Macondo perdura, la realidad se desvanece

Cien años de soledad retrató, como ningún otro libro, el siglo XX colombiano. Y sin embargo, en el brillo del mundo de Macondo se exorcizan los males que siguen haciendo oscura la realidad.
 
Macondo perdura, la realidad se desvanece
Foto: Jean Marcel Cabrera
POR: 
Juan Gustavo Cobo Borda

Publicado originalmente en Revista Diners No. 443, febrero de 2007

Hemos asistido al paulatino milagro de ver nacer y consolidarse todo un continente narrativo, Macondo, desde su núcleo primigenio de sofocante atmósfera y estrictos límites en La hojarasca (1955) hasta su expansión jubilosa en Cien años de soledad (1967) y sus derivaciones caribeñas como El otoño del patriarca (1975) y El general en su laberinto (1989). También hemos visto cómo su escenario pasa de lo rural en su natal Aracataca al pueblo de La mala hora (1962) para luego afincarse en un mirador privilegiado con Cartagena de Indias recreada una y otra vez en El amor en los tiempos del cólera (1985) y en Del amor y otros demonios (1994).

Desfilan allí personajes de muy diversa índole animados por un furioso apego a la vida pero también por una lejanía distante, de siluetas enmarcadas en su soledad intransferible. Se ha hablado, claro está, del poder que aísla e incomunica, trátese del coronel Aureliano Buendía, del Patriarca o incluso de Bolívar, pero lo que importa es subrayar la potencia imaginativa de García Márquez para recrear la peripecia vital íntegra, visible desde la jubilosa urdimbre infantil de los niños que observan el mundo, como el testigo que en La hojarasca balancea las piernas en la silla muy alta en el funeral del médico, hasta la senilidad jubilosa con la que Fermina Daza y Juvenal Urbino continúan navegando más allá de la muerte misma.

Esa conquista de más años a la extinción inexorable incluso rompiendo las convenciones estatuidas, será también el motor de Memoria de mis putas tristes (2004). La vida no termina en la tercera edad. Y una película como la de Marcos Carnevale, Elsa y Fred, es buena prueba de cómo la literatura de García Márquez ha incidido en la vida cotidiana ampliando el espacio en que convivimos y permitiendo que los abuelos todavía tengan amorosos papeles que desempeñar.

Esa narrativa ha permeado la realidad con su estilo único hecho de eficacia nominativa, hálitos de poesía, tradiciones legendarias, citas del Romancero, sentimentalismo a flor de piel, cultura popular y comprensión de las leyes históricas que rigen el continente y, más aún, el país mismo. Piedad y humor, tragedia y comedia en un solo mundo que la literatura edificó.

Por ello resultaba significativo que cuando apareció Cien años de soledad la política fuese aparentemente la que legitimase a la literatura. Nacimiento del hombre nuevo, encarnado en el Che Guevara, auge de la guerrilla, arrancarle a la burguesía el privilegio de la belleza, “nuestra originalidad es el hambre” (Glauber Rocha), eran los tópicos del momento. Quizás por ello no se vio con claridad el melancólico pesimismo de las postrimerías que impregnaba todo el libro. Este era una elegía por una estirpe, el desgaste inexorable de un proyecto colectivo que aislado del mundo buscaba los inventos que iban a volver más grata la vida.

Pero no solo la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de mala vida y las empresas delirantes iban a dar al traste con el poder renovador del telescopio o el tren. Ambos acentuaron el desgaste de esas semillas que buscaran, intrépida, afanosamente, prolongarse por más de un siglo. La utopía se tornaba apocalipsis, y la original ciudad de los espejos no sería más que la herrumbrosa ciudad de los espejismos.

Pero lo decisivo es la perdurabilidad de la literatura misma, más allá de la revolución que no ocurrió, más allá de que en 1973 muriese Salvador Allende, más allá de las dictaduras que se instalaron, criminales y despóticas, por todo el Cono Sur. Una escena original en la que un niño contempla a un hombre muerto: de La hojarasca a El amor en los tiempos del cólera, el mismo cadáver al inicio del texto, el mismo dictador en el piso y atravesado como un obstáculo que solo la ficción puede vencer.

Por ello ahora celebramos, en una nueva lectura, la profundidad histórica de un texto que dejó consignadas sus perplejidades al poner en boca de un general conservador, José Raquel Moncada, esta idea: “Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos, expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden”.

El único orden era entonces el de la palabra escrita. Su luminoso ámbito de autonomía y plenitud, el exorcismo crítico de los males perennes que García Márquez denunciaba una y otra vez: gobiernos sin pueblo, tierras escrituradas a los señores del pillaje: “Los terratenientes liberales, que al principio apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad”.

Los libros de García Márquez, releídos, se llenan de estremecedoras cargas de profundidad que iluminan los sombríos tintes del fracaso con la ilusión empecinada que solo la literatura puede extraer de sí misma. Por ello Macondo vive mientras la realidad degradada se anula, en su inútil reiteración de horror y tedio. La vida era la literatura, el esplendor nostálgico de Macondo y sus seres únicos, y no este pálido simulacro en que aún hoy nos debatimos.

         

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9 / 2014