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“Cuando uno se considera un músico terminado, está realmente acabado” Paquito D'Rivera

Paquito D’Rivera lleva su música en la sangre. Y esta se desvanece por dos instrumentos que son su sello en más de 40 años de carrera: el clarinete y el saxofón.

Paquito D’Rivera lleva su música en la sangre. Y esta se desvanece por dos instrumentos que son su sello en más de 40 años de carrera: el clarinete y el saxofón.

Esto ha dado para que el cubano se convierta en un artista inclasificable que navega con tanta facilidad por el jazz, la bossanova, el bolero como por el be-bop o el tango sin que se diferencie su talento. “No tengo ritmos favoritos”, dice el músico que estará en el país –Medellín, Bogotá y Cali- en el mes de septiembre para asistir a los diferentes festivales de jazz. D’Rivera habló con Diners sobre su carrera musical, la política de su país y la influencia de músicos y bandas como Chucho Valdez e Irakere.

¿Cuál fue la lección musical más importante que aprendió de su padre, Tito Rivera (saxofonista), cuando realizó sus primeros estudios musicales al lado de él?

Aprendí muchas cosas de mi padre, pero la más importante es que cuando uno se considera un músico terminado, está realmente acabado. Siempre hay algo nuevo que aprender. La arrogancia impide la apreciación de la belleza que nos rodea, dijo sabiamente Shinichi Suzuki, creador del celebre sistema de enseñanza del violín para niños pequeños.

Podría decirse que Usted es un músico casi inclasificable: jazz, clásico, barroco, bossanova, tango, bolero, be-bop… ¿Cuál y por qué es su ritmo musical favorito?

No tengo ritmos favoritos. No soy, por ejemplo, muy bailable, porque yo hace mucho no me dedico a la música de baile. Me gusta la música. Punto. Independientemente de cual sea el género.

Ha dicho: hay dos tipos de música: la buena y la mala. ¿Cuáles es la música mala y cuál es la música buena? Podría hacer una diferencia. ¿Qué música o qué músico lo ha sorprendido en los últimos años?

(risas) Eso es muy difícil de definir, pero muy fácil de reconocer entre personas de buen gusto, diría yo. En cuanto a músicos sorprendentes, los encuentro constantemente en mi camino por todo el mundo. El más reciente es un joven llamado Víctor Provost, de la Isla de Saint Thomas, que toca maravillosamente el ‘steel pan’ o ‘steel drum’ (tambor metálico), y otro joven bandoneonista suizo llamado Michael Zisman, que hace una combinación perfecta de Tango con be-bop.

Su primer disco estadounidense Blowin’ (1981) y su último álbum A Day and a Half (2010) con Berta Rojas. ¿Qué queda de ese Paquito D’Rivera de los años 80’s en la parte musical y personal?

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No sabría como contestar esa pregunta. Quizás los que han seguido mi carrera tendrían una explicación. Yo sigo adelante con mi trabajo, sin preocuparme demasiado por lo que ya hice. Y aunque no guardo gratos recuerdos para nada de la vida en el ejército, dicen los militares de profesión que cuando un arma funciona, ya está anticuada.

En los años 80’s tenía abandonado el clarinete, pero ahora es su instrumento más usado en sus presentaciones. ¿Qué motiva a un músico a decidir por un instrumento? ¿Cuál fue la razón de hoy de usar el clarinete y no el saxo?

Te cuento algo. Aunque fue (o es) un grupo indiscutiblemente extraordinario, una de las cosas que siempre me molestaron y critiqué de Irakere era la tendencia a la ‘turbomusica’ y al abuso del volumen excesivo (un mal mundial). Este concepto de volumen excesivo y aplastante automáticamente cancela el uso de un instrumento delicado como el clarinete, el cual es muy fácil de hacerlo sonar horrible al tratar de soplarlo con demasiada fuerza. Aquí en Nueva York redescubrí el instrumento, a instancias de Dizzy Gillespie y Mario Bauzá. Fue Mario quien me prestó su clarinete cuando llegué a esta ciudad, y mis primeros recitales de música de cámara en esta ciudad los hice con el pianista uruguayo Pablo Zinger (no confundir con el argentino Pablo Ziegler). Ahora combino en mis actuaciones el clarinete y el saxo.

Imposible no hablar de Irakere. ¿Qué es lo que más extraña de esta banda musical? ¿Cómo era ese sentimiento de encontrarse con músicos experimentados y talentosos?

Irakere fue para mi un soplo de esperanza, en un momento en que las autoridades Kurturales castristas me tenía castigado en casa. Toda la vida le estaré agradecido a Chucho y a Oscar Valdés por haberme sacado del hoyo en que me metieron los comunistas por dos años, después de haber cumplido casi tres de servicio militar obligatorio.

Paquito D’Rivera siempre ha sido músico, pero también político. ¿Cuál es su posición actual de la Cuba que dirige Raúl Castro? ¿Sigue existiendo el comunismo o el socialismo en Cuba como lo vivió en los años 70’s?

