El lado positivo de la soledad

Si va a pasar Año Nuevo lejos de sus familiares y amigos no lo vea como algo malo, pues un poco de soledad puede significar una fácil fórmula de renovación vital. Mayor creatividad, mejores relaciones sexuales y antídoto contra el estrés.

Aunque existimos en una sociedad que defiende la independencia, sentimos temor ante cualquier forma de aislamiento y por eso tratamos todo el tiempo de vivir conectados con los demás. Los celulares permiten localizar a cualquiera, y las religiones construyen megatemplos que están reduciendo las posibilidades del verdadero recogimiento espiritual. Aparentemente estamos muy cerca de los demás, demasiado cerca, pero en el fondo nos hallamos fuera de su alcance y, lo que es peor, fuera de nuestro propio alcance. Es que la posibilidad y la necesidad de lograr una genuina y constructiva soledad se ha ido perdiendo, y en ese proceso también nos hemos perdido nosotros.

Ahora, más que nunca, necesitamos de nuestra soledad. Estar solos nos da el poder de regular y ajustar nuestras vidas. Nos enseña fortaleza y habilidad para satisfacer nuestras necesidades. Nos devuelve energía, nos hace descansar de tantas tensiones, nos permite explorar lo escondido con nuestra curiosidad y aumenta el deseo de ser individuos con esperanzas de libertad. La soledad es una fuente de vida.

Siempre cito como ejemplo el ejercicio de soledad que practica una pareja que disfruta plenamente del sexo. No se acuestan ni se levantan al mismo tiempo, por la mañana ella disfruta, en la quietud del barrio, de una taza de café mientras hojea los periódicos. Esa soledad disfrutada paralelamente les ha permitido gozar mejor de sus encuentros.

Por supuesto, tanto la necesidad de estar solos como el acercamiento a los demás son esenciales a los humanos para sobrevivir, y ambas situaciones son exigentes. No en vano la naturaleza ha convertido el sueño en una de las mayores prioridades en esta necesidad de soledad, pero si uno se fija en el aumento de clínicas para tratar los desórdenes del sueño y el consumo creciente de somníferos, ese recurso natural está en crisis. En el fondo de todo, el problema es simple: creer que soledad y acercamiento son condiciones que se excluyen, olvidándonos así del placer que puede generar la primera.

En el transcurso de la historia, la soledad ha cambiado de contexto. “Solo” no quiere decir que los demás estén ausentes. En el lenguaje medioeval significaba un ser completo, y en términos religiosos se refería la comunicación directa con Dios. En la actualidad muchos piensan que “solo” significa “asocial” o una persona “con quien no deben tomarse riesgos.

Por supuesto, el aislamiento es el mayor riesgo de la soledad. La sola idea de una persona que quiera estar sola, implica una niñez llena de traumas y temor al abandono y rechazo, y hace que muchos busquen acercarse más a esos solitarios. Pero la gente se olvida de algo importante: el aislamiento no puede ser desechado totalmente de la vida cotidiana. Lo mismo que la ansiedad o la culpa, forma parte de la condición humana.

Apenas ahora, los sicólogos comienzan a distinguir entre soledad y aislamiento. Sentir nostalgia por un amante, un amigo o un familiar no es la causa de la soledad, como tampoco encontrar a otra persona puede convertirse en la cura. Algunos de quienes sostienen fuertes lazos familiares pueden sentirse tan solos como los que viven por su cuenta. Los lazos con otros no encierran fuertes relaciones, porque en algunos casos esos lazos se sostienen como un costoso compromiso personal. Muchos se sienten como rehenes de determinadas relaciones.

Muchas personas, sin saberlo, andan a la cacería de alguien que los mantenga conectados con el mundo pero que simultáneamente les permita disfrutar de su soledad, de su mundo particular. El tiempo “en solitario” y el “tiempo con el otro” demandan de mucho tacto para evitar conflictos. Algunas sociedades que defienden los lazos familiares y sociales muy fuertes al mismo tiempo facilitan a los individuos la oportunidad de estar solos, formas aceptables de apartarse de los demás mientras cazan, pescan, bailan o se dedican a otras actividades solitarias. Por eso, los visitantes que llegan a Japón se sorprenden al descubrir, junto con los grandes espacios públicos, pequeños nichos dentro de los cuales los ciudadanos pueden aislarse.

