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Cine recomendado: Las brujas de Zugarramurdi

En el marco de la tercera Muestra de Cine Español llega a Colombia el undécimo largometraje de Álex de la Iglesia, en el que juega como desde hace un buen tiempo no lo hacía, sus cartas más conocidas.

En el marco de la tercera Muestra de Cine Español llega a Colombia el undécimo largometraje de Álex de la Iglesia, en el que juega como desde hace un buen tiempo no lo hacía, sus cartas más conocidas.

Aunque sea un lugar común, cada nueva película de Álex de la Iglesia suele estar plagadas de seguidores fervientes y críticos acérrimos. Para el caso un director siempre tan acostumbrado a crear y proponer situaciones al límite no resulta raro, en ese sentido, que su acogida genere también opiniones derivadas hacia ambos extremos. Y es que no es para menos, porque la ausencia de contención y minimalismo (dos palabras que no existen en su vocabulario cuando se trata de entender la realidad y de reflejarla al momento de hacer cine), ese afán por querer hacerlo todo no dejan indiferente. Casi cualquiera de sus proyectos es un gancho directo a la mandíbula del que cuesta mucho recuperarse de primerazo, sea para bien o para mal.

Así pasa con Las Brujas de Zugarramurdi, en especial porque pertenece a la misma línea de películas como El Día de la Bestia y Acción Mutante (aunque no estén al mismo nivel de calidad), en las que el elemento extravagante es primordial para el desarrollo mismo de la película. De la Iglesia vuelve aquí a reintroducir muchos de los tópicos clásicos de su filmografía empezando, por supuesto, por el salvaje gusto por la deformidad, la extrañeza y los personajes desquiciados, esta vez con la cuota justa de comentario social para que la cuestión no se torne panfletaria ni mucho menos. Dos desempleados a costa de la crisis en la península, que buscan sobrevivir como estatuas callejeras de esas que se mueven por monedas, planean un robo a un local de empeño de oro en el centro de Madrid. Pero no son dos estatuas cualquiera, ni mucho menos: uno es un ‘Jesucristo’ plateado y el otro un soldadito de plástico con su respectivo fusil. Por si fuera poco, su cómplice desde adentro no es otro que Sergio, el pequeño hijo de diez años de este ‘Jesús’, que intenta redimirse a él y sus problemas de tipo económico y sentimental. Y es en este momento, el pleno comienzo de la película, donde el director muestra que está en su mejor forma, al usar uno de los ases bajo la manga que a lo largo de su carrera han demostrado de qué está hecho. La secuencia inicial, con casi quince minutos que valen oro por su despliegue técnico y de manejo de tensión pasan el examen como algo más que memorables: los diálogos son graciosos e inteligentes; el nerviosismo de asaltantes, asaltados y policías es tan palpable que logra transmitir la misma sensación al espectador; la espectacularidad de la persecución luego del robo llama mucho la atención; y, a pesar de la aparente rudeza de los protagonistas, el hecho de que su humanidad y su vida cotidiana se cuele por cada resquicio es un detalle que se agradece mucho.

Otra de las marca de la casa, el gusto desmedido por contarlo y mostrarlo todo, empieza a aparecer a medida que los protagonistas de la historia se adentran casi sin retorno en el embrujado pueblo de Zugarramurdi, la última parada en su desesperada huida a Francia con el botín. Pero para este relato en específico esa característica tan propia de Álex de la Iglesia es más una falencia que una ventaja que suma al resultado final. La acción por momentos termina superando con creces a lo que puede sugerirse y aunque divertida se hace muy desmedida y confusa –y al final tan larga– cuando ya está buscando el desenlace. Para una película de semejante ambición, que juega con rituales, sacrificios y símbolos –además de un notable trabajo en lo visual– los descuidos en el ritmo no son menores: si, como se dijo, el comienzo y otras escenas tienen mucha fuerza, otras pecan de lentas, exageradas o ya sin rumbo, sobre todo cuando las brujas se reúnen a ‘conspirar’ contra sus víctimas o en el constante contrapunto entre ambos policías. Lo cierto, de todas formas, es que haber logrado un equilibrio narrativo completo no parecía cosa fácil y, en general, el filme sale bien librado, con una historia general que tiene mucho por explotar y que en últimas entretiene bastante.

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Al final, el guión logra conjugar la aparente tensión general con los diálogos graciosos e inteligentes, rebosantes de humor negro, siempre mostrando unos personajes al borde de sí mismos y de sus experiencias de vida y ese es el reto mejor logrado por la película. A pesar de tener unos protagonistas muy definidos, se le otorga mucha de la responsabilidad a esa visión múltiple de la historia que tiene cada individuo y en líneas generales casi ninguno defrauda. Las brujas termina teniendo distintas lecturas (la típica historia de perdedores, el relato fantástico de las brujas, una especie de retorcida celebración de la amistad) pero es sin duda la particular batalla de los sexos la que más sobresale y que se resuelve con mucha menos ligereza de lo que aparenta. Sin ser su mejor película, el director español vuelve renovado y con mucha de la chispa que había perdido.

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Agosto
21 / 2014


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