Para leer en enero: El médico del emperador y su hermano, de Roberto Burgos Cantor

Los últimos días de Napoleón Bonaparte, el médico que lo trató y luego realizó su autopsia
 
Para leer en enero: El médico del emperador y su hermano, de Roberto Burgos Cantor
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Juan Gustavo Cobo Borda

SEIX BARRAL
Bogotá, 2015.
128 páginas

Francisco Carlos Antommarchi Matey, médico nacido en Córcega, debe ahora, en otra isla, cuidar a un hombre que, confinado por sus enemigos, no tiene mucho trato con él pues, aislado, lo cercan tres motivos: Francia, Josephine y el ejército. Las preguntas rituales no se formulan. ¿Envenenaron los ingleses a Napoleón en Santa Elena? Pero sí asoman en ráfagas otras especulaciones más fantasiosas. ¿Un grupo de neogranadinos vendrá a rescatarlo?

Al no lograr la confianza del paciente, Antommarchi se apasiona por el taller de litografía de la isla donde realizará planchas anatómicas del cuerpo humano. Traspone así, en alguna forma, el diagnóstico que no pudo realizar.

Cartílagos, arterias, venas, vasos o nervios, hasta llegar al esqueleto, quedarán consignados, mientras el Emperador, cada día más apático, apenas si contemplaba el interminable horizonte del océano vacío. Porque la novela se despliega más en el ritmo poético de su prosa, en el deleite sugestivo de sus descripciones, sean farmacéuticas o naturalistas, que de la concreción de sus muy escasas siluetas. Un trasfondo un tanto fantasmal en esa tragedia signada por la soledad. Ya Napoleón no puede ofrecer mucho. Por ello la muerte de Napoleón y su autopsia apenas le dejará al médico su mascarilla fúnebre, un puñado de cabello y el embarcarse hacia Cienfuegos en Cuba.

El mayor poder que existió, ese dueño del mundo era ahora solo un ataúd precario, enterrado en una isla perdida del océano Atlántico: 5 de mayo de 1821 en Santa Elena. También le quedarán las planchas anatómicas del cuerpo humano ejecutadas en dimensiones naturales. Ese será el legado que recibirá su hermano cuando Madame Nicole, la posadera que lo había acogido con las suculencias gastronómicas del Caribe y la charla inteligente, hasta que la plaga que asolaba Santiago también lo atrapó a él, enterrado cabeza abajo. La llegada de su hermano José María cierra este fulgurante recuento, donde los mundos tan afines de la órbita narrativa de Burgos Cantor (Cartagena, 1948) nos hablan de brujería y mestizaje.

Tribunal de inquisición y sueños enfurecidos en su danza pánica. El viaje de retorno lo llevará a Cartagena donde desistirá de ir a Francia unido ya a una mujer conocida en la travesía y que en el ritual viaje por el Magdalena apreciará manatíes y cocodrilos y uno de los hijos de este matrimonio traerá las planchas a Bogotá que Roberto Burgos, al admirarlas en la Universidad Nacional, sentirá el impulso para esta bella obra sobre el veneno del poder y los errabundos destinos de los seres humanos.

         

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enero
5 / 2016