Keynes, el hombre que le hizo la fisioterapia al capitalismo

En épocas de fiestas recordamos los aportes del economista británico John Maynard Keynes, quien demostró que lo que era bueno para su bolsillo podría ser bueno también para las finanzas del mundo occidental.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed.158 de mayo de 1983

La Inglaterra de la época de John Maynard Keynes estaba en el mismo sitio que hoy, pero era muy distinta a la de ahora. Había más prosperidad, mayor optimismo y, sobre todo, no rondaba por ahí la antipática señora Thatcher.

A mediados del siglo la Revolución Industrial, cuyo primer impulso provenía desde el 18, había llegado a uno de sus puntos culminantes. El desarrollo textilero acababa de producir la transformación de las principales industrias. El carbón se había impuesto como combustible industrial. En 1880 la Gran Bretaña poseía la tercera parte de los motores de vapor que operaban en Europa.

Para entonces la Revolución había traído un notable aumento en las escalas, de producción y en la concentración de la producción industrial. Conviene recordar que en ese mismo año, y en el mismo sitio, moría Carlos Marx, quien denunció los males del capitalismo piafante que veía a su alrededor y pronosticó el arribo del socialismo. Algunos síntomas extraños parecían conceder cierta razón a Marx.

Las finanzas atravesaban, como se ve, un momento del desconcierto. Fue entonces cuando John Neville Keynes, economista y catedrático de Cambridge, convenció a su esposa, Florence Ada, de que se necesitaba urgentemente encargar un niño que pudiera trazar algunas pautas a la despistada economía del capitalismo finisecular.

Desde ese momento la economía marcó el destino del personaje. John Neville era profesor de lógica de la Universidad de Cambridge y su mujer fue una de las primeras estudiantes de esa época. Esto le permite educar al niño pagando solo media beca, así que, con tan económicos propósitos, se lanzaron a la tarea. El embarazo duró nueve meses, según lo había calculado con frío lógica John Neville. Planearon todo para que naciera en verano.

Ello significaba un ahorro en el coste de la infraestructura necesaria para acomodar al bebé. John Neville estimaba que si invertía en acciones de una siderúrgica las libras esterlinas necesarias para adquirir el atuendo del invierno, cuando llegara la época de frío podría comprar tres pañales más con la valorización de los papeles. Así fue. Bautizaron al niño John Maynard, pero después, también por razones de economía, resolvieron llamarlo simplemente Maynard.

Los Keynes eran inteligentísimos. John Maynard formuló trascendentales. Geoffrey, su hermano, llegó a ser uno de los principales cirujanos de Inglaterra. Y como su hermana Margaret no se destacara especialmente, la obligaron a casarse con el doctor A. V. Hill, un fisiólogo que ganó el Premio Nobel. No perdonaban una.

Vivir sin gastar: el secreto de la economía

Maynard resultó mucho más propenso al ahorro de lo que soñaron sus padres. Ni siquiera media beca fue preciso invertir en su educación, porque el muchacho ganó beca completa en Eton, Un colegio de élite en el cual obtuvo los primeros puestos.

Allí empezó a codearse con miembros de la oligarquía británica. Primero se codeaba pasito. Después se codeaba mucho más duro. Al final se tomaban de gancho. Terminó el bachillerato, ofreció una nueva prueba de su vocación para ahorrar dinero al ganarse una beca que le permitió estudiar gratis en King’s College. En 1905 obtuvo allí su diploma de matemático; que mandó enmarcar en un taller donde hacían rebajas al que presentara un cupón recortado del periódico.

Tanto Eton como King´s College están en Cambridge. A fines del siglo pasado estos establecimientos eran mucho mejores que la Universidad La Gran Colombia. Acudían a ellos jóvenes de los más sofisticados hogares ingleses.

