Cuando la realización laboral enferma

Es muy difícil reconocer esta adicción en tiempos en los que trabajar duro le hace cool.

La psiquiatra le dijo que ella era una adicta al trabajo.

Paola Méndez despertaba a las 5:00 a.m., hacía media hora de ejercicio y mientras tanto pensaba en el comunicado que debía escribir y enviar. Se vestía y se aseguraba de verse como la ejecutiva que era, desayunaba solo para decirse que sí había desayunado y salía al trabajo cuando el reloj marcaba las 6:30 a.m.

El día corría a la velocidad de las llamadas de clientes satisfechos e insatisfechos, de correos y trabajos que otros dejaban a medio hacer (o que a ella le parecía que dejaban a medio hacer). Al almuerzo, todos se iban, menos ella. Necesitaba solo de quince minutos para comer y luego continuaba con el pendiente que la acosaba frente a su pantalla.

Paola era un oficinista que cumplía horarios. A las cinco de la tarde, ya todos la veían salir. Pero al llegar a su casa estaba de vuelta en la pantalla, trabajaba hasta las 9 o 10 de la noche y se iba a la cama con el ruido de todo lo que faltaba, porque siempre iba a faltar algo por hacer.

“Tenía una libreta en la mesita de noche porque a mí me llegaban las ideas a cualquier momento, y tenía que anotarlas. Me despertaba y comenzaba a trabajar, a desarrollar una idea sobre cómo podía manejar o hacer el lanzamiento de un producto. Y si quería escribir más bonito, decía yo, o hacer los mejores comunicados, lo hacía como a las 4 de la mañana. Entonces, también me levantaba a redactar el contenido”.

Los sábados Paola estudiaba: hizo portugués, inglés y dos posgrados. Los domingos visitaba a sus padres y llevaba el computador al hombro en un morral, por si algo sucedía (algo que era trabajo).

“Si a mí me quedaba una hora para entregar algo, era como mi felicidad, hasta que me falló la cabeza, me falló el cuerpo, o sea, cambié radicalmente. Eso me asustó mucho, antes podía aguantar cuanta presión tuviera, y no es que sea muy vieja, tengo 43 años”.

Por mucho tiempo Paola se sintió bien. Le parecía que ella era un modelo ejemplar de escasas mujeres que podían autodenominarse “súper ejecutivas”.

Pero se casó, quedó embarazada y su tiempo dejó de ser solo para ella. Con un niño en brazos, Paola debía tomarse los tres meses de licencia de maternidad que por ley le correspondían. Sin embargo, no aguantó, regresó antes porque el agobio de no estar haciendo lo que siempre había hecho le despertó una voz en su cabeza que le llevó a regresar.

Es común creer que alguien es adicto al trabajo porque trabaja demasiadas horas. Sergio Castro Díaz, psiquiatra e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana, dice que un adicto no se define por el número de horas que trabaja. “La diferencia se ve en las consecuencias de su conducta. Un entusiasta por trabajar no sufre por su trabajo, en especial, no presenta problemas en su salud, además puede mezclarlo con otros aspectos de su vida. En cambio, la persona con adicción al trabajo es negligente consigo mismo y se ve un marcado deterioro en su autocuidado. Hay deprivación de sueño, y no escuchan las necesidades de su cuerpo, por eso es común que aparezcan problemas de salud física y psicológica”.

Paola fue al psiquiatra y no entendió cómo era posible que el diagnóstico tuviera la palabra adicción: “yo decía ¿pero cómo es que algo bueno, algo que me dignifica, me está haciendo daño?

Esta adicción camina camuflada entre los aplausos y las alabanzas de una cultura entusiasta del trabajo. Derek Thompson, periodista del diario The Atlantic, considera que la cultura laboral de la élite con educación universitaria consiste en ver el trabajo “no solo como un medio para garantizar la provisión económica, sino como la pieza central de la identidad y el propósito de la vida”. Un medio para ser lo que todos quieren ser: alguien.

Hoy en día, el trabajo se oculta entre eufemismos que tienen la misma connotación simbólica de los llamados divinos: “proyecto de vida”, “propósito personal”, “misión” o “emprendimiento”. Este catecismo laboral del capitalismo del siglo XXI ha derivado
en la búsqueda de una vida que persigue la productividad, como un sabueso a su presa.

Google es un buen medidor de esa búsqueda frenética: “5 consejos realistas para ser productivo y entrenar tu fuerza de voluntad”; “¿Cómo ser productivo? 18 rutinas, 12 consejos y 10 apps”; “8 Rutinas mañaneras que te ayudarán a ser más productivo; “7 alimentos para ser más productivos y tener una supermemoria”; “8 tips para que el ocio sea productivo”. La web ofrece toda clase de soluciones que derivan en una sola conclusión: todo lo que se vive está en función de ser más productivo.

Paola Méndez no se dio cuenta de su adicción porque su devoción al trabajo fue siempre una rutina de vida. El psiquiatra Sergio Díaz Castro dice que “es muy difícil darse cuenta si alguien puede ser considerado adicto al trabajo. Sobre todo porque en la actualidad no existen criterios o parámetros para definirlo. Solo en la última década se han empezado a realizar estudios sólidos para poder clasificarlo. Es una de estas categorías que se encuentran aún en estudio para evaluar su validez como algo que debe ser tratado independientemente o si se entiende como un fenómeno que hacer parte de algo mayor”.

Al no haber una definición clara es muy difícil poder saber cuántas personas sufren esto en toda la población, sobre todo porque en tiempos como este, ser un apasionado del trabajo es celebrado hasta por marcas de ropa deportiva que te dicen Just do it.

WeWork, la empresa que ofrece servicios de coworking a nivel mundial, nos hace creer que trabajar duro es un estilo de vida. El emprendedurismo religioso, que desde hace años acapara a fieles, nos hace pensar que el trabajo debe ser la realización del ser, y que solo emprendiendo un proyecto, es que esto se logra.

Pero creernos muy ocupados, no tener tiempo para nadie ni nada que no sea el trabajo y llevar una vida laboral alabada por los éxitos cosechados, a veces roza con un peligro cada vez más común entre las generaciones más jóvenes: el peligro de perdernos a nosotros mismos. Pues, como dijo el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en entrevista para el El País, “ahora uno se explota a sí mismo creyendo que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”.

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