¿Se sentaría a meditar en la calle con extraños?

En Bogotá caminan al día unas tres millones de personas. ¿Cuántas se regalan unos minutos para hacer una pausa y respirar? Sentarse Juntos quiere que sean cada vez más.

Era la primera vez que meditaba en un lugar público. El pulgar de la mano derecha me palpitaba sobre la palma de la izquierda, como si bombeara su propia sangre y, a pesar del resplandor metálico del cielo nublado, luchaba por mantener los ojos cerrados.

Mi atención seguía los pasos de la gente alrededor y sus afanes. Una cola de pensamientos amontonados reclamaban reconocimiento cuando volvía. “Respira, respira…”, repetía, tomando bocanadas profundas de aire helado. Tenía la espalda como un arco rígido y la cabeza en todas partes.

Eran las 10 de la mañana y estaba acomodado en el piso de ladrillo de una gradería del Parque Bicentenario. Hacía parte del encuentro más reciente del grupo Sentarse Juntos. A mi lado, hace más de una hora, meditaban en hilera Nathaly Jiménez y las tres integrantes más activas de esta iniciativa que nació en Francia y se realiza una vez al mes en Bogotá.

Desde el año 2016, se sientan a meditar en el espacio público de zonas concurridas de la ciudad. Su iniciativa rompe la cotidianidad, llama la atención de los transeúntes y con carteles que dejan en el suelo los invitan a que dejen de caminar y se unan a respirar.

Catalina Villamizar, Paola Puerto y Nathaly Jiménez en la sesión más reciente de Sentarse Juntos / Foto: Andrés Elasmar

El viernes pasado fui uno de sus invitados. No importaba la técnica, en qué posición estaba sentado, o el tiempo que me estaba tomando concentrarme. La idea de Sentarse Juntos no es la perfección. Su propósito es que cualquier persona, en medio del frenesí de la ciudad, se anime a regalarse un momento de calma, así nunca haya meditado.

No siempre es fácil. Como dice una canción del chileno Nano Stern, “respiren menos, trabajen más” es el lema de su natal Santiago y también aplica para Bogotá. Después de dos horas de montar en TransMilenio, o de un trancón interminable para llegar la oficina, ¿quién tiene tiempo o ganas de sentarse en el pavimento (como dijo con soltura un habitante de la calle en un encuentro anterior) “a hablar con los marcianos”?

Ese es el reto. A pesar del estrés de todos los días, los mitos y la prevención, los beneficios de meditar valen la pena. Algunos quizá busquen ‘la iluminación’, otros hasta logren comunicarse con extraterrestres, pero al final de cuentas es una invitación a estar conscientes de la realidad en el momento presente, a vivirla tal como es, soltando el control con la atención despierta.

Claro, eso tampoco es sencillo. Es increíble lo que hace la mente por escapar cuando “le toca” observarse sin juzgar; se rebela y juega con las distracciones.

La mía trepó los arcos del francés Daniel Buren, entre el Mambo y el Bicentenario, imaginó las caras de las personas que caminaban alrededor por la velocidad de sus pisadas y escuchó con atención el zumbido agudo de unos taladros, siguiendo al mismo tiempo los movimientos rápidos de unos obreros vestidos de amarillo en el techo del museo.

También se concentró por un momento en el recuerdo de un vigilante de dientes desordenados. Minutos antes, este me había contado que al vernos meditar pensaba en “el viaje en arcoíris que hizo cuando era celador de la Javeriana”.

“Eso fue una vez en un auditorio. Uno cerraba los ojos y lo guiaban con unos audífonos. Dimos un paseo tremendo de ida y vuelta”, me explicó emocionado. Su compañero, mucho más joven, miraba con extrañeza nuestra conversación. Yo solo pensaba en una rara sesión de hipnosis mezclada con una escena de Yellow Submarine.

“Observa los pensamientos, pero no los saques a bailar”, fue el mantra que recité en silencio para apaciguar esas imágenes. Es normal. Con un poco de paciencia el ambiente comienza a pasar desapercibido, la incomodidad del cuerpo cesa, sus llamados de atención paran, y uno puede, por fin, meditar, amar y agradecer.