Allí conoció a Maynard a algunos personajes que le despertaron interés por las bellas artes. Para probarlo, empezó a invertir en cuadros y se casó años después con Lydia Lupokova, una bailarina rusa de ballet.

Esta boda le permitió obtener entradas gratis a las funciones de vespertina. El ambiente de las escuelas de Cambridge en ese entonces era muy especial. Se levantaba allí en un conjunto privilegiado de jóvenes que acusaban notorias tendencias hacia la filosofía y el socialismo. Después también demostraron inclinaciones hacia el homosexualismo y el espionaje.

De este conjunto lo más destacado era el grupo de “Los Apóstoles” al cual Pertenecían Keynes y varios de sus amigos. Según el historiador Malcolm Muggeridge, Maynard compartió en una época todas las características del grupo, salvo el espionaje. Con el tiempo abandonó el homosexualismo. Se desprendió, por último, de las tendencias socialistoides, que eran, en realidad, las que más preocupaban a sus padres.

Esto último resulta bastante evidente si uno lee escritos tan conservadores como el que publicó en 1931, donde llamaba a El Capital “libro anticuado, científicamente erróneo y carente de interés”. En esa misma página hacía una apología aristocrática, al rechazar el hecho de que el socialismo prefiriese “el barro (las clases populares) a los peces (la alta burguesía)”, y agregaba que a esta última se debían “todos los logros del género humano”.

Hablaba así, claro, porque no era obrero de una mina de carbón sino un ‘gentleman’ aficionado al bridge y porque su apellido no era Chipatecua sino que provenía, muy apergaminado, de un tal William de Cahagnes, que vivió en 1066.

En 1906, para celebrar los 840 años de su apellido, ingresó al Departamento de la India, dependencia del imperio británico. Fue durante dos años el funcionario modelo: se vestía bien, tomaba champaña, jugaba al naipe y no hacia absolutamente nada. Bueno, exagero: una vez embarcó para Bombay un toro de pura raza. Su contacto con las economías del Tercer Mundo acentuó en él la Noción del Ahorro.

Años más tarde, en Argel, pagó a un embolador una suma inferior a la tarifa habitual y, aunque el lustrabotas protestó, se negó y rectificar su error. ¿Saben lo que adujo, según Heilbrunner, uno de sus biógrafos? Que no estaba dispuesto a “contribuir a la depreciación de la moneda”. El embolador, que sí estaba dispuesto a depreciar el idioma, le gritó en árabe que su hijo debutaba, o algo así.

Keynes odiaba su puesto. El lo que quería era ser director de una compañía ferrocarrilera, para poder viajar de balde. O ganarse otra beca. En 1908, cuando le dieron la beca en King’s College, se marchó dichoso a Cambridge a estudiar gratis y enseñar filosofía cobrando.

Su primer libro no versó sobre economía sino sobre matemáticas. Se titulaba Tratados de la probabilidad y, aunque trataron de publicarlo, las probabilidades de que se vendiera eran muy pocas. Permaneció inédito durante trece años. A fin de evitar nuevas frustraciones, alguien convenció a Keynes de que enseñara economía. El joven había mostrado gran habilidad para vivir bien gastando poco, y a sus amigos y profesores les pareció que podría revelar sus secretos al estudiando.

Fue así como empezó formalmente su carrera de economista. Keynes tenía ya ideas claras sobre los problemas económicos; el siguiente paso consistía en oscurecerlas. Su primer ensayo en ese sentido se publicó en 1913. Se trataba de la obra Finanzas y moneda en la India, que despertó inusitado interés entre los siete miembros del comité sobre finanzas y moneda en la India, del cual era miembro Keynes. No se sabe que hubiera sido leída por otras personas.

Segunda corbata y primera insubsistencia

El libro era absolutamente impenetrable y totalmente inútil, razón por la cual su autor fue nombrado de inmediato para otro cargo público. Ingresó a trabajar en el departamento del tesoro cuando se iniciaba la Primera Guerra Mundial y, antes de que terminara, ya era jefe de una oficina equivalente a la superintendencia de cambios. ¡Lo que puede la guerra!

