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Mario Vargas Llosa sin señal

La conferencia del premio nobel Mario Vargas Llosa en la FILBO fue uno de los eventos más concurridos del primer día de la feria. Crónica de un evento sin señal.

La conferencia del premio nobel Mario Vargas Llosa en la FILBO fue uno de los eventos más concurridos del primer día de la feria. Crónica de un evento sin señal.

Colombia es un país de filas. Para comprar, pagar, entrar, salir, hay que hacer fila. Para ver a Mario Vargas Llosa, hay que hacer una y esperar en ella por, al menos, cuatro horas. Así lo hicieron varias personas, con ejemplares de La ciudad y los perros, La fiesta del chivo o La guerra del fin del mundo. Todos guardaban la esperanza de que sus libros se fueran con la firma del autor, aunque más temprano había otra fila de 200 personas que reclamaron un turno para esperar por su autógrafo.

Para las 5pm, la fila serpenteaba y daba hasta cinco vueltas afuera del auditorio José Asunción Silva. “Hoy ya me puedo morir tranquilo, ya puedo dejar de pagar el predial, maestro”, le decía alguien a su acompañante, a pesar de que estaba entre las últimas personas de la fila.

Quince minutos antes de que comenzara el evento, una voz, que habló a través del parlante omnipresente en todo el complejo ferial, advirtió que el auditorio estaba lleno, 700 afortunados y madrugadores estaban ya sentados adentro, mientras el resto se quedaron afuera y tuvieron que conformarse con nueve pantallas que armaban una sola más grande, en donde verían el reflejo del nobel peruano.

Las sillas también se llenaron, entonces el piso y los muros más cercanos se convirtieron en asientos. Dispuestas las pantallas, se vio salir al escritor, y todos aplaudieron, a pesar de que él no podía escucharlos. Pero la ilusión duró poco y antes de que incluso pudiera decir “buenas noches”, en las pantallas apareció el tan odiado ‘No signal’.

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Los abucheos llegaron casi de inmediato “¡Respeto, respeto!” gritaban los asistentes, que parecían dispuestos a armar una hoguera con los libros que tenían en sus manos, esos que más temprano esperaban que fueran autografiados. Los técnicos se movían detrás de las pantallas intentando conectar, oprimir o configurar quién sabe qué.

Nadie sabía qué estaba pasando dentro del auditorio, donde quizás Vargas Llosa ya había dicho varias frases reveladoras o locuaces, como es su costumbre. Entonces los asistentes comenzaron a irse, como fanáticos de fútbol que abandonan el estadio porque su equipo está siendo goleado. Si se apresuraban, en sus casas podrían ver por señal de televisión la charla, y así quizás poder mentir diciendo que estuvieron adentro en el auditorio y tuvieron a Mario Vargas Llosa a unos cuantos metros.

Pero también estaban los que se quedaron en las sillas, mirando fijamente las pantallas que no dejaban de decirles ‘No signal’, como si con algún poder de la mente pudieran reparar lo que los técnicos no habían podido. De la pasividad pasaron a la acción. Con las esperanzas de, al menos, escuchar al escritor, un grupo se agolpó afuera del auditorio, frente a una decena de policías que intentaban contenerlos. “¡Que le digan a Mario que estamos afuera, que él nos deja entrar”, gritó alguien.

Ya habían pasado más de 40 minutos desde que comenzó el conversatorio. “No les voy a dar explicaciones de algo que no me compete”, gritó un policía que contenía a la multitud en la puerta del auditorio.

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Una hora después de que el evento comenzara y quizás los comentarios más importantes se hayan dicho en el auditorio, el sonido volvió y una de las nueve pantallas (la del centro) emitió la imagen nítida del peruano. El grupo de gente que peleaba en la puerta por una oportunidad para entrar, se movió en estampida a las sillas. Pero otros, incansables, seguían en la puerta, peleando por ingresar, como si adentro estuviese el secreto de la vida.

Ahí estaba Vargas Llosa, hablando del ensayo como práctica muy común en los escritores del Boom Latinoamericano menos en Gabriel García Márquez, de la creación de su novela La guerra del fin del mundo y de su corta y fallida carrera política.

Algo pasó, algo se movió o conmovió a los organizadores, y, a cuentagotas, dejaron entrar a quienes seguían afuera, a ocupar los puestos de quienes habían salido y otros en los pasillos, de pie. Habían pasado más de una hora por ese momento. Unos pocos minutos después, el escritor dio las gracias, y entre aplausos se despidió y abandonó el auditorio.

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Mayo
01 / 2014


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