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“Aun el día más borrascoso termina”, María Clemencia de Santos

Cuatro años en la Casa de Nariño le mostraron a María Clemencia Rodríguez de Santos, las satisfacciones y los sinsabores del poder. Recordamos esta conversación con Diners.

Foto: Camilo Rozo

Cuatro años en la Casa de Nariño le mostraron a María Clemencia Rodríguez de Santos, las satisfacciones y los sinsabores del poder. Recordamos esta conversación con Diners.

El artículo “Aun el día más borrascoso termina”, María Clemencia de Santos fue publicado en Revista Diners Ed. 533 de agosto de 2014

María Clemencia de Santos, o Tutina –como le dicen quienes la conocen– habla con inusitada franqueza de estos años, sus angustias e incertidumbres, en una conversación íntima en la que se despoja de su figura pública y se deja ver como mujer, esposa y mamá.

Son las 8 y 30 a. m. En el despacho de la primera dama en el segundo piso de la Casa de Nariño, su secretaria privada y su jefe de prensa me aguardan. María Clemencia Rodríguez de Santos –Tutina– nos espera en la casa privada para desayunar.

Llega con un pantalón y un buzo suelto negros, vestida de manera casual, pero con la elegancia y soltura que la han caracterizado siempre. La empatía es inmediata. Y es que conectarse con la primera dama es muy fácil.

Su calidez y su franqueza tienden pronto un puente que hace que la conversación fluya y a los pocos minutos su espontaneidad nos hace olvidar a las dos que estamos grabando. Es la primera vez que acepta dar una entrevista en la casa privada para hablar de ella misma, de estos años en la Presidencia, de lo que han significado para ella y sus hijos, de sus recompensas y desazones.

Cuando nos disponemos a sentarnos a la mesa, suena el teléfono. Es María Antonia, su hija de 23 años, que está de vacaciones en París y llama para contarle que estuvo viendo la Virgen de la Milagrosa. “Está en la Rue de Bac. Llegué a ella por casualidad, antes de casarme, hace 27 años. Iba caminando y me la encontré.

Es una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida”, me cuenta y con ello damos inicio a una de las conversaciones más íntimas que he logrado en mi vida periodística.

¿Es muy devota?

La justa medida para poder vivir tranquila. Uno vive tranquilo si tiene fe. Y yo tengo una fe que ha ido creciendo a la medida que yo he ido creciendo.

¿Qué milagros le ha hecho “La Milagrosa”?

Esteban Santos fue un embarazo de alto riesgo. Antes de él, había perdido un bebé. Se lo entregué y es un milagro de ella.

Su familia ha vivido rodeada de circunstancias muy especiales. ¿Cómo han logrado manejarlas?

Mis hijos han tenido un concepto de familia muy fuerte. Mis suegros fueron muy de vida familiar y en mi casa también. Nuestros regalos, por ejemplo, no son joyas ni relojes. El año pasado me dieron en el Día de la Madre un quitapesares –una cajita con la familia hecha en tela y un mensaje– y en los 60 años de Juan Manuel (JM) le dimos 60 regalos que duramos buscando entre todos tres meses.

Por sólida que sea la familia, hay cosas que seguramente le han movido el piso. ¿Cuáles?

Ha habido dos momentos muy difíciles. Uno a nivel político, que fue Colombia Humanitaria (el plan para ayudar a los damnificados del invierno). Fue un desafío muy grande y generó mucha tensión en la familia por no poder hacer las cosas rápido. Y el otro fue el capítulo de lo de Barranquilla. Ha sido el peor de todos.

¿Qué sintió?

Cuarenta y siete millones de personas dentro del cuerpo de lo que uno más quiere. Nos invadió a todos. Sentí mucha rabia. Ningún colombiano, ninguno, tiene derecho a meterse en la vida íntima de Juan Manuel Santos (JMS). Uno no puede creer que la gente tenga semejante intención dañina y perversa. Pero bueno, lo vivimos y ya pasó. Aun el día más borrascoso termina.

En esos momentos no se pregunta ¿qué estoy haciendo aquí?

Sí. Muchas veces me lo he preguntado. Y también por qué la gente es tan ingrata. Cuando el paro, le traje de regalo a JM unos zapaticos de bronce, que puse llorando encima de su escritorio y le dije: “Si te preguntan, di que son para acordarse que uno debe siempre ponerse en los zapatos del otro”. A los colombianos nos falta ponernos en los zapatos de los otros, no solo en los del presidente.

El episodio de los correos también debió ser duro…

Sí. Molesta porque los correos son algo privado, pero lo que más molesta es la intención. El veneno en contra nuestra. Pero no está en mis manos controlar nada, así que respiro profundo y sigo.

Maria Clementina Santos

“A los colombianos nos falta ponernos en los zapatos de los otros, no solo en los del presidente”.

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Otro momento muy difícil debió ser cuando descubrieron el cáncer.

Sí. La palabra cáncer produce mucho miedo.

De todas las críticas, ¿cuáles son las que más le han dolido?

