tomé, la de barre fue la más extenuante. Las repeticiones de plies y diferentes ejercicios de extensión y fuerza en las piernas son intensas y requieren un considerable esfuerzo de control y coordinación. Entre las rutinas, en la barra se hacen sentadillas y flexiones de pecho y tras una hora de trabajo continuo, con música similar a la del TRX, se realizan unos cuantos estiramientos, también en la barra.

De los cuatro métodos que practiqué, este fue mi preferido. Me pareció efectivo, variado, y no creo que sea demasiado caro: una clase vale $30.000. Como en la zumba, si usted es hombre, tendrá que deshacerse de varios prejuicios, pero para eso están las sonrisas de todas las mujeres que practican a su lado y lo harán sentir muy cómodo.

En definitiva

Es claro que los públicos objetivos de cada uno de estos ejercicios son diferentes: el TRX lo prefieren las generaciones más jóvenes que quieren un reto fuerte y nuevos equipos de entrenamiento; la zumba resulta perfecta para los que aman bailar y quieren sudar a cántaros sin que se sienta como ejercicio; el barre constituye una excelente opción para fanáticos del yoga o pilates, que son elásticos y ansían cuerpos estilizados y fuertes. Y, por último, el entrenamiento con estimulación eléctrica es una opción perfecta para los que no tienen el tiempo o no les gusta el ejercicio, pues soluciona el problema de mantenerse en forma.

También me queda claro que todos funcionan y que para estar en forma es importante encontrar una forma de ejercitarse que uno disfrute. Prácticamente, todos los sitios de entrenamiento ofrecen sesiones de cortesía, así que vale la pena intentarlo, porque si algo tenían en común mis cuatro instructores, además de su bajísimo porcentaje de grasa corporal, era una sonrisa que no se puede fingir.

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Enero
27 / 2016
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