“Chicas cerdas machistas”: ¿Feminismo o idealismo?

Rey Naranjo le apuesta a la traducción de una obra que abre nuevamente el panorama de las discusiones pendientes acerca del feminismo y la sexualización de nuestra cultura.
 
“Chicas cerdas machistas”: ¿Feminismo o idealismo?
Foto: Ariel Levy
POR: 
Ángela Cruz

En 2005, la periodista norteamericana Ariel Levy —escritora de The New Yorker— publicó su Female Chauvinistic Pigs: Women and the Rise of Raunch Culture, cuyo logro principal fue llamar la atención de los lectores norteamericanos sobre la creciente sexualización o “pornificación” de la vida en esta sociedad y su relación confusa con lo que se considera el feminismo del siglo XXI. Desde su título, la autora señala a las mujeres como parte activa de una cultura machista donde lo procaz reina y donde el sexo se ha convertido en un valor de cambio; en este sentido, es entendible que sin haber pasado de la portada, el libro ya genere diversas incomodidades.

En un tema tan amplio como el feminismo, su relación con la revolución sexual y la transformación de las prácticas culturales en los últimos cien años, Levy llama la atención sobre un punto fundamental: la industria del entretenimiento para adultos ejerce influencia sobre lo que las mujeres consideran libertad sexual y empoderamiento. A través de diferentes anécdotas a lo largo de los capítulos, la autora se encarga de mostrarnos como, por ejemplo, desnudarse para la televisión o las revistas —en su caso, el show Girls Gone Wild— ha dejado de ser censurable no porque necesariamente comporte una manifestación de la voluntad y el deseo de las mujeres que deciden hacerlo sino que por el contrario, obedece a que estas mismas mujeres han asumido códigos del machismo con los cuales se identifican: la exposición del cuerpo no necesariamente obedece a una búsqueda del placer propio sino a una urgencia por satisfacer al otro —que puede ser el hombre— y de este modo ser incluida, popular y tener una ilusión momentánea de poder.

Levy se muestra sorprendida de encontrar que incluso algunas organizaciones que se consideran feministas parecerían estar de acuerdo con la objetificación del cuerpo femenino e incluso incorporan prácticas como el striptease, la promiscuidad y el sexo pago en algunos de sus eventos. Por supuesto, los detractores de Levy dirán que está ella perdiendo de vista que también los cuerpos de los hombres son tratados como objetos en miles de campañas publicitarias y que seguramente muchos de ellos son avasallados o discriminados en contextos predominantemente femeninos; sin embargo, una lectura juiciosa del libro nos demuestra que no desconoce estos aspectos —aunque personalmente creo que habría podido desarrollarlos— y que le deben resultar igual de perturbadores en la medida en que, en principio, la meta de la lucha feminista era la equidad. Es así como Levy nos devuelve a la discusión sobre qué es lo que estamos llamando libertad sexual, verdaderamente.

El problema para Levy no radica en el tubo de striptease, el best-seller escrito por la estrella porno o las camisetas con el logo de Playboy usadas por niñas de 12 años: en realidad, lo que resulta inconveniente es como este tipo de objetos y prácticas se convierten en marcadores del éxito social y económico, en cómo se vuelven aspiraciones cuya motivación no es la expresión corporal libre y mucho menos la búsqueda del placer propio. Por el contrario, según la autora, muchos de estos escenarios nos devuelven a un desconocimiento y negación intensas de la sexualidad femenina, y nos envuelven en una práctica que resulta falsamente liberadora pues solo consiste en simulacros para satisfacer los deseos ajenos.

A través de los ejemplos planteados, Chicas cerdas machistas: la lucha feminista como idealismo en el siglo XXI —como se tradujo al español— está pensando nuevas maneras de ser mujer “sin que sean una copia o una reacción a lo que se ha construido como masculino”, dice Catalina Ruiz-Navarro, periodista colombiana, quien participó en la traducción de la obra. “Creo que cuando eso se pierde de vista el entretenimiento y la publicidad empiezan a usar, para venderte cosas, fórmulas que parecen abogar por la liberación y los derechos de la mujer cuando en realidad son los mismos modelos de opresión disfrazados”, agrega.