Las del expresidente Uribe porque desconocen al hombre que le fue leal y que hizo que su gobierno tuviera muchos éxitos, y las de Francisco Santos. A él se le olvidó que lo más cercano a un hermano es ser primo hermano doble. Se encargó de sembrar en mi familia y en mis hijos algo que duele. Descalificó a JM en lo personal, no en lo político. Sus hijos se contaminaron y se metieron en la pelea y con mis hijos, con los que crecieron. Es lo que más nos ha dolido a todos. Éramos unidos y él rompió esa unidad y marcó una distancia. El tiempo se encargará de decir si las heridas pueden sanar. No lo podría decir en este momento.

¿Qué haría si se lo encuentra en un restaurante?

Pasarlo por alto. Él tiene que ser capaz de volver a tejer lo que existía en nuestra familia. Nosotros no le hemos hecho daño. Por eso lo ignoraría. Necesito una muestra contundente de que él quiere restablecer ese tejido familiar.

¿Y a Uribe?

Lo invitaría a la reconciliación, a que entienda que son espacios diferentes, pero con respeto.

¿Y a sus señoras?

Las mujeres desempeñamos un papel muy importante en los hogares, como mamás y como compañeras. Uno tiene que manejar una balanza. Y aquí de pronto ha faltado esa balanza. No lo diría por Lina, por quien siento absoluto respeto y conmigo ha sido muy especial. Ya distanciados con el expresidente Uribe nos vimos y cada una, en su silencio, lo único que quería decir es “esto es difícil”. De ella esperaría que lo invite a la reconciliación como ser humano, con la vida, con tantos colombianos que pensamos que lo que está haciendo es destructivo. De María Victoria me sorprende más. Yo fui muy especial con ella en los momentos de dificultad, cuando el secuestro de Francisco. Todo eso lo echó por la borda. No la he vuelto a ver.

¿Cuál ha sido el costo más alto para sus hijos?

Tener que fortalecerse para los momentos adversos, no de la crítica sino del gobierno –que ha habido muchos– y eso cuesta, particularmente para niños que están creciendo. Pero también forma, da criterio, y es una experiencia única que, además, se termina. Acá no nos vamos a quedar eternamente. Tiene costos, pero también tiene beneficios.

¿Y para usted?

Ha tenido muchos costos. No en el diario vivir, porque mis rutinas son las mismas. Pero uno termina desgastándose en otras cosas. Por ejemplo tuve que terminar siendo una mujer pública. Y en el camino también ha habido costos. Tuve un embarazo de alto riesgo en el que estuve acostada cuatro meses y JM pudo verme muy pocas veces porque era ministro de Comercio Exterior y se la pasaba entre un avión.

Pero desde el principio resolví ser su compañera, es la ruta que me tracé y el precio de estar con él. Hemos aprendido a construir juntos en familia. El costo de no tenerlo junto a nosotros en algunos momentos lo asumimos desde el principio. Somos sus aliados, sus cómplices, sus compañeros de batalla.

¿Cuando se casó con JMS se le pasó por la mente que iba a terminar en esto?

¡No! En ese momento él estaba de subdirector de El Tiempo. En las elecciones pasadas me preguntaba si yo realmente quería llegar a esto. Quería que mi marido fuera presidente porque se había preparado para eso, ¿pero y yo? Después lo asumí como una oportunidad de hacer algo por el país y así lo he manejado.

Y en términos de los amigos, ¿cómo ha cambiado la relación?

Una amiga me mandó una frase: “Los momentos difíciles alejan las amistades falsas” y eso es verdad. También hay gente que deja de llamarlo a uno porque piensa que está muy ocupado. Pero ese es otro de los mitos. Uno tiene tiempo para todo: para uno, para la familia, para los amigos. Hay cosas que no son tan frecuentes como antes, pero los amigos de verdad están acá, con nosotros.

Cuando alguien se le acerca, ¿no piensa si lo hace por usted o por lo que representa?

Sí. Sobre todo a mis hijos. Pero ellos también han aprendido a identificar la gente. Se han equivocado a veces, pero les han prevalecido sus amistades viejas, del colegio. Nuestros amigos también son los amigos de siempre.

¿Cómo han vivido su papá y su mamá estos años?

Mi papá tiene 92 años y está muy bien. Mi mamá en estos cuatro años se ha deteriorado más y sé que sufre. Hablo con ella todos los días. Esa parte me duele profundamente… [Hace una pausa y su voz se entrequiebra]. A veces pienso que parte de ese deterioro es por el estrés que yo le he producido (dice, entre sollozos). Me duele pensar que de pronto le he quitado años de vida. Ella no es servidora pública, ni escogió ese camino.

¿Ha llorado mucho en estos años?

Soy muy llorona. Creo además que es una forma de expresión sana para el alma, de sacarlo todo. Detesto llorar por rabia, pero lo he hecho. Por el incidente de Barranquilla y por la violencia en esta campaña. Hay agresiones muy fuertes.

¿Ha sentido en algún momento deslealtad?

