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Plan de vacaciones: visitar El Dragón Dorado, el jardín de bonsáis de La Calera

Un filósofo portugués ha sido el creador y guardián de este espacio por más de 10 años.

Foto: Cortesía Merceano de Jesús Melo

Un filósofo portugués ha sido el creador y guardián de este espacio por más de 10 años.

Se trata de Merceano de Jesús Melo, quien, tras casarse con una colombiana, decidió venir a vivir al país hace más de 20 años. Desde entonces se convirtió en una suerte de coleccionista de bonsáis.

Antes del jardín, él y su esposa, Patricia Pérez, tenían un apartamento en La Colina Campestre que con el tiempo se fue llenando de pequeños arbolitos hasta que ya no le cupo ni uno más. “Mi terraza y la del vecino estaban llenas de bonsái”, cuenta.
Unos amigos suyos eran los propietarios del espacio donde está hoy el jardín, a cuatro kilómetros después del peaje Los Patios, en La Calera, y le propusieron un intercambio entre dicho espacio y su apartamento. Merceano y Patricia aceptaron sin vacilar y desde entonces los bonsái tienen su propio templo.

El camino hacia el Jardín de Bonsái El Dragón Dorado es majestuoso, lleno de árboles, el aire que se respira es limpio, se escucha el canto de los pájaros y se percibe la paz del campo. Atrás quedan los edificios, trancones y el bullicio de la ciudad.
Uno se da cuenta de que ha llegado al jardín cuando ve una fachada de tipo oriental con un dragón dibujado en la puerta. Justo al lado hay una escultura de un pescador del río Li, uno de los más importantes de China y cuyo fantástico paisaje le ha servido de inspiración a Merceano para diseñar varios de sus paisajes en miniatura.

El jardín es un lugar cubierto y lleno de arbolitos de distintos estilos, tamaños y colores. “Los bonsáis fueron los que me trajeron a este espacio, me sacaron de la ciudad y me pusieron en la naturaleza para crear este proyecto. Son mágicos”, comenta Merceano para quien esta disciplina, o más bien, este arte, conlleva un conocimiento profundo del ser humano. A su juicio, el artista diseña el arbolito, pero este también esculpe a su creador.

Merceano de Jesús Melo

En ese proceso de modelaje, el bonsaista entra en un estado de meditación profunda hasta que la división entre este y la planta termina difuminándose y ambos pasan a ser una sola cosa conectada con un todo. Esa es la visión filosófica que enamoró a Merceano de los bonsái.

El camino del bonsái

Para los pobladores de China, donde se originó este arte hace unos dos mil años, el arbolito con su maceta representa un puente entre lo divino y lo humano, el cielo y la tierra y, según la tradición, aquellos que lo conservan tienen asegurada la eternidad. En Japón, donde fue llevado por los monjes hace unos 800 años, fue interpretado desde la concepción Zen con un conocimiento espiritual también muy profundo.

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A Merceano le llega entonces esta disciplina a través de la ética comparada. “Siempre me gustó hacer diálogos entre culturas y conectar distintas miradas. El bonsái representa un mundo oriental más interior, espiritual y metafórico y otro occidental donde prevalece el objeto exterior y donde el bonsái es visto como un elemento decorativo”.

En el jardín destacan paisajes en miniatura que rememoran distintos lugares visitados por su dueño, como El Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie, en China, donde se grabó la película Avatar, que destaca por sus formaciones rocosas y que fue fuente de inspiración para que el director James Cameron creara las cumbres flotantes de la luna Pandora.

De hecho, Merceano tiene en su paisaje dos muñequitos azules que representan a los protagonistas de la película. “Aunque conozco el lugar, el bonsái también podría trabajarse solo desde una fotografía”, explica.
Uno de sus primeros trabajos fue un bosque de bambú cuya simbología representa la vida y la muerte, pero además, “esta planta ofrece un importante consejo sobre la actitud que debemos mantener frente a la vida: flexibilidad, porque sin esta estaríamos ‘fregados’”.
Según él, cada arbolito y paisaje narra una historia y representa la filosofía de vida del artista. En su jardín destaca, por ejemplo, un arrayán de más de cien años de vida como árbol, y que como bonsái tiene unos 33. La planta se salvó de un incendio en una montaña donde también fue macheteada, “la rescataron y más adelante la adquirí yo”.

Los estilos de bonsái también son variados, habrá unos 8 o 9 estilos clásicos que podrían combinarse hasta el infinito según la creatividad de su autor, y es así como en el jardín de Merceano hay bonsáis de tipo vertical, en escoba, cascada, semi-cascada, inclinados, bonsáis barridos por el viento, con múltiples troncos, bosques, enraizados en roca etc. “El árbol crece en función de la luz y sobre eso se diseña”.

