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Autoentrevista de Daniel Samper Pizano

Recordamos esta entrevista que Daniel Samper Pizano aceptó unas preguntas del mejor entrevistador que lo ha interpelado: él mismo.

Foto: Linares

Recordamos esta entrevista que Daniel Samper Pizano aceptó unas preguntas del mejor entrevistador que lo ha interpelado: él mismo.

El artículo Autoentrevista de Daniel Samper Pizano fue publicado originalmente en Revista Diners Ed. 525 de diciembre de 2013

Una de las aficiones ocultas del columnista de El Tiempo Daniel Samper Pizano ha sido el psicoanálisis. Su conocido aprecio por los argentinos lo sumergió desde hace años en esta ciencia que indaga la personalidad a partir de experiencias infantiles. Como no puede ejercerla con pacientes del común, por carecer de diploma, aceptó hacerlo para Revista Diners con su superyó, un pobre hombre llamado Daniel, que es la otra cara de su propia moneda, he aquí el resultado del diálogo psicoanalítico.

Profesor Samper Pizano: Quisiera explorar algunas circunstancias de su infancia que puedan arrojar luz sobre comportamientos que ha desarrollado como adulto. Por ejemplo, cómo se hizo hincha de Santa Fe, pues entiendo que no tiene antecedentes familiares de afición al fútbol.

Daniel: Es verdad, doctor. Mis “antecedentes” odiaban este deporte y espectáculo de gran nobleza y belleza. Mi taita jamás visitó un estadio y mi mamá solo fue a El Campín una vez que yo jugué un preliminar al clásico Millos-Santa Fe. Debo mi afición al esposo de una hermana de mi papá, Alberto Giraldo Jaramillo, que, pese a ser manizalita, vio la luz, se hizo hincha pionero de Santa Fe y me llevaba al estadio cuando yo tenía tres años.

Profesor: Sé que en el colegio era una gallina cuando vacunaban a los alumnos.

Daniel: Yo no diría una gallina, doctor, porque las gallinas son torpes y poco veloces. Era una rata urbana, de esas que apenas ven la escoba desaparecen con la velocidad de un jet. En el Gimnasio Moderno –donde disfruté durante trece años de los amigos, jugué fútbol en sus múltiples prados, leí a menudo en la biblioteca, fui redoblante en la banda de guerra, dirigí la revista El Aguilucho y en mis horas libres algo estudié– se vacunaba a los alumnos contra numerosas enfermedades.

Recuerdo unas pocas: polio, viruela, tos ferina, sarampión, paperas, tuberculosis, varicela, fiebre amarilla y tifo. A la voz “¡Todos a vacunarse!”, nos llevaban a la enfermería como ovejas, y unos nazis  con delantal blanco, crueles discípulos del doctor Mengele, se dedicaban a atravesar pellejo, músculo y huesos de los alumnos con unas jeringas que Manolete empleaba para dar el pinchazo mortal a poderosos toros. Yo, que siempre he rechazado el nazismo, huía a mi casa como actitud de repudio a estos sujetos.

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Profesor: Es difícil creer que a los cuatro años recorría solo el camino a su casa, situada a tres kilómetros del colegio.

Daniel: Usted no sabe de qué soy yo capaz cuando debo sentar una protesta política, doctor. Confieso, sin embargo, que contaba con la complicidad de los alumnos de la Facultad de Economía del Gimnasio, que más tarde pasó a la Universidad de los Andes. Ellos, solidarios con mi protesta, me trasladaban en carro a domicilio, timbraban y arrancaban. De modo que mi mamá me veía en la puerta a las diez de la mañana y sabía que era día de vacunas.

Profesor: ¿Ella también era solidaria?

Daniel: No, doctor: ella se ponía brava, me agarraba de una oreja, paraba un taxi y se devolvía al colegio conmigo murmurando cosas horribles contra los estudiantes de Economía. Creo que nunca fue consciente de la infiltración nazi en Colombia, pues asumió idéntica conducta represiva años después, cuando protesté contra varios dentistas pertenecientes a la misma secta y, anticipando una tradición que luego imitaron otros, los dejé con la silla vacía.

Profesor: Hemos explorado ya los orígenes de su afición al fútbol, su cariño por Santa Fe y su aversión a profesionales que provocan dolor físico.

Daniel: Agregue a los urólogos, por favor.

Profesor: Agregados. Querría indagar ahora las raíces infantiles de su relación con las mujeres, pues sus columnas se refieren con frecuencia a ellas y a sus costumbres.

Daniel: Desde que era monaguillo he sido devoto lector de la Biblia, en cuyas páginas aprendí sabrosas enseñanzas como la de hacer dos una sola carne y crecer y multiplicarse. No se me olvida, además, que varios patriarcas bíblicos fueron polígamos y que Cristo incluyó en su cerrado círculo de amistades a Magdalena, mujer de vida airada.

He procurado ser fiel a estos preceptos, y confieso paladinamente que me encantan las señoras. Son mucho más inteligentes que nosotros, mucho más sagaces, mucho más simpáticas y, sobra decirlo, mucho más atractivas, a pesar de la horrorosa moda de la depilación total, que las asemeja a ex-peluznantes muñecas. O sea que mi debilidad por las señoras no es más que una posición religiosa de amor a Dios.

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Profesor: Mencionó la revista El Aguilucho, y pretendo descubrir en ella el origen de su vocación de periodista. ¿Me equivoco?

Daniel: Mucho, doctor. Yo alcanzo el honor de dirigir El Aguilucho, la más antigua revista escolar de Colombia, en 1962, cuando tengo 17 años. Pero desde antes, a los cinco o seis años, ya había manifestado mi interés por comunicar noticias y opiniones a la sociedad. Mi mamá guardaba entre sus recuerdos más queridos un papelito a lápiz que imitaba la primera página de un periódico. Se titulaba Es tienpo y la noticia principal decía: “Se a perdido un nillo y se llama daniel Samper”.

Profesor: ¡Qué bien se escribía en El Tiempo en aquella época! ¿No tiene a mano el papelito?

Daniel: Lamentablemente no, pues lo envié al Smithsonian Museum or Famous She-Goats. La directora de Revista Diners, que siente, como yo, incancelable amor por la lengua española, lo tradujo como Museo Mr. Smith de Famosas Chivas.

Profesor: Estamos terminando nuestro examen. Por lo que veo, las actividades que le despiertan pasión son el fútbol, la política, las chivas y las señoras. Todas ellas conducen a una explosión final de resultados: el gol, la protesta, la primicia y el feliz instante de la apoteosis sexual. Freud diría, pues, que su vida ha sido guiada por la búsqueda del orgasmo. Esa es mi opinión científica.

Daniel: Yo le agradezco su opinión, doctor, y sin embargo tengo una pregunta. Conozco muy bien quién fue Sigmund Freud. Pero ¿qué diablos es un orgasmo?

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Marzo
03 / 2020

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