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Tareas no hechas con Luis Miguel Rivas

El escritor Luis Miguel Rivas presentó un nuevo libro. El evento se constituyó en uno de los lanzamientos más visitados en la Fiesta del libro de Medellín. Conversamos con él.

Foto: Esteban Duperly

El escritor Luis Miguel Rivas presentó un nuevo libro. El evento se constituyó en uno de los lanzamientos más visitados en la Fiesta del libro de Medellín. Conversamos con él.

Luis Miguel Rivas publica en 2007 un libro de relatos, luego se va a hibernar, y en 2014 regresa. Presenta Tareas no hechas y llena un auditorio en la Fiesta del libro de Medellín. Gente sentada en las sillas. Gente en las gradas. Gente afuera. Gente que ni siquiera logra entrar. Para comprar el nuevo ejemplar de crónicas, recién salido de imprenta, el público siente una suerte de afán, como de boleta de concierto de los Rolling Stones. No sea que se agote, como sucedió con Los amigos míos se viven muriendo, “que ya no se consigue”. El libro, en efecto, es un cromo escaso. Una vez yo tuve uno en mis manos pero me lo arrebataron: la amiga que me lo iba a regalar se dio cuenta de que estaba oculto entre una caja de anticuaria que tenía en casa. Llena de generosidad me había permitido esculcarla para llevarme todo lo que me viniera en gana, pero cuando vio el tomito de relatos se transformó en una egoísta y me dijo: “es que es el libro de Rivas. Ya no se consigue”. Y me lo quitó. Era como un objeto de culto.

¿Y el autor? También una leyenda. Hasta su fisionomía constituía un misterio: el extraño de pelo largo. Probablemente sólo se conocían retratos hablados. Se sabía que se había marchado hacia Argentina, tal vez en una nube. Y que en Medellín y Bogotá aún podía rastrearse algo de su pista si se conocía a la gente adecuada y se les hacían las preguntas correctas. Alguna vez, en una entrevista, Héctor Abad dijo que era uno de los escasísimos escritores nacionales que lo entusiasmaban. Y luego se calló.

Es verdad, sus textos y su figura, por una razón que ni él se explica ni mucho menos cultiva, detonan mitos. Pero eso no causa que su sensación de invisibilidad se altere: “Yo estaba en el lanzamiento, fue mucha gente, me aplaudieron, después me fui a una fiesta, me emborraché, tuve que coger un taxi y pagarle. Yo no podía decirle ‘ey, acabé de lanzar un libro, me quieren mucho, llevame a Envigado’”. Para reforzar que lo tiene sin cuidado montarse en la película del mito cita a Roque Dalton: “uno frente al espejo con su calzoncillo roto”.

A Argentina, en efecto, viajó. Allá vive. Pero cómo el mismo dice, sólo para no estar acá. “Fundamentalmente era una cosa existencial. No fui a nada concreto. Quería irme”. La decisión fue también un asunto práctico: era cerca, tenía amigos, resultaba barato, y al lugar lo ligaban varios hilos invisibles; nexos interiores e íntimos que activan resortes. Como los tangos. No en vano creció e hizo mucho de su vida en Medellín, más exactamente en Envigado, donde la afición tanguera no es chiste. Y también las baladas románticas. Ahí está él, con su melena espesa y sus ojos de gato (créanme, no es posible inventarse otra metáfora) aceptando que le gusta Sandro y “todo lo demás que crecí oyendo mientras mi mamá hacía oficio”. Habla y despacha cigarrillos de mentol, uno tras otro, con ciertos nervios de tímido, pero conversa con la amabilidad de los buenos tipos. Ese es su retrato.

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El otro cable que lo ligó a Buenos Aires, y que ahora lo lastra allá, es la literatura. De hecho, cuando se pone serio, reconoce que se fue para escribir. A pesar de tener un libro publicado, como cualquier hijo de vecino abrió un blog cualquiera en la plataforma Blogspot. Lo llamó Tareas no hechas y le puso un epígrafe largo; una especie de declaración de principios redactada en clave de paradoja que permite darse cuenta de las bolas curvas, maromas y gambetas que a Luis Miguel Rivas le salen entre frases. Se obligó a escribir una entrada semanal para deshacerse de todos los pesos que un escritor se echa encima, lo acongojan, y en últimas no le permiten trabajar. Aunque ha menudo es inconstante, Tareas no hechas agarró vuelo y desde hace un tiempo forma parte de la nomina de blogs del periódico El Espectador.

Las crónicas que Rivas escribe –prefiere llamarlas crónicas, y no entradas o post– son las cosas que le suceden a cualquiera: un día fue a cortarse el pelo en Bogotá y sin saber muy bien cómo terminó con iluminaciones. La diferencia radica en que él las escribe con mucha gracia. En la lectura puede detectarse un saludable viento al viejo cronista Luis Tejada, que hace rato no soplaba por estas tierras. Cuando se le pregunta reconoce influencias de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y Fernando Gonzáles (pidió que hiciéramos la entrevista en Otraparte) junto a otras menos ortodoxas como Les Luthiers y Monthy Python. Su prosa tiene humor e ingenio, así que admite la presencia silenciosa de Daniel Samper Pizano emboscada entre párrafos. Y también hay cierta sonoridad extraída del diálogo popular. “Intento escribir lo más natural posible, pero me cuido de que no se convierta en un manierismo, en un efecto que uno sabe que agarra y…” Y no termina la idea porque se extravía y se va hacia otro lado.

Cuando el Fondo Editorial de la Universidad Eafit lo contactó hace poco para intentar una nueva publicación, Rivas intuyó que entre todo el material del blog podría existir un libro, “una especie de antología, más algunos inéditos”. El temor inicial era publicar algo que, de algún modo, no era nuevo. Pero resolvió la duda junto a Juan Felipe Restrepo –el editor– con quien trabajó a la moderna: por conferencias vía Skype y correos electrónicos de ida y vuelta. Así las cosas, el volumen de Tareas no hechas que se lanzó el pasado sábado es el resultado de un ejercicio editorial donde las crónicas seleccionadas se retocaron para darles más lustre, y algunas muy coyunturales se reescribieron para que resultaran más atemporales y funcionaran mejor.

El resultado: un libro con 39 relatos entre Medellín, Bogotá, Buenos Aires y Santiago. Textos extraídos del blog. De El Malpensante. De Universo Centro. Una lectura para una parada literaria. Un retazo de un diario de viaje. Juntos forman un volumen compacto y divertido que se ha conectado muy bien con los lectores y le restan momentum al mito del secreto mejor guardado. En cambio, vigorizan la figura de un muy buen y prolijo escritor.

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Nota al pie: Para acompañar a Tareas no hechas, el Fondo Editorial de la Universidad Eafit reeditó Los amigos míos de viven muriendo. Ya se consigue.

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Septiembre
19 / 2014


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