‘Y libranos del mal’, el libro de Santiago Roncagliolo que desciende al infierno del fanatismo religioso

El escritor peruano habló con la Revista Diners de su libro Y libranos del mal, sobre el clasismo en Perú, sobre el tormento de la adolescencia, entre otros temas.
 
‘Y libranos del mal’, el libro de Santiago Roncagliolo que desciende al infierno del fanatismo religioso
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POR: 
Simón Granja Matias

Jimmy emprende un viaje a su pasado que termina destapando los secretos más oscuros de su familia, especialmente de su padre, quien rechaza cualquier tipo de relación con su país natal: Perú. Un descenso al infierno que permite revelar la cruda verdad sobre el fanatismo religioso, la pederastia y el abuso de poder que convergen en un mismo gran panorama, la hipocresía de una sociedad clasista y conservadora que es capaz de esconder cualquier crimen con tal de mantener su estatus. 

-¿Qué harías tú por tu pastor? – preguntaba Furiase, mirándolos con sus ojos azules como si les escarbase los pensamientos -. ¿Qué harías por mí? 

-Todo – respondió una vez Maeso. 

(Para seguir leyendo: “El amor no es como en las telenovelas”, Santiago Roncagliolo)

Y libranos del mal es un libro que le permite al lector entender cómo funciona la sociedad limeña, que al final es el reflejo de la sociedad latinoamericana. Es un libro que lleva al lector a conocer hasta dónde puede llegar la manipulación de ciertos grupos religiosos, hasta qué punto el silencio hace cómplices y culpables.  

En la Revista Diners conversamos con Santiago Roncagliolo (Lima, 1975). Su obra se ha publicado en todo el mundo hispano y ha sido traducida a más de veinte idiomas. 

Hace poco estuve en Perú, y específicamente en Lima vi algo que me impresionó y es que en los restaurantes hay unos letreros que dicen que es prohibido cualquier tipo de discriminación racial, de género… ¿Por qué es necesario poner un letrero para decir algo que es obvio? 

Bueno, primero, en Perú, lo que separa a una clase de otra está lleno de matices. Ves a gente que desprecia de manera racista a otra persona que es del mismo color que ella. Pero el dinero puede blanquear lo que la raza no; la educación puede blanquear… todo es complejísimo y cada quien siente que hay unos que están abajo y otros arriba. O tratan de demostrar que están más arriba. Es un país muy clasista. 

Pero para explicártelo mejor, venía en el avión y una señora peruana le estaba contando a una señora argentina el desastre de la política peruana. El punto es que resumió todo en: “el presidente es un indígena bajito, pero lo peor es que es un ignorante”. Yo pensaba mientras la escuchaba: el presidente es un problema, pero sus opositores son mucho peores. Es una sociedad incapacitada para entenderse. Todo el mundo ve los prejuicios que tiene, no a las personas. Es una sociedad llena de mal entendidos, porque todos están hablando pero nadie escucha al otro. Todo el mundo categoriza y pone una etiqueta y le habla a esa etiqueta, no a la persona. 

Habla de blanqueamiento… 

La mayoría de la población peruana es mestiza. Al contrario de lo que hicieron los franceses y los ingleses en colonias africanas como Niger, los españoles -aunque solo fuese por follar (risas) – crearon en el virreinato una serie de leyes para organizar las herencias con la sangre blanca. Había negros, indígenas, blancos. Entonces, los hijos de blancos con indígenas: mestizos; indígenas con negros: zambos y así… pero claro, fue pasando el tiempo y se empezaron a mezclar todos con todos. Llegó a haber categorías como cuarterón, había una que se llamaba “tente en el aire” y la sociedad en general produjo un mestizaje muy difícil de definir, salvo en las zonas más rurales donde se mantiene con más pureza lo andino. Es una entidad demasiado compleja. Están los que consideran que la única identidad que vino a salvar a los demás es la blanca. Y están los que creen que la única identidad es la andina y que viene a salvar de la invasión española. Pero esos extremos ignoran que la mayoría es mestiza. 

