La salud sexual también es mental

Nuestro cerebro tiene gran influencia en nuestra vida sexual. De allí recibe la orden de culminar o de convertirse en frustraciones y complejos. Pero curar la impotencia sicológica es más fácil de lo que se cree. Hay que pensar que sí se puede.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 295 de octubre de 1994

Aunque usted no lo crea, el sexo pertenece más al cerebro que a los genitales. Extraño, ¿verdad?, que el órgano más noble del cuerpo sea el rector de una actividad que muchos han colocado tan abajo, y que una función que aparentemente tendría todo para pertenecer al reino animal sea el producto -o la víctima -de un mecanismo mental.

Pero así es. A menos que se hable de un desempeño orgánico, funcional, mecánico y netamente primitivo, el sexo tiene sus inicios en algún rincón del cerebro. Allí nace, crece y recibe vía libre para culminar. O, por el contrario, allí queda enquistado y convertido en un cúmulo de frustraciones, angustias, amarguras, complejos y todo cuanto se le que ocurra, sobre todo si usted ha vivido la experiencia de querer y no poder, es decir, si usted ha caído en las garras de la impotencia o la frigidez.

En un mundo machista, hablar de impotencia es algo así como caminar sobre un campo minado. En cualquier momento se alborotan las susceptibilidades. No sucede lo mismo cuando se menciona la frigidez, ya que -al decir de los hombres – este problema no se nota, pues a la mujer le resulta posible fingir.

Pero cuando de machos se trata… Se cuenta de un médico urólogo cuyo consultorio se vio desierto con motivo de haber publicado avisos en la prensa en los cuales anunciaba tratamientos novedosos contra la impotencia. Los hombres no volvieron porque temían que al verlos entrar en el consultorio se dedujera que eran víctimas de tal vergüenza.

Pero que la impotencia existe, existe. Y es muy frecuente. Ataca desde el más humilde hasta al más encumbrado (a veces más a este que al primero), y peor aún, puede desencadenarla una nimiedad: un gesto, una mirada, una palabra, un recuerdo… O una mujer “castradora”. En efecto, existen mujeres “castradoras”: una esposa que recrimina a su cónyuge porque cree que “estuvo” con otra; una mujer que se acude al yerbatero para comprar una pomada o un perfume que “pone ardiente al hombre”; Una que hace gestos de desprecio o pregunta inoportuna.

El varón es un ser hipersensible en su vanidad y, por ende, vulnerable a los ataques directos o indirectos, conscientes o no, de su pareja. En este sentido, dice el urólogo Manuel Rueda Salazar, el hombre es más sensible que la mujer. Un instante de inseguridad, y cae en un círculo sin fin: quiere pero no puede, y como no puede una vez, cree que no va a poder la segunda, y sigue queriendo pero como le da miedo no poder, a la tercera vez realmente no puede. ¡Hasta que deja de querer!

¿De qué sufren ellos?

Las dos disfunciones sexuales masculinas más frecuentes son La disfunción Eréctil y La Eyaculatoria. La Primera es la Incapacidad para Obtener y Mantener Una Adecuada Erección que permita La Penetración y la culminación del Acto sexual. En el segundo caso -la eyaculatoria- se habla de eyaculación precoz o de incapacidad para eyacular.

La disfunción eréctil es la más frecuente. Las hay de dos tipos: las síquicas, que son la inmensa mayoría, y las más comunes hasta los 40 años de edad, y las orgánicas, que se presentan prioritariamente después de los 40.

Las síquicas son ocasionadas básicamente por una alteración en el sinergismo que debe haber entre la parte neurofisiológica y la síquica de la erección. El complejo neurológico puede estar absolutamente normal, pero si la persona tiene un sentimiento de culpa en el momento de iniciar su relación, si algo lo molesta, si le viene a la mente un pensamiento (la esposa, por ejemplo, cuando está con otra mujer), entonces su corteza cerebral se bloquea y le resulta difícil o imposible culminar la relación.

Como lo expresa el doctor Rueda, el hombre hace un “libreto” con su relación sexual. Programa cómo va a desarrollarse su conquista y hasta donde va a llegar. Un detalle, por mínimo que sea, que cambie ese libreto, es fatal.

Estos son ejemplos de bloqueo: cuando la mujer rompe los esquemas, se adelanta y propone la relación sexual (¡un atropello!); un hombre demasiado estresado, que no logra divorciar los problemas de su oficina del ambiente de alcoba; el temor de que alguien los haya visto cuando entraron al “nidito de amor…”.

¿Y ellas?

En ellas se habla de frigidez y de anorgasmia. En el primer caso, la mujer no puede llegar a la excitación; en el segundo no hay culmina con un orgasmo.

En la mujer también actúan los factores sicológicos (sentimientos de culpa, angustia, estrés, cansancio físico y depresión, bagaje cultural, educación, temperamento sicorrígido). Pero se considera como causa fundamental el inadecuado acoplamiento de la pareja.

En ambos sexos, el acto sexual se cumple en tres fases: excitación, fase de mesetas o preorgasmo, y orgasmo. Este último es una experiencia sensorial y, por lo tanto, puede presentarse sin que obligatoriamente se produzca la eyaculación.

Ahora bien, la respuesta sexual femenina es muy distinta de la masculina. Es más lenta, sobre todo en las dos primeras fases. De allí que, para llegar a una relación armoniosa, el hombre debe apelar a fórmulas que hagan más lenta su excitación, de tal forma que ambos alcancen el preorgasmo al mismo tiempo. Lo ideal, obviamente, es que ambos lleguen simultáneamente al orgasmo. Fallas en la sincronización desembocan en indiferencia sexual.

Sí se puede… 

Superar la impotencia o la frigidez sicológica es mucho más fácil de lo que se piensa.

Como es obvio, debe ante todo descartarse una causa orgánica, por ejemplo la diabetes, los traumas, las alteraciones hormonales, los tumores, las malformaciones congénitas.
Luego, hablar con el urólogo y con el ginecólogo. El primer paso para curar una disfunción sicológica es vencer el miedo y la vanidad. La reeducación sexual -tratamiento indicado -es corriente; con ella se busca mitigar las angustias y complejos para que la persona tome conciencia del problema, se asegure de que tiene solución, programe un nuevo “libreto”, y comience de nuevo.

Así hasta llegar a convencerse de que sí se puede…

No tan abajo…

El acto sexual no es dominio exclusivo de los genitales. La más complicada autopista, con todas sus desviaciones, puentes y derivaciones, podría asemejarse al camino que se recorre para llegar a la erección y luego a la eyaculación.

Esto significa que el sexo sí tiene su núcleo central en el cerebro. El mecanismo de la erección es un acto reflejo que depende básicamente de dos tipos de estímulos que deben actuar al mismo tiempo: los sensoriales (el olor, el tacto, la visión, la audición y el gusto), y los síquicos.

Los estímulos llegan a la corteza cerebral y, a través de sus conductos nerviosos, alcanzan los núcleos primitivos de la erección (porción sacra de la médula, S1, S2, S3). De allí, siempre a través de haces nerviosos, llegan al pene con la orden de que se llenen de sangre los cuerpos cavernosos para que se realice la erección. Para la eyaculación entran en acción otros nervios: unos tienen la función de poner en marcha la contracción de las fibras musculares ubicadas en el epidídimo deferente, las vesículas seminales y la próstata; y otros ordenan el cierre del esfínter interno de la uretra (salida de la orina) y la apertura del externo (del semen).

Cuando la persona tiene una alteración neurológica, el proceso de la erección puede cumplirse pero no culminar. De igual forma, las alteraciones síquicas bloquean el proceso.

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