La construcción de un paisaje puede llevar alrededor 15 años, y aunque su objetivo no es vender los bonsáis, un paisaje como el de Avatar puede costar aproximadamente 80 millones de pesos dado el tiempo invertido y el diseño, que le da una impronta artística.
Tiene otro paisaje muy impactante que recuerda su paso por el río Li en China, un lugar de montañas enormes que, aunque el visitante no lo conozca, genera esa sensación de Oriente. Los paisajes no son entonces una reproducción exacta de los escenarios, pero sí traen una memoria de los mismos.
Es el caso de un bosque nórdico lleno de pinos cuyo paisaje en miniatura es bellísimo y evoca la naturaleza europea. “Este bosque me transporta a Laponia, un lugar con proximidad a la frontera con Rusia”, expresa Merceano.

Pero el bonsái para ser bonsái requiere de una maceta, aunque también puede venir en una roca. “Lo que está sobre la roca permanece, tiene y genera vida. Las piedras además se dejan trabajar fácilmente, les haces huecos y pones la planta, aunque es importante verificar que esta sí se adapte al material”. Las rocas además ayudan a construir los riscos y montañas de los paisajes y a crear atmósferas y se pueden conseguir en canteras.

En el jardín hay materas de China, Japón y de distintos lugares, pero otras son fabricadas allí mismo. “Con una ceramista colombiana estamos trabajando materas de bonsái con huecos en la parte inferior que ayudan a anclar el alambre”. Tal alambrado es el que ayuda a darle forma al bonsái en su diseño. “No todas las plantas lo necesitan, ni tampoco todo el mundo usa esta técnica”.

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Hay, por ejemplo, unas macetas elaboradas con piedras lajas del río Kurama en Japón que valen, según él, aproximadamente 300 mil dólares, pero se realizan imitaciones en cemento muy fieles y que cuestan cerca de 200 mil pesos.

Los bonsáis también se clasifican según su tamaño, están los Chito, que caben en la punta de los dedos; los Chojin, que se pueden llevar en dos manos; y el imperial, que puede medir de 1 a 3 metros aproximadamente y que representan árboles de más de 30 metros. Este último podría necesitar de hasta 200 personas para mover su maceta. El pequeño es símbolo de la tierra; el mediado, representa al ser humano y el grande, es el cielo.

Dentro de las líneas japonesas y chinas la variedad es enorme, y el bonsái, como cualquier arte, expresa la cultura de un territorio. “Los japoneses son más minimalistas, usan pocas cosas, cuatro ramas y árboles más compactos, mientras que los chinos son más complejos”.
Los japoneses, explica de Jesús Melo, expresan el vaciamiento de la mente, además viven en una isla, máximo a 150 kilómetros del mar en condiciones agrestes, siendo capaces de transformar sus condiciones de vida con unas pocas cosas.

“El bonsái japonés responde también al haiku, el poema más corto del mundo, tiene estructura y solo17 sílabas”. Sin ir muy lejos, el símbolo del Zen de Japón es un círculo que representa el cosmos, lo lleno, lo vacío, la frontera, adentro, afuera, el límite, etc. Es decir, dicen mucho con poco.
Por el contrario, en China, los espacios son más grandes, hay más gente, los paisajes son más exuberantes y la poesía tiene, claro está, muchos más elementos.

En el jardín hay arces japoneses, castaños portugueses, olmos chinos, nativos, cedrones, el jaboticaba del Brasil, los arbolitos de raíces aéreas que recuerdan a los árboles barba del viejo, del Parque El Gallineral en Santander, hay muchos, pero entre los más especiales está el baobab o árbol botella que es sagrado en África y que, a escala natural, sirve como reserva de agua. La leyenda dice que el viajero que duerme bajo el baobab siempre volverá. Verlo convertido en metáfora, en bonsái, es casi un acto mágico.

El jardín tiene varios espacios, cabaña, lago y está rodeado de estatuas de Buda, tiene un jardín zen para mover la arena con rastrillo y semejar el movimiento del agua, entrando así en una profunda meditación; está también la pagoda, una estructura vertical delgada que representa el vacío y la muerte, pero cuando el día es soleado, el espacio se llena de mariposas amarillas, colibríes y pájaros que le dan una atmósfera especial.

La sensación es de escaparse a un rinconcito de oriente que ofrece visitas guiadas por el mundo del bonsái los días sábados y domingos, también hay talleres de bonsái y de meditación y cocina entre otros más.
Mayor información con el mismo Merceano de Jesús Melo al: 3123899585.

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Junio
19 / 2019

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