Se pasó al comité de finanzas de la India y al departamento del tesoro marcó una importante característica en Keynes su obra, consistente en que, a diferencia de Marx, tuvo la posibilidad de llevar a la práctica sus teorías económicas. Esa condición representaba un doble reto para él. Y sobre todo para Inglaterra.

Al poco tiempo fue incluido en la delegación británica que tomó parte en la Conferencia de Paz de París, de 1919. En tan importante foro de la post-guerra tuvo oportunidad de presentar por primera vez sus magnánimas fórmulas para la recuperación económica de Europa. Cuando terminó de exponerlas, los delegatarios de varios países –gente vengativa y la beligerante -se pusieron en pie y lo sacaron a sombrerazos.

Keynes renunció en una carta urticante que dirigió al Primer Ministro, Austen Chamberlain, y que este devolvió porque en realidad el Primer Ministro no era él sino David Lloyd George. Para completar su desquite, escribió en sólo tres meses un libro que le dio el primer empujón hacia la fama mundial: Las consecuencias económicas de la paz.

En él hacía un examen sobre las consecuencias económicas de la paz, ensayo muy aplaudido porque con frecuencia los libros dicen una cosa en el título y otra en el contenido. Allí aparece una pionera visión moderna sobre el estancamiento, situación que Keynes predecía para las economías mundiales en un término no muy largo. En Estados Unidos se rieron de sus tesis.

El país atravesaba un momento dorado y sólo a un estúpido podría ocurrírsele que estuviera gastándose una crisis económica. En 1929, cuando llegó la crisis, ya no les pareció Keynes tan estúpido. Incluso, algunos empezaron a comentar que tenía una “mirada inteligente”. Las señoras opinaban, además, que tenía lindas manos. El también.

El mundo sorteó la crisis sin Keynes. Todavía no le perdonaban su carta de años anteriores. Maynard seguía en ayuno de cargos oficiales. Ya que no podía hacer travesuras con el fisco en la aplicación de sus teorías, se dedicó a demostrar sus habilidades para ganar dinero.

En pocos años logró reunir casi tres millones de dólares. Algunos dicen que esta bonanza atrajo a muchos parientes pobres que se encontraban sin chanfa debido al estancamiento económico del país; querían que Maynard les ayudara a conseguir puesto. Fue entonces cuando se le ocurrió a Keynes sugerir en sus clases que el Estado podía ayudar a reducir el desempleo si se deducía a fomentar las obras públicas.

Su tesis horrorizó a los alumnos dogmáticos, que creían que las fuerzas del mercado proveerían suficientes puestos, pero fue recibida con aplausos por los alumnos que necesitaban mejorar sus notas. Entusiasmado, Keynes fue más allá y propuso la intervención estatal en las políticas fiscales con el fin de buscar estabilidad económica.

Como la mayoría de las personas entendieron fácilmente la posición de Keynes, este resolvió entonces complicarla un poco inventando términos tales como “propensión marginal al consumo”, “demanda efectiva”, “renta agregada”, “inversión neta”. Por si la tesis no estuviese suficientemente enredada, procedió a formular ecuaciones. Una de ellas dice que Y (ingreso)=C (consumo) + I (inversión). Otra señala que VE (volumen de empleo)= NC (nivel de consumo) + NI (nivel de inversión). Nadie entendió nada, pero a todos les pareció muy científico que se formulará la economía en las ecuaciones.

El desempleo llegó a los extremos dramáticos y, después de los parientes pobres de Keynes, afectó gravemente a las bailarinas rusas residentes en Inglaterra. La mujer de Keynes quedó cesante. Esto motivó a su esposo a insistir en su tesis y plantear de una vez por todas su gran teoría sobre la necesidad de la intervención estatal como catalizador de la creación de fuentes de trabajo. El descubrimiento de Keynes el empleo como función de la economía fue d enorme importancia.

