El día en que Salman Rushdie habló con Gabo

Salman Rushdie habla de la influencia que tuvo la obra de Gabriel García Márquez en su trabajo como escritor.
 
El día en que Salman Rushdie habló con Gabo
Foto: andersphoto / Shutterstock.com
POR: 
Jhonny R. Quintero

La Universidad de Texas, en Austin, junto con el Harry Ransom Center, donde ahora reposa el archivo de Gabriel García Márquez, y el centro LLILAS de estudios Latinoamericanos de la U. de Texas, organizaron una serie de conferencias sobre la vida y el legado del escritor colombiano.

El primer expositor fue el escritor indio, Salman Rushdie, autor de “Los versos satánicos”, quien habló de la influencia del realismo mágico en su obra y en su vida, y de la única vez que pudo hablar con Gabriel García Márquez.

Su primer acercamiento al mundo de García Márquez fue con pasos de prevención, de incredulidad.

«Cuando publiqué mi primera novela —Grimus— en 1975, un amigo la leyó y me dijo “obviamente Gabriel García Márquez influyó profundamente en ti”. Yo tenía 25 años y no había escuchado ese nombre. La edición en inglés había sido publicada hacía cinco años, pero no se había cruzado en mi camino.

Pregunté quién era ese escritor y me miró incrédulo, “él es el autor de un libro que vas a ir a comprar ya mismo”. Me dijo el título y yo le pregunté ¿de verdad? ¿Cien años de soledad? ¿Es bueno? Dócilmente hice lo que me pidió. Encontré una edición rústica de Penguin Classics, de pasta dura color gris. Abrí el libro e iba esperando un tedio increíble, y leí “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Puse la fecha en la primera página, y tengo la certeza de que fue el 13 de marzo de 1975, y desde entonces compré más copias, porque me pasó lo que a todos, un amor de 40 años que permanece».

Rushdie encontró en García Márquez, alguien con quien identificarse, un escritor que parecía contar lo que él vivía a diario, en su tierra y sus tradiciones.

«Pero al leer la obra de García Márquez y los otros autores latinoamericanos que descubrí, me di cuenta de que en cada página yo reconocía sus mundos con base a mi vida en India y Pakistán. En ambos lugares, en Latinoamérica y en Asia oriental, aún sigue ese conflicto entre lo urbano y lo rural, hay brechas profundas entre el rico y el pobre, entre el poderoso y el desprotegido. Son lugares con historias coloniales muy poderosas, colonizadores distintos, pero mismos resultados, en ambos lugares la religión es muy importante, y Dios vive, pero desafortunadamente también los piadosos.

Yo reconocía a los coroneles y generales de García Márquez, o por lo menos su contraparte en India y Pakistán, sus obispos eran mis mulá, sus mercados eran mis bazares, su mundo se sentía como el mío pero traducido al español. Fue el realismo lo que me hizo enamorar de esos autores, y cuando por fin fui, a Nicaragua, Colombia, Chile, Argentina y Brasil, pensé que son tan locos como me habían dicho los autores, y la locura es la misma de mi país, la misma vegetación tropical, esos anuncios de estafadores, las tiendas, la vida en la calle, las tradiciones de los cuentistas, los excesos, los olores, la sensualidad, el calor

Al manejar en Managua, el primer día que llegué allí, pensé que yo conocía ese lugar, en parte gracias a García Márquez y sus colegas, y en parte porque nuestros mundos son casi iguales. Él mismo siempre afirmaba que el realismo de su trabajo era más que la ficción. “Yo no invento nada. La gente me felicita por mi imaginación, pero creo que yo soy un realista terrible, todo lo que he escrito ya existe en la realidad”. El autor Daniel Alarcón le dijo a la BBC que hace un par de años que cuando estaba en Cartagena, se subió a un taxi y el taxista le dijo “esta es la casa de Gabo. Aquí en Caribe todos tenemos buenos cuentos, Gabo solo sabía escribir a máquina”».

El escritor reconoció la influencia del realismo mágico, no solo en él, sino lo que influenció a Gabo para haber construido Macondo.

«Ningún escritor es enteramente sui generis. Hasta Shakespeare obtuvo su Lear y Macbeth de las crónicas de Holinshed, así que la historia de García Márquez también se remonta a maravillosos escritores que ayudarán a formarle. Reconocemos a Yoknapatawpha de Faulkner en Macondo, y a Comala de Juan Rulfo, y también el uso de Metamorfosis de Kafka.

Hay muchas similaridades, y no para disminuir la singularidad del artista. La singularidad de García Márquez cae en hacia dónde va una nota entre la dulzura y la amargura, entre la aceptación gentil de una persona hacia su suerte, y el enojo por esto.

