El bibliótafo: una historia para los que aman coleccionar libros

Si usted es de los que compra más libros de los que alcanza a leer y es feliz coleccionando libros, esta historia del coleccionista Richard Heber le encantará.
 
El bibliótafo: una historia para los que aman coleccionar libros
Foto: Yulia Grigoryeva / Shutterstock
POR: 
Juan Gustavo Cobo Borda

EL BIBLIÓTAFO. UN COLECCIONISTA DE LIBROS
LEON H. VINCENT
PERIFÉRICA,
España, 2015. 112 páginas

Como toda manía, coleccionar libros puede llegar a ser una tarea obsesiva, peligrosa, que afecta tanto la mente como el bolsillo. Vincent la comprendía bien y en 1898 publicó este ameno y delicioso libro, hoy por fin en español. Trata de gente peculiar y pintoresca, como Richard Heber (1773-1833) coleccionista y editor inglés que se sentía “satisfecho, pero apenas satisfecho” con ocho bibliotecas, en Oxford, París, Bruselas, Gante, Amberes y, claro está, Londres.

Logró reunir 146.827 volúmenes y gastó más de medio millón de dólares. Cuando lo interrogaron por tener tres o más copias de un libro que amaba, la explicación fue diáfana: una para exhibirla, otra para uso propio y una tercera para prestársela quizás a los amigos. Otros, ya en Estados Unidos, acumularon tal cantidad de libros que debieron alquilar un local en un centro comercial.

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A un lado había una tienda de arreos para caballos; al otro, algo indefinido, donde se podían comprar corsés y pamelas como salmón en conserva y huevos frescos. Las puertas de vidrio permanecían cerradas, en ese pequeño pueblo, pero la mujer que admiraba curiosa las estanterías de roble y los volúmenes ordenados no pudo menos que exclamar: “Es casi como una catedral, ¿verdad?”. Pero el coleccionista incurable debe viajar, ensuciarse los puños, escarbar y reburujar, porque siempre le hará falta la pieza inconseguible.

Aquel periódico inglés que anunció la muerte del poeta Shelley con este titular: “Ahora ya sabe si existe o no el infierno”: Ingeniosos, mordaces, muchos de los que aparecen en estas páginas nos hacen sentir amigos suyos, o por lo menos cómplices, como cuando Corson fue criticado por colegas inferiores a él. Les dijo: “lo que escribiré en el futuro será hecho de tal manera que esos tipos no podrían alcanzarlo con sus zarpas ni aunque se pusieran de pie sobre las patas traseras”. Pero hay más, y mucho de ello es de primer orden.

         

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diciembre
3 / 2015