Lo más interesante, en medio de este panorama, es el capítulo en el que Levy nos cuenta cómo esta “pornificación” se mezcla con el mensaje de castidad que se envía a los adolescentes en las escuelas norteamericanas en las que por un lado, vestirse “como una zorra” es una forma de ser popular y respetada, mientras que por el otro, las clases de orientación sexual ofrecen la castidad como la alternativa ideal para la prevención de embarazos y enfermedades de transmisión sexual. Daniela Serrano, otra de las traductoras del libro, comentaba conmigo que tal vez ese sea uno de los puntos más importantes de la obra de Levy en la medida en que de algún modo los jóvenes están solos en un mundo en el que todo el contenido sexual está al alcance de sus manos, pero a la vez no tiene herramientas para interpretarlo y no saben qué hacer con él. En palabras de la propia Levy:

“Por donde se le mire la forma en la que educamos a la gente joven en cuanto a la sexualidad no funciona. Esperamos que hagan caso omiso de sus deseos y curiosidades instintivas, incluso mientras los bombardeamos con imágenes que insinúan que la lujuria es el apetito más importante y que la sensualidad es la virtud más impresionante. De alguna manera, esperamos que personas que, por definición, son inmaduras encuentren sentido en esta madeja de contradicciones”. (Pág. 150)

Si bien el libro de Ariel Levy cumple casi 10 años de haber sido publicado por primera vez, no podemos decir que el tema pierde actualidad o que la discusión está cerrada. Basta con ir unos meses hacia atrás para recordar el escándalo de Miley Cyrus bailando de manera sugestiva con Robert Thicke en los premios MTV y como Sinead O’Connor le escribió una carta a la otrora Hannah Montana pidiéndole no prostituirse para mantener su fama, mientras que Amanda Palmer, acto seguido, le escribía a O’Connor con respecto al derecho que la joven tiene de vender, mostrar o hacer lo que le plazca con su cuerpo. Sin ir muy lejos, pensemos en las altas cifras de embarazo adolescente en Colombia, un país en el que los programas de educación sexual en los colegios son escasos y desestructurados, y la lucha por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres no ha terminado de darse: “En el país del Sagrado Corazón es común tragar entero, como en cualquier país que se declare laico pero reine en él la ley de la Iglesia Católica. Es bueno que se escriban libros que sin satanizar a personas como Miley Cyrus, le recuerden a la sociedad que la idea original del feminismo no era perder el amor propio emulando a las trabajadoras sexuales”, declara al respecto la periodista Virginia Mayer.

En este sentido, la traducción de Chicas cerdas machistas puede servir como puente hacia un cuestionamiento personal sobre nuestra postura frente al feminismo y sus debates. Según Mayer, su experiencia al traducir parte de esta obra fue transformadora: “Luego de leer a Levy me descubrí feminista. Esa traducción se hizo al tiempo que Miley Cyrus comenzaba a mostrarle la vagina al mundo y yo estaba indignada. El libro de Levy le puso teoría a lo que sentía y ahora me declaro feminista contemporánea. Me identifiqué mucho con todo lo que dice, me vi a mí misma en sus palabras y ahora esa es mi bandera”. Por su parte, Ruiz-Navarro agrega: “Me parece muy importante que este tipo de reflexiones lleguen a Colombia y al español para empezar a abrirle campo a la que es tal vez la lucha más esencial del feminismo: acabar con los sistemas de pensamiento binarios, no solo masculino-femenino sino todos”.

Por supuesto, no es sencillo estar del todo de acuerdo con Levy, especialmente en un contexto en el que la violencia de género es a veces justificada en las prácticas de las mujeres en torno a su vestuario y la manera en que deciden modificar y mostrar sus cuerpos. Es importante tener en cuenta que si bien Ariel Levy nos señala cómo muchas de estas prácticas no obedecen a una genuina manifestación del deseo femenino y su multiplicidad, la muestra con la que la autora trabaja es limitada y no permite una generalización tan amplia. Por otra parte, aunque Levy aclare que no quiere juzgar a las mujeres que participan en la industria del entretenimiento adulto, sus constantes señalamientos hacia figuras como Jena Jameson, y el énfasis que hace en la relación existente entre el abuso sexual y el ingreso a esta industria, pueden terminar exonerando de culpa al sistema binario predominante en la sociedad y hacer responsables exclusivas a las mujeres de la “pornificación” de nuestra cultura. La línea que divide la postura de Ariel Levy del llamado “slut shaming” puede resultar confusa para el lector. Sin embargo, el hecho mismo de que esta controversia se suscite en el lector es ya un acierto.

Resulta muy valioso que Rey Naranjo le apueste a la traducción de este tipo de material que nos permite examinar, en un lenguaje cercano a todo tipo de lectores, qué hemos hecho con la herencia del feminismo inicial, cómo consideramos al sexo en nuestros tiempos, pero sobre todo, cuánto camino nos falta por recorrer para ser verdaderamente libres y construir una sociedad equitativa. Hoy, en pleno 2014, cuando las niñas de Nigeria son secuestradas de su escuela por grupos que consideran que al educarse están pecando, es fundamental que reflexionemos y propongamos; abrir el espacio para estas discusiones es urgente y necesario.

         

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mayo
7 / 2014