Es como si en Perú se viviera aun una discusión de la época del virreinato… 

Sí, en cierta medida sí. Y está muy vigente en México y Perú. Son muy parecidos, ambos. Tenían las grandes culturas prehispánicas y por lo tanto fueron las capitales del Imperio americano. En otros países no fue así. México y Perú se basan en ese conflicto que aun hoy lo permea todo. En la literatura también, la mía también. La identidad es un conflicto en sí mismo. 

Vuelvo al blanqueamiento, no me queda claro cómo se entiende esa palabra… 

Nadie lo tiene claro. Lo que pasa es que también decides lo que eres y cómo tratas a los demás. Es una sociedad muy vertical en la que los de arriba tratan mal a los de abajo. Tú decides en qué escala te pones, pero cuidado que si te pones en la que no es, te bajan. Pero eso va ocurriendo en la dinámica social. 

¿Cómo ha sido el proceso de retratar todos esos matices sociales en sus libros?

Depende de qué libro. Abril Rojo lidia con este problema. Ocurre en el centro del conflicto mismo, en la zona de Ayacucho, que está en la mitad de Cusco y Lima. Siempre fue una zona de conflicto. La novela ocurre en la Semana Santa que se superpone con un mito andino que se llama Inkarri, que es la leyenda que surgió a partir de la revolución de Tupac Amaru contra los españoles. Él pierde y los españoles amarran sus extremidades a caballos que avanzan y enfrente de todo el mundo lo descuartizan. Entonces la leyenda dice que las partes del Inca se están buscando. Cada una fue enterrada en un lugar distinto del imperio y se están buscando y cuando encuentren la cabeza, el Inca se levantará. Pero eso es lo mismo que la Semana Santa: el líder es destruido por sus enemigos, su cuerpo martirizado,  clavado en una cruz, machacado, reventado… pero al tercer día renacerá y llevará a su pueblo a la vida eterna. Entonces la estructura mítica es igual y  cada uno ve lo que quiere. Puede ver la Semana Santa y estar pensando  en el Inkarri. 

Bien complejo… 

Sí, son espejos unos de otros. Cuando eres emigrante, como yo, es más fácil de entender. Es absurdo como la Trinidad. Cuando eres emigrante te das cuenta de que eres tres personas: la que eras antes de irte, y cuando vuelves a Lima le hablan a esa persona; la que tú quieres ser, pero que todavía no eres; y la que ven los demás en el país en el que estás, pero que no sientes que eres. La identidad no tiene que ser lógica. Eso es lo desesperante. Es lo que genera también los fanatismos, y esta incertidumbre desesperante que lleva a decir que solo somos la parte española, solo la parte indígena… pero en realidad, lo que somos no es lógico. No es algo que se pueda reducir a una fórmula matemática. 

Ahora que habla de ser emigrante, me recuerda al protagonista de Y libranos del mal, que tiene ese conflicto interno de encontrarse con su origen que está muy oculto por su papá… 

Yo soy extranjero desde chiquito. Yo viví en México. Cuando volví al que se supone que era mi país, ahí sí que era rarito, rarito… hablaba raro y tenía otra ideal del mundo. Además venía de un colegio pequeño mixto laico y pasé a un colegio enorme de varones religioso. Y bueno luego, ya de adulto me fui a Madrid y luego a Barcelona. Entonces yo también siempre me he sentido que no termino de encajar. Mis personajes siempre sienten eso, que están tratando de encontrar su lugar en el mundo y el lugar se les escapa. No entienden los códigos, no hacen, no dicen lo que deberían decir. Me interesa ese espacio de contacto, o más bien de cortocircuito, entre lo que es el personaje y lo que el entorno social le pide que sea. Y la desesperación de no lograrlo es una experiencia esencial para mí. Quizás está en la base de querer ser escritor, o sea, al final cuando tú escribes una historia finges que estás fuera del mundo. Es casi controlar lo que los demás hacen. Es casi una reacción desesperada a la falta de control de la realidad. 