Carlos Fuentes una vez me dijo que los escritores en Latinoamérica ya no van a poder usar la palabra soledad porque se van a preocupar porque la gente va a pensar que hacen referencia a Gabo. Y aquí me temo que tampoco vamos a poder usar la frase cien años».

Se refirió también a la realidad del realismo mágico, el piso mismo de lo que fue el Boom Latinoamericano, y que sería el sello que lo haría pasar a la historia.

«Lo real, al agregarle lo mágico, es más dramático y tiene más impacto, se convierte en algo aún más real. García Márquez tenía mucho cariño a las hipérboles, “Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan”, fueron un montón de huevos. Ese tipo de inflación numérica se ve en todas las descripciones del coronel Aureliano Buendía, “promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos”, “El coronel tuvo 17 hijos con 17 mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro, en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera 35 años”. La mayoría de estos personajes hubieran promovido dos levantamientos, sus familias hubiesen sido menores, menos esposas, menos hijo., Los personajes de García Márquez trabajan de forma más ardua, se peleaban más, se casaban más, tenían más hijos, sobrevivían a más atentados sobre su vida, que cualquier otro ser. Debe ser exhausto.

Hoy vivimos en un mundo de mundos inventados y alternos, el de Tolkien, el de Rowling, los universos distópicos de Los juegos del hambre, ahora están de moda, pero no obstante, de creer en esta ficción y los microcosmos tan pequeños, hay más verdad en Yoknapatawpha de Faulkner o en el Macondo de Gabo. La imaginación enriquece la realidad, no se escapa de ella, y por eso tiene unas raíces tan profundas en la realidad, creando metáforas que llegan a sentirse más reales que la realidad, más verdaderas que la verdad en sí. Y ese es el problema con el término realismo mágico, cuando la gente lo dice o lo escucha, solo hacen referencia a lo mágico, sin prestar atención al realismo, pero si fuera solo lo mágico, no sería importante, sería algo caprichoso, en un mundo donde todo puede suceder y nada tiene efecto. Pero, ya que se fundamenta tan en las entrañas de la realidad y nace de esta realidad, ilumina la realidad en formas nuevas y bellas.

No vivimos para un momento mágico, el mundo es oscuro, y la literatura responde creando distopías. Las nuevas ficciones más reconocidas se reconocen por su desolación, hay poca alegría para ver. En la literatura, como en todas las cosas, hay moda, y la moda actual es casi la antítesis de García Márquez. Lo nuevo es la autoficción, esa literatura que evita todo lo inventado, y solo confía en lo personal, en lo autobiográfico.

Podría decirse que la otra tradición, son los herederos de Don Quijote. A lo que quiero llegar es que, no obstante el nombre, o lo colorido que tenga la tradición, sea el surrealismo francés, o el fabulismo de Estados Unidos, estos cuerpos y estas obras, forman parte del mismo río, el escarabajo de Kafka, el diablo azul creando desorden en Moscú, y hasta Charles Dickens, todos viajan con García Márquez».

Finalmente, a pesar de haber leído toda su obra, de considerarse un gran seguidor de Gabriel García Márquez, nunca lo pudo conocer, pero relató el día en estuvo más cerca de hacerlo.

«Nunca lo conocí, y me arrepiento mucho por esto, pero sí tuvimos una conversación muy larga. Yo estaba en Ciudad de México en casa de un amigo, y vino a cenar Carlos Fuentes. Yo le dije que estaba triste por saber que García Márquez no estaba en la ciudad, que estaba en Cuba visitando a su amigo Fidel. Me contestó “es ridículo que ustedes no se hayan conocido”, y después se fue por un momento, regresó y me llevó a otra habitación donde había un teléfono, y me dijo que había alguien que quería hablar conmigo. Me dejó solo con la voz de Gabo. La conversación empezó extrañamente. Él decía que no hablaba inglés, aunque rápidamente me di cuenta de que sí sabía, pero prefería no hablarlo. Mi español era bastante malo, no lo hablo pero entiendo un poco. Y teníamos algo de conocimiento de francés, así que seguimos hablando de forma trilingüe. De hecho, yo recuerdo que en esa conversación no hubo un problema de lenguaje. En mi memoria solo estábamos hablando uno al otro, y entendiéndonos perfectamente. Fue una conversación bastante larga, cubrimos muchos temas. Recuerdo decirle que había leído las historias de su abuela, y yo le conté de las historias familiares que mi mamá me contaba y de su importancia en mi trabajo. Me contó la historia de Miguel Littin, y respondió con más interés sobre su trabajo periodístico que sobre su ficción.

Cuando me convertí presidente de Pen American Center, lo invité muchas veces a que visitara Nueva York, y él me decía que esa ciudad no era para él».

         

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octubre
29 / 2015