Claro. No quiero dar nombres porque la lista sería larga, pero sí, hay desencantos y seguramente eso es parte de la vida, pero circunstancias como estas ponen a prueba las lealtades.

¿Cuál cree que es el error más grande que ha cometido en estos años?

Como ser humano uno se equivoca muchas veces… Y hay muchas cosas que no he debido decir o hacer. Pero nada por lo cual me dé golpes de pecho o me desvele.

¿En algún momento pensó decirle “No” a la reelección?

Sí. Muchas veces le dije a JM “ya, no más”. Pero él le puso la cabeza y no el corazón. Si le hubiera puesto el corazón nos habríamos ido. Cuatro años son suficientes.

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¿Cuál es la decisión más difícil que ha tomado en estos años?

Decirle a JM que lo apoyaba incondicionalmente en la reelección.

¿Usted se hubiera bajado del bus?

Sí. Claramente sí.

¿Cree que alguno de sus hijos le va a seguir los pasos al presidente?

Hoy creo que no. Pero si lo resuelven y eso les produce felicidad, como mamá quiero que sean felices. Es su decisión. Yo, que lo he vivido, creo que es un camino largo y difícil. Para servirle a Colombia no hay que estar en el sector público.

¿Cómo maneja el permanente escrutinio de la gente?

Uno tiene que entender que es una figura pública. Pero también somos seres humanos y me duele que me persigan, que me juzguen, porque el verdadero juicio no es acá, sino allá arriba.

¿Le preocupa la popularidad del presidente?

No. La historia se encargará de mostrar que JMS es un demócrata por excelencia, que se ha jugado su pellejo por este país, aun en contra de su popularidad.

Usted es más popular que el presidente. ¿Cómo lo asume?

No sé si soy más o menos popular, ni me interesa saberlo. Soy su compañera y ya. Yo estoy aquí por ser la esposa de JMS. Todos votaron por él. Por mí no votó sino mi sobrino Juan Felipe Durán que dijo “voto por mi tía Tutina”.

Usted ha sido elegida como la mujer mejor vestida. Los diseñadores deben pelearse por vestirla…

Sí, la gente es amable, pero yo compro la ropa de acuerdo con lo que me gusta y con lo que me siento cómoda. No lo hago para que me digan que soy la mejor vestida, aunque entiendo que eso termine pasando.

¿Cuál es el lado más amargo del poder?

Sentirse juzgado como ser humano. Y en lo político, no tener una varita mágica para que sea realidad el “comuníquese y cúmplase”. Porque no lo es. Hay muchos momentos en los que uno dice, ¿el poder para qué?

¿Cuál ha sido el personaje más fascinante que ha conocido?

La emperatriz de Japón me pareció una mujer maravillosa. También Cecilia, la esposa del expresidente Piñera de Chile, y la reina Sofía, con quien he tenido una relación cercana y amigable.

¿Qué tienen en común esas mujeres?

Que son, como yo, aliadas incondicionales de sus maridos, sin dejar de ser ellas. Yo tengo mi vida propia y mi camino, pero decidí que iba a ser la compañera de JMS y voy a estar con él hasta que la muerte nos separe. Punto. Eso no quiere decir que sea más o menos que otras mujeres. La realización personal es personal y la mía es estar al lado de JMS y de mis hijos.

¿Usted diría que el poder es ingrato?

Muy, muy ingrato. Pero hay cosas también muy gratificantes como cuando uno se encuentra gente a la que el gobierno le ha dado trabajo, o vivienda, y con eso le ha cambiado la vida. Ojalá alcanzara para todos.

¿Cómo ve la campaña?

Me gustaría que fuera un debate de ideas, donde la gente joven que apenas está descubriendo la política pudiera elegir a la gente por lo que piensa, pero no una campaña basada en agresiones e historias falsas que la gente se cree. Pero entiendo que eso es lo que produce la ambición por el poder y que la gente es capaz de hacer cualquier cosa por él.

El presidente ha sido un ganador, pero esta vez las cosas pintan más difíciles. ¿Le tiene miedo a que JMS no gane?

Ha sido ganador en unas cosas y perdedor en otras. No le tengo miedo. Aun si nos tenemos que ir de aquí, no creo que eso sea perder. Todo en la vida deja lecciones. Me parecería triste porque sería entender que el país no quiere la paz, que es su compromiso y el que lo motivó a ir por la reelección, pero me iría sin problema. El día que nos vayamos de acá varios pesos se nos quitarán de encima.

¿Qué hará si JMS no gana?

Tomarme unas vacaciones con mi marido y con mis hijos y dedicarme a la contemplación en todo el sentido de la palabra.

Todo el mundo piensa que usted es una princesa, que vive en un castillo una vida rosa. ¿Es verdad?

Ni soy una princesa, ni vivo en un castillo, ni todas mis cosas son maravillosas. Soy un ser común y corriente al que le suceden cosas grandiosas, pero también, como cualquiera, sufro, lloro, me estreso, peleo… Y mi única aspiración es que el día que esto se termine, el 7 de agosto del año que no diré, pueda decir que soy un mejor ser humano.

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