En el libro se refleja también la agresividad de los colegios masculinos… 

A mi me pasaba que no sabía nada de fútbol porque no era tema de mi casa. Y hablaba raro y leer libros era claramente ser maricón. Era la única explicación que me daban. Los afeminados y los lectores acabábamos en el mismo sitio: la biblioteca. Porque los matones no sabían que había una biblioteca (risas). Con lo cual siempre me sentí identificado con el mundo gay. Hice esfuerzos por serlo pero fracasé (risas). 

Siempre he escrito mucho de conflictos con la masculinidad. Creo que el machismo no solo hace daño a las mujeres. También los hombres, que nos obliga a formar parte de modelos que no entendemos, que no compartimos; pero que si quieres pertenecer, tienes que imitar a la parte más tóxica. Por lo menos en mi formación fue así. Jimmy no termina de saber qué es. Porque parte de su conflicto es sexual. 

Muchos de los personajes de sus libros son adolescentes.. 

Es el momento en el que aparecen estos conflictos de identidad… A los 40 ya está definido. En la adolescencia somos todos extranjeros, no sabemos cómo encajar… 

¿Horrible la adolescencia? 

Sí, aunque tenía sus momentos emocionantes. Nunca vuelves a escuchar música de la forma como la escuchaste cuando eras adolescente. De hecho, nunca vuelves a sentir nada de la misma forma como en esa época porque fue la primera vez en todo. Luego te echas la vida echando de menos el primer porro. 

Otro tema importante en su libro es la hipocresía religiosa en cuanto al rechazo a la homosexualidad… 

Lo que más me impresiona es cómo hay tantas relaciones entre hombres en el lugar más homófobo que jamás has visto en tu vida. Pero es que ellos, la secta, controla tus pensamientos de tal manera que la gente no sabe que lo que haces es sexo. 

Una historia que me impactó y que está en la novela es la de un chico que dejó la congregación, no por pelear, siguió en buenos términos con la comunidad. Tuvo una novia y un día le dijo a su chica, te voy a enseñar unos ejercicios de yoga. Y su novia vio eso y dijo: “eso no es yoga, eso es sexo”. Él no sabía que eso era sexo, no sabía que había sido abusadado. 

Como dice usted, es una secta… 

Sí, efectivamente. Eso lo trato tanto en Abril Rojo como en Y líbranos del mal. Las dos sectas hacen lo mismo: captan adolescentes que no saben qué hacer. Generalmente porque sus modelos paternos son difusos, violentos o alcohólicos. Les ofrecen un padre, una familia, una misión; y les hacen sentir que no son diferentes, que son mejores y van a formar parte de una élite que va a cambiar el mundo. Cosa que resuelve todas sus inseguridades. Y luego les cortan sus relaciones con ese mundo exterior: esa novia no te conviene, tu padre te maltrata, tu madre no te entiende, esos amigos no son apropiados… y así hasta que solamente escuchas a la gente con la que hablas. Eso te hace totalmente manipulable, te pone a merced de tus verdugos y te convierte en un verdugo. Pero antes de ser verdugo eres una víctima. 

Esa es una disyuntiva muy interesante, la de víctima y verdugo… 

Dividimos el mundo entre víctima y verdugo, y se puede ser las dos cosas. Frecuentemente el uno es consecuencia del otro. Esa exploración me interesa mucho: cómo el mal brota de cosas que al final son muy humanas, de tu necesidad de amor, de tu sed de justicia, de tus ganas de hacer un mundo mejor. Y cómo eso crea monstruos. Entonces significa que cualquiera puede ser un monstruo. Eso es lo que me gusta explorar en mis libros y que el lector explore conmigo.

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noviembre
4 / 2022