Santiago Rojas, entre la magia y la medicina

Algunos investigadores afirman que el cerebro se nutre y activa de manera positiva con los estímulos que lo relajan, excitan o lo llevan a la fantasía, es por eso que la magia parece ser una excelente aliada de la medicina, como lo afirma el doctor Santiago Rojas.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 439 de octubre de 2006

El ilusionismo es tan antiguo como el ser humano aunque el primer practicante del que se tiene noticia fue Dedi, que actuaba en la corte del rey Keops -constructor de la gran pirámide que lleva su nombre en Gizeh, antiguo Egipto-, como consta en el papiro de Westcar que posee un Museo de Berlín.

En ese manuscrito se describen las funciones de magia tal como Dedi las realizaba y se detallan varios juegos mágicos entre los que se destaca la decapitación de un pollo seguida de una recomposición del animal. El mismo acto lo realizó con otras aves e incluso delante del Faraón con un ternero.

El Faraón quedó maravillado en tal ocasión ya que a pesar de la “sabiduría” digna de su rango, no podía explicar lo que había presenciado, por lo que sólo le quedó el recurso de aceptarlo como acto de magia, fuente de un poder especial.

Este juego y miles más han sido practicados por numerosos artistas a lo largo del tiempo, que vestidos de magos actúan como si poseyeran poderes y capacidades sobrenaturales que en realidad sólo imitan. Al mago no le interesa en realidad sino que el público salga por un instante de su mundo cotidiano y permita que la fantasía se torne en realidad.

Con el avance del mundo moderno y el desarrollo de la tecnología, en adición a que la ciencia permite explicar casi todos los fenómenos de la naturaleza que antes eran entendidos como fuerzas misteriosas y ocultas, se vuelve más valioso que los artistas del mundo que practican la magia sigan sorprendiendo a un público cada vez más difícil de ilusionar; que se sorprenda por encima de sus propias explicaciones y que aunque sabe que hay alguna lógica termina por agachar la cabeza y aceptar que se trata de magia.

Así me pasó muchas veces en la vida: cambiaba mi estado de ánimo ante el asombro de ver un acto de algún buen mago. Ya siendo médico, y habiendo asistido a ver cuánto mago me fuera posible, y con un par de trucos de cartas aprendido, en una ocasión entendí que esto me podía ayudar en el acercamiento personal a una niña con cáncer terminal.

El hacerle los tres juegos de magia que sabía me permitieron hablarle, y ella, luego de estar tres días postrada en la cama, se incorporó para aceptar las medicinas y el alimento, y cambió por completo su estado de ánimo y por ende su respuesta ante el tratamiento que se le realizaba.

Esto me mostró que dentro de la medicina tenía un sentido profundizar en el estudio de la reina de las artes, como se conoce a las artes mágicas en varios medios. Estudié entonces en la Escuela de Artes Mágicas de Bogotá bajo la dirección de mi amigo y maestro Richard Sarmiento quien me mostró que más allá de aprender un sinnúmero de técnicas había algo más profundo y esencial.

Aprendí que la magia se fundamenta en cuatro principios: el saber, el querer, el osar y el callar. Saber todo acerca de lo que se va a representar, con las variables posibles para dominarlo a la perfección, lo que exige horas de intenso estudio y práctica. Querer con profundidad lo que se hace, para ser capaz de trasmitirlo, Osar, ya que al poco tiempo uno puede crear sus propios efectos mágicos. Y callar para no quitar la ilusión de los que nos observan.

Encontré además que existían tres tipos de público dentro de una función de magia. El primero, el de los niños, que dan por sentado que todo lo que ocurre es real y que el que realiza los actos posee las capacidades mágicas para lograrlo. Ellos disfrutan del espectáculo como ninguno, ya que viven totalmente la fantasía.

El segundo grupo está formado por niños mayores y adolescentes, además de algunos adultos que ven en el mago a un engañador, por lo que todo su esfuerzo se dirige a descubrir el truco, y se ponen muy molestos cuando no lo logran, o dan explicaciones bastante absurdas de cómo se realizan los efectos mágicos.

No pueden disfrutar del espectáculo, ya que se confrontan en silencio o de palabra con el artista. El último grupo lo integran personas de cualquier edad, y más que todo de adultos mayores y ancianos que a sabiendas de que se trata de un simple espectáculo teatral, valoran lo profesional del artista, y sobre todo dan rienda suelta a la imaginación y por instantes se comportan como los del primer grupo. Son capaces de gozar, de reír y de maravillarse, dejando que su niño interior salga por unos instantes y se apodere de todo su ser.

Encontré el mejor público, que se forma del primero y del tercer grupo, en los enfermos, y especialmente los más graves. Al hacer magia “de mentiras”, empecé a ver efectos mágicos de verdad en la salud de muchos de ellos, que mejoraban sin explicación.

Así que cuando un niño con dolor de oído, que no se dejaba examinar porque no soportaba ni el más mínimo contacto, se venció ante la sugerencia del médico-mago que antes de mirar la zona enferma le habla encontrado un par de monedas de chocolate y le insinuó que dentro de oído había con seguridad una mina más grande para explorar. Y una niña fue capaz, con “sus poderes mágicos”, de adivinar unas cartas, y luego los utilizó para mejorar su propio dolor y dificultad corporal. Y varios ancianos volvieron a reír y se incorporaron de su lecho luego de un par de “magias” y hasta se dejaron poner un par de inyecciones.

Por años los magos del mundo han realizado funciones de magia para niños enfermos en lugares donde ésta ya no existe porque se perdió la capacidad de ilusionarse ya que “la visión de la realidad” niega la fantasía. Las circunstancias duras del sufrimiento hacen perder de vista una opción lúdica de avanzar hacia el bienestar.

La ciencia sólo válida lo que la investigación demuestra, y lo que no se pueda medir u objetivar de forma absoluta, no sirve. Pero últimamente se ha empezado a darle importancia a la actitud del paciente y se la valida como un efecto positivo que se asocia al efecto placebo (éste significa que al utilizar una sustancia que no tiene un principio activo útil, por la creencia del paciente produce un efecto como el esperado de la medicina verdadera que debería estar utilizándose). Este efecto se ve en una tercera parte de las personas en las investigaciones de todo el mundo.

Infortunadamente este hecho hace que muchos vean en forma peyorativa el efecto placebo, mientras que para unos pocos es una estrategia ideal para sumar a cualquier terapia bien escogida y que por sí misma actúa pero a la cual se le pueden sumar las creencias y expectativas favorables, además de las endorfinas generadas por la risa y el disfrute de la experiencia que viva la persona, todo lo cual produce un resultado final objetivamente mejor.

Algunos investigadores afirman además que el cerebro se nutre y activa de manera positiva con los estímulos que lo relajan o lo excitan o lo llevan a la fantasía. Presenciar un gran acto de magia es lo único que he visto que a un mismo tiempo logra de manera tan plena primero la excitación de lo que va pasar, luego la fantasía de lo que pasa y finalmente el gusto de la relajación de haberlo disfrutado.

Cuando alguien se cura sin explicación racional, pienso que en alguna parte de él hay un niño que cree y reproduce la fantasía en su vida y es capaz de lograr que lo imposible sea posible y que mejore su salud. Aunque la acción del médico no sea suficiente para sanarlo, la magia interior es capaz de completarla.

Así, estimado lector, que si usted quiere dejar de creer en la magia, se privará de gozar de muchas cosas y de vivir la fantasía en la vida cotidiana y tener más salud y alegría en cada momento.

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