Cuando hablo de algunos pacientes que se refieren a sus familiares y amigos, sorprende profundamente escucharles decir que agradecen a los otros, se sienten reconocidos porque de vez en cuando les permiten gozar de cierto tiempo para ellos solos, como si fueran prisioneros a quienes les dan la libertad antes de merecerla. Piensan y sienten que su libertad es un regalo valioso, y por eso la pasan mal cuando quieren insinuarlo.

Quizás el mayor error está en la forma como atisbamos la soledad. Así como la necesidad y el gusto por la comida son satisfechos de distintas maneras, la soledad puede ser encontrada aun en medio de una multitud o con otra persona, y no necesitamos de silencio ni quietud porque lo podemos lograr en un salón de baile o en medio de un bosque lluvioso.

Por supuesto, como lo enseñó Thoreau, una de las formas más gratas de hallar la soledad es contactando la naturaleza en su forma más simple: un bosque o una montaña, una playa o una isla, pero como esas facilidades no se encuentran a diario, hay que inventarse un recurso que reemplace tales sitios. Las necesidades de estar solos y seguir conectados con otras personas, son esenciales para la felicidad del ser humano y el goce de la vida. Este ejemplo puede ilustrar mejor esa idea.

Una de las grandes inquietudes de la religión es relacionar la soledad con la búsqueda de Dios, o sea, la conexión con otro ser. Para alcanzar esa situación los monjes se internan en los conventos, con otros monjes. Ahora, monasterio y monje provienen de la misma palabra griega que significa solo o singular. Pero la palabra convento procede del latín convenire, que significa estar juntos. Los orígenes de ambas palabras, monasterio y convento combinan poéticamente las dos necesidades básicas de estar solo y también acompañado.

Por eso no es exagerado afirmar que un monje o un ermitaño yacen en el fondo de cada uno de nosotros, echando de menos el goce de la soledad. No por simple casualidad las religiones guardan un día de la semana para que sus fieles no solo busquen a Dios, sino para que ejerzan la soledad plenitud. No importa que sea en medio de grupos ruidosos. En la actualidad, el uso del computador con todas sus ventajas se ha convertido en una forma de estar solos pero conectados con el resto del mundo. Aparentemente, en un mundo que atenta contra la soledad, el computador la facilita pero puede convertirse en un elemento dañino y disociador si se toma como una forma de cerrar las puertas a cualquier relación social, familiar o sentimental. Quizás el mejor chiste sea el de un amigo que quiere perderse en un bosque pero con un celular a la mano: así, al sentirse aburrido de la soledad, bastará con marcar un número.

Una de las mayores demandas que formulan las parejas a los consejeros y psicólogos es cómo mantener una relación conyugal durante toda la vida o al menos por tiempo largo. Siempre respondo que el secreto de las relaciones exitosas se alimenta con el respeto a la soledad del otro, al disfrute de su tiempo, sus pensamientos, sus gustos, su alma.

En toda relación hay una serie de etapas que van desde el éxtasis sexual de los primeros meses, pasando por la alegría de los hijos, hasta llegar la costumbre del amor una vez cada quince días.

Cuando aparecen disputas y discusiones agrias es porque el uno no ha comprendido que así como debe respetar la soledad del otro, también debe luchar por preservar la propia. Parece simple pero demanda una alta dosis de paciencia, amor, inteligencia, solidaridad y comprensión.

Muchas veces las peleas buscan reafirmar una actitud ante el compromiso que se mantiene con el otro. Lo difícil es comprender que mientras más se facilite el ejercicio de la soledad por parte de ambos, los conflictos (siempre los habrá) serán más llevaderos.

Para que el derecho a la soledad no sea vulnerado u olvidado, lo mejor es que la pareja desde un principio lo plantee como un elemento fundamental. Cuando el uno sabe cuánto necesita el otro de su soledad, y al pasar los días, ese ser idealizado se convierte en un hombre o una mujer común y corriente, ese espacio ganado para la soledad devolverá la magia a la relación y todas las imperfecciones podrán ser soportadas, o compartidas. La soledad debe ser despojada de su etiqueta negativa y antisocial porque es uno de los elementos más positivos que tenemos la mano.

Revista Diners de junio de 1998. Edición 339

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