Y esa mañana, bajo amenaza de lluvia, di las gracias por estar en el Parque Bicentenario respirando con cuatro mujeres a quienes conozco hace poco, pero quiero y admiro. Ojalá muchos más nos hubieran acompañado.

Curiosos, fotógrafos y dos horas sentadas

Sentarse Juntos comenzó en marzo de 2016 en París, como S’asseoir ensemble (SAE). Nathaly Jiménez, yogini y profesora de la Universidad del Rosario, hizo parte de ese grupo original y trajo la idea a Colombia a finales de ese mismo año.

La plazoleta de esa universidad, el Centro Internacional, el Parque Renacimiento, la Plaza de Bolívar, el Centro Andino, y cualquier lugar del planeta a través de la app appear.in, son algunos de los lugares donde esta versión local (primera en Latinoamérica) que congrega a los transeúntes a bajar las revoluciones.

“Escogemos el lugar del encuentro por consenso”, me explica Nathaly. “Tratamos siempre que sean sitios donde no hayamos meditado antes”.

Le pregunto entonces si esta vez el parque fue una buena elección, pues nadie más se sentó. “No importa”, dice. “Solo por el acto de detenerse a mirar, que puede ser por curiosidad, (la gente) se conecta con el propósito. Más que frenar, es parar, detenerse, hacer una pausa”.

Sentarse Juntos, bajo los arcos de Daniel Buren en el Mambo / Foto: Andrés Elasmar

Es cierto. Pasaron muchas personas sobre el camino en zig zag que lleva a la gradería donde permanecimos sentados. Extranjeros, mujeres con sus mascotas y algunos deportistas caminaban más despacio para mirarnos.

Entre ellos, un obrero se detuvo a leer los carteles que decían “Regálate un momento para respirar”. Un funcionario del Idipron también los ojeó, pero se alejó como pensando “otro día será”. Lo mismo hizo un hombre mayor que nos tomó una foto con su celular.

Es que a pesar de ser viernes, la ciudad estaba gris, sin actitud. La mañana, sacudida con viento helado, estaba para cubrirse. Nathaly se envolvió en un chal morado, Paola Puerto (de La tienda itinerante) tenía un saco y una bufanda, y Catalina Villamizar (de La yerbatería urbana) combinaba una falda con un saco Adidas color verde. Luego, llegó la mamá de Paola con una gruesa chaqueta rosada.

Las observé por un rato. La primera abrió los ojos para ver a los obreros del techo del Mambo y regresó a su estado meditativo. Paola hizo un cambio de posición que me pareció imposible, y Catalina se acomodó para balancear su peso sobre el piso, que rugía y temblaba con el paso de los carros debajo del parque, sobre la calle 26.

¿No habrá sido mejor otro sitio? ¿quizá la hora no funcionó? “No hay nada que cambiar, las cosas son así y están bien”, me contó Nathaly sonriendo al terminar dos horas ininterrumpidas de meditación.

“Cada encuentro de Sentarse Juntos es diferente y ahí radica su magia”, añadió Paola.

Catalina, por su parte, me dijo que había dedicado la sesión a sentir y escuchar su cuerpo. “Me olvidé de todas las distracciones desde el principio”, afirmó, todavía sentada, sin ocultar una expresión de satisfacción.

Recordé entonces al celador del arcoíris. “¿A quién le están rezando?”, me preguntó cuando apenas llegamos al parque. Le dije que la cosa no era de un dios sino más de cada uno consigo mismo. No me creyó que “eso” fuera suficiente para aguantar dos horas en el piso.

Y aunque yo solo pude sentarme unos minutos, valió la pena, señor vigilante. En medio de las distracciones y pensamientos, acepté la ciudad con todos sus gemidos para escuchar luego los propios.

Como también dice Nano en “El vino y el destino”, hay una ciudad que “no te deja ni un rato, que no te quiere soltar”. Bogotá es así. ¿Qué mejor que detenerse un momento para soltarla de vez en cuando y darse un espacio para relajarse en la calle, en un parque, o dónde sea?

Si somos tres millones de caminantes al día, muchos más tendrán que sumarse al próximo encuentro. En su página de Facebook, Sentarte Juntos lo compartirá muy pronto. La invitación es a hacerlo cada mes en un sitio diferente.

Haga clic aquí para ver más sobre el movimiento Sentarse Juntos

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