Durante los meses siguientes Keynes siguió dedicando al tema del empleo todo su interés y mucho dinero. Finalmente publicó en 1936 su obra capital: la Teoría general del empleo, el interés y el dinero. En ella ofrece un nuevo marco a la economía capitalista, de trascendencia comparable a la que tienen las teorías de Adam Smith y David Ricardo.

Un año después, y seguramente como consecuencia del esfuerzo que le demandó esta gran obra, Keynes sufrió una trombosis coronaria de la cual nunca llegó a recuperarse por completo. El seguro cubrió los gastos.

Reconstruyendo

Al estallar la Segunda Guerra Mundial el gobierno inglés llamó de nuevo a Keynes. Su misión era la de programar una economía de guerra y un plan de recuperación cuando ésta terminase. En 1942 se le hizo miembro de la cámara de los Lores y se le confirió el título de Barón, lo cual no deja de ser irónico si recordamos la fama que tenía el grupo de “Los Apóstoles” durante sus años universitarios.

Keynes resultó inspirador de las principales medidas internacionales que se tomaron con miras a conformar un nuevo horizonte económico tras la guerra. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial nacieron en el encuentro de Bretton-Woods en 1944; Keynes fue el partero de ese alumbramiento.

Ya para entonces, sin embargo, había desarrollado cierta antipatía por los economistas norteamericanos, producto del virus que adquirió en los años 20, cuando ellos se burlaban de sus tesis. Su antipatía crecía por momentos, y eso que no alcanzó a conocer a Milton Friedman. Keynes sostenía que sus colegas gringos aspiraban a dominar todas las conferencias y a imponer sus tesis en todas las negociaciones.

En 1946, terminada la guerra, Maynard acudió a la reunión de Savannah (Estados Unidos), donde se iban a tomar decisiones de importancia sobre las instituciones creadas en Bretton-Woods. Maynard llegó con espíritu de transacción y compromiso. Pero los norteamericanos jugaban de locales y ni transaron ni se comprometieron.

La derrota fue muy dura para el altivo profesor británico. En el mismísimo tren en que abandonaba el lugar de la conferencia sufrió un severo ataque cardiaco. A duras penas consiguió regresar a su tierra, donde murió el 22 de abril del mismo año. El gobierno pagó el entierro. Los padres de Keynes, que aún vivían, asistieron a los funerales en la Abadía de Westminster. Tenían entre ambos 182 años. Eso, al 36% anual, ¡rinde más del 65…!

Esencias keynesianas

¿Cuál fue el aporte de Keynes a la historia de las ideas económicas? A juzgar por lo que se lee, cada tratadista tiene su propia síntesis sobre el mismo.

Según Joseph Schumpeter, “el mensaje de Keynes parece decir que el ahorro, el interés y el subempleo revelan una nueva visión del proceso capitalista, en contraste con el antiguo análisis del envejecido capitalismo inglés”.

A su turno, Joan Robinson sostiene que la esencia del pensamiento keynesiano es la siguiente: “Una distribución desigual del ingreso crea una tendencia crónica a la demanda de bienes que la coloca en desventaja a la capacidad productiva de la industria. Los que quieren consumir no tienen dinero para comprar; y los que tienen dinero no quieren consumir sino ahorrar”.

Eric Roll, en cambio, opina que “el punto importante de Keynes es su énfasis en los determinantes monetarios de la tasa de interés como parte indispensable del sistema todo, sin lo cual no podrían sostenerse sus explicaciones sobre la depresión ni los medios sugeridos para curarla”. La verdad es que, dejando a un lado el metalenguaje económico, Keynes fue el hombre que introdujo fundamentales renovaciones en el capitalismo cuando éste más lo necesitaba. Fue una especie de Anita Aslan de la economía occidental…

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