No me considero político ni mucho menos, pero no hay que ser un analista social para percatarse de que esa gente ha logrado embaucar a los que han querido dejarse embaucar con lo de las reformas raulistas, cuando la única reforma posible y funcional es quitarse ellos del medio y llamar a elecciones libres, como hizo Pinochett en Chile, y donde logró un contundente NO. Ellos no lo hacen porque saben que pierden y los arrastrarían por la ciudad los mismos que otrora los aplaudieron. Así es la plebe. Lo mismo le hicieron a Mussolini y a otros en la historia de este planeta que Santos Discépolo definió de forma bastante interesante, aunque para nada optimista. Yo no soy tan pesimista como el gran compositor porteño, aunque a veces me asalta la duda, pues cada vez compruebo más y más que millones y millonas (diría Nicolás Maduro) de hombres (¿y hombras?) tropiezan una y otra vez con la misma piedra.

El documental ‘Calle 54’, de Fernando Trueba, mostró a la audiencia popular los grandes músicos del latin jazz. ¿Cómo fue esa experiencia y de qué sirvió para música en el mundo?

Fernando Trueba es una verdadera joya de la cinematografía no comercial en el mundo. Su más reciente film, ‘El artista y la modelo’ es una belleza, y ‘Calle 54’ fue un gesto hermoso de dignificar y perpetuar la labor de los que se dedican a este género que hoy conocemos como Jazz Latino.

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El jazz parece y suena como un ritmo, género o movimiento extranjero, ajeno a Latinoamérica. ¿Por qué ese interés por el jazz si en los años 60’s estaba prohibido en Cuba y solo fue hasta la aparición de la Orquesta Cubana de Música Moderna que revivió este ritmo?

La música de jazz ha estado siempre en la preferencia de muchísimos músicos y oyentes de todo el mundo. Cuba no era una excepción, pero para comenzar dejemos claro que el jazz, (como las salsa), no es ningún ritmo, sino un género musical. No existe un ritmo sinfónico ni un ritmo barroco, clásico o impresionista. El sinfonismo es una forma orquestal particularmente grande, así como la llamada ‘salsa’ no es más que un compendio de estilos musicales mayoritariamente de origen cubano. En cuanto a la Orquesta de Música Moderna, de fugaz y efímera vida, fue, –como las reformas de Raúl– un modo de desmentir el veto que sufrió el jazz y sus acólitos en nuestro país, como antes sucedió en la URSS; en la China de Mao; en Checoslovaquia (leer a Milan Kundera o a Fred Starr) y dondequiera que cayó esa bazofia de sistema.

¿Qué piensa de ritmos musicales como el reguetón, la bachata, la electrónica que ha causado sensación y mucha audiencia? ¿El jazz y otros ritmos hermanos parecer estar para unos pocos apasionados?

El Jazz es, como la música de cámara, la ópera o la música sinfónica, una práctica de minorías, de élite. Así lo ha sido desde el surgimiento del be-bop en los cuarentas, cuando dejó de ser un género bailable. Pero este mundo tiene muchísimos millones (¡y millonas!) de gente, así que no hay de qué preocuparse, pues como diría el presidente cubano Ramón Grau San Martín: “Hay dulces para todos”.

El músico Chucho Valdés es un referente indiscutido en el panorama musical cubano, incluso, le dedicó una canción: ‘Chucho’. ¿Cómo define a Chucho Valdés en la música?

Chucho es un talento único, como pianista y compositor. En mi libro ‘Mi Vida Saxual’ hay una historia muy bonita de cuando siendo yo casi un niño, lo vi tocar por primera vez con un trio en un ‘jam session’ un domingo por la tarde en el club Havana 1900. Aquella visión cambió mi vida en cierta forma, y muchos años más tarde, uno de los logros más importantes de mi carrera fue cuando pude convencer a la compañía alemana Messidor de grabar a su padre, el extraordinario pianista Bebo Valdés, exiliado en Suecia desde 1960, después de más de 30 años alejado de los estudios. Esta fue además una forma de pagar una deuda de gratitud, por lo que Chucho hizo por mi en los 70s, cuando yo estaba hecho tierra moral y anímicamente.

Cali es una ciudad conocida por un ritmo musical: la salsa. Omara Portuondo dijo hace un año que temía que su música no se apreciara por ese motivo. ¿Cuál es su referencia con Cali y qué sorpresa habrá en el concierto programado para el 6 de septiembre, junto al Trio Corrente?

He oído tantas cosas lindas de Cali, y de toda Colombia, que estoy desesperado por llegar. La ultima vez que estuve allí fue ya hace mucho tiempo. Yo creo que el teatro en Bogotá se llamaba Teatro Libre, y me traje conmigo a un gran pianista colombiano, Hector Martignon. Esta vez venimos presentando nuestro nuevo CD con el espectacular Trio Corrente, de Sao Paulo, Brasil. El CD se llama «Song For Maura», y esta dedicado a mi madre, que fue gran amiga de la primera dama del Jazz Carioca, Leny Andrade. Frecuentemente digo que la mitad de mi corazón es Brasilero, pues me encanta la música (¡y la comida!) de ese país maravilloso. Creo que los brasileños tienen la más perfecta y balanceada combinación de melodía, harmonía y ritmo que existe. Esta vez traigo algo muy especial, para gente muy especial, los colombianos.

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Agosto
30 / 2013

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