Macondo y otros mundos imaginarios de la literatura

Desde las calientes tierras de Macondo hasta las sombrías casas de Arkham, estos, son mundos imaginarios pero que son tan reales y conmovedores como lo que pasa en el mundo real.
 
Macondo y otros mundos imaginarios de la literatura
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POR: Revista Diners

Este año el país invitado a la Feria del Libro de Bogotá es Macondo, lugar que sirvió de escenario para la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Es un tributo de Gabo a cualquier pueblo de la costa colombiana, en el que hay burros caminando por las calles, matas de mango y tamarindo dando sombra, y mujeres en faldones sentadas en los andenes intentando espantar el calor.

Pero Macondo no es el único mundo literario. En la historia de la literatura, han sido varios los lugares que los escritores se han inventado para darles un lugar a sus personajes, a sus novelas y cuentos. Aquí hay algunos de esos sitios que se convirtieron en un personaje más de la literatura universal.

Narnia:
Un león en el escudo de su bandera y un león que habla. Ese sería un buen abrebocas a este fantástico país creado por el escritor irlandés C.S. Lewis para su saga —de siete libros— Las crónicas de Narnia.

Creada frente al Erial del farol, Narnia es un valle entre montañas, habitada por seres fantásticos, muchos de ellos animales, pero con comportamientos humanos, no solo por sus gustos y costumbres o casas amobladas, sino también por sus virtudes y debilidades, defectos que entraron en Narnia el día de su creación, por error humano.

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Este país, que bien es un universo en sí mismo, fue creado por Aslan, el León, quien, con su canción, ilumina el vacío con estrellas y afirma con rocas y montañas todo a su alrededor. Después de crear Narnia, Aslan no desaparece; se queda paseando por su universo con su canción suave y ondulante, mientras adorna las colinas con verde pasto.

El mito de la creación de Narnia es, como toda la obra, un relato mágico. Cuando el canto de Aslan se hace más fuerte, nacen los animales de dos en dos, de todas formas, tamaños y especies y a algunos les otorga el don de la palabra.

La Tierra Media:
Este no es un pueblo, un condado, no es ni siquiera un país. Es un continente completo que el escritor británico, J.R.R. Tolkien, creó para que toda la magia y la fantasía de “El señor de los anillos” ocurriera.

Conformada por ciudades como Minas Tirith, Isengard, Moria, Rivendel, y Mordor, está poblada por hombres, enanos, elfos, hobbits, magos, orcos, fantasmas y otras criaturas fantásticas. Según Tolkien, la geografía de la Tierra Media fue creada para que correspondiera con la misma de la tierra verdadera.

Algunos han propuesto que si se ubican las ciudades de la tierra media sobre un mapa real, varias de estas serían lugares en Inglaterra, Italia, Turquía y parte de Oriente Medio. Lleno de montañas y bosques, y volcanes, La Tierra Media es quizás el mundo más conocido de la literatura fantástica.

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Yoknapatawpha:
Esta fue quizás la inspiración de Gabo para crear Macondo, así como todo Faulkner fue su principal inspiración. Este condado está ubicado en Mississippi, y fue el escenario de todos sus textos. Con una extensión de “2.400 millas cuadradas. Población: blancos, 6.928; negros, 9.313. William Faulkner, único dueño y propietario”, dice el mismo Nobel estadounidense, Yoknapatawpha es atravesada por los ríos Taiamatchie y otro que lleva su mismo nombre.

Es un lugar de “pueblos ardientes y llenos de polvo, las gentes sin esperanza que encontré en aquel viaje se parecían mucho a los que yo evocaba en mis cuentos”, cuenta Gabriel García Márquez después de viajar por varios pueblos al sur de Estados Unidos y reconocer lo que tanto imaginó cuando leía a Faulkner.
Este universo imaginario, como cualquier comunidad real, tenía su propia aristocracia, de la que hacen parte el Coronel John Sartoris y su familia, el General Jason Compson y su familia, y la familia Grierson. Esta tierra, llena de magia e historias, nació con la novela “Banderas sobre el polvo” (que después sería “Sartoris”), escrita cuando Faulkner tenía 29 años.

Santa María:
No se puede concebir leer al escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, sin sentir la neblina que viene del muelle de Santa María, la ciudad que imaginó para poner allí todos sus personajes con sus sueños, amores y, más que todo, fracasos y desilusiones. Ubicada en un Mar de Plata imaginario, reúne los rasgos de Buenos Aires y Montevideo. Un pueblo que gira alrededor del astillero, lugar al que van a parar barcos viejos, dañados, y que es una metáfora del fracaso.

Este mundo que comienza en su novela “La vida breve” (1950) y lo menciona por última vez en “Dejemos hablar al viento” (1979), es el lugar que da vida a sus personajes más famosos, como Larsen, Díaz Grey, Angélica Inés, Petrus y Moncha Insurralde. Todos parecen haber llegado allí no por casualidad ni por elección propia, sino por un designio superior.
Como en todo pueblo, es como si los personajes de sus novelas se conocieran y fuesen vecinos, y son pocos los sitios que se pueden visitar, siempre los mismos, el prostíbulo, el diario El Liberal, el Bar del Plaza, el Belgrano (que era bar, restaurante, almacén y hotel al tiempo), la estatua de Brausen (el fundador), y, claro, el astillero.
Todo en Santa María parece suceder lento, a oscuras aunque sea verano, un pueblo destinado a la soledad, un lugar en el que se respira una melancolía que llena por completo al lector.

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abril
17 / 2015