Guerlain: amor a primera olida

La boutique Guerlain de los Campos Elíseos, en París, es un lugar propicio para perderse en el exquisito placer de descubrir cómo se puede ser perfectamente sensual.

Que el edificio en el que funciona haga parte del patrimonio de monumentos históricos de Francia, que sus ventanales exhiban las últimas creaciones, que su aire no esté saturado de perfumes al azar, que el afamado arquitecto Peter Marino la haya renovado a finales del año pasado y que desde hace más de un siglo la casa Guerlain se encuentre en el número 68 de la avenida de los Campos Elíseos de París, es más que elocuente cuando se busca un perfume que haga juego perfecto con la propia piel. Sin embargo, todo eso podría considerarse solamente como la botella contenedora, porque lo esencial para hacerse al perfume ideal es lo que se encuentra en el interior de esta irresistible boutique.

Cuenta con dos universos: uno clásico, creado en 1913 por artistas de Carrara y cuyos muros están hechos con más de diecisiete tipos de mármol. En el otro, completamente vanguardista, está “La avenida”, que juega con el sentido del privilegiado lugar en el que se encuentra en París, pero también porque se extiende largamente hacia el fondo con dos “carriles” para recorrer y contemplar los 153 perfumes sobre bases de espejos, que dan la sensación de que los envases se multiplican infinitamente.

Pero aun con esta derrochadora puesta en escena, que provoca y despierta el deseo de ser invadido por los más exquisitos olores, se impone a la vez un cierto equilibrio y hasta un nivel de mesura que le permite al “transeúnte” concentrarse en la esencia de la boutique: el particular y cautivante aroma que ofrece cada uno de estos frascos.
Esa posibilidad de enfocar la atención y todos los sentidos en las fragancias es lo que hace única la experiencia de ir a esta casa, pues si se la compara con otras tiendas que venden cosméticos y perfumes, la diferencia se nota al instante ya que desde el momento en que se pisan es tal el bombardeo de imágenes, música, colores, olores y modelos de carátulas que al final la mirada se desvía de su objetivo, el gusto se disuelve y todo termina oliendo a lo mismo.

EL PLACER DEL LUJO
Aquí el lujo no es necesariamente sinónimo de precios inalcanzables. Aquí el lujo se traduce en la sutil persuasión que logra cambiar la idea de quien entra en la boutique solo con la idea de curiosear, pero que una vez adentro se convence de la necesidad de llevar sobre sí un perfume. Necesidad que, por supuesto, no existe en términos prácticos, pero sí en el placer que genera la sola idea de dejar una seductora estela tras de sí.

Ese giro en la forma de acercarse a los perfumes está dado precisamente por el ambiente de la casa, que hace que la experiencia sea exquisita y completa en la medida en que el visitante no anda a ciegas tratando de atinar qué será más o menos conveniente, sino que los consejeros que están allí saben realmente cómo descubrir entre su amplia gama de fragancias cuál es la que fue creada para cada uno. “Ellos son el vínculo directo entre Thierry Wasser, nariz-perfumero de la casa, y los clientes. Ellos conocen el universo de los olores, pero también saben cómo acercarse, comprender y responder a las expectativas”, sostiene Olivier le Reun, gerente de mercadeo y exportaciones de Guerlain.

De ese modo, si se pregunta por un perfume específico, ellos cuentan sus características, ponen el frasco al alcance de las manos para que cada cual coquetee con sus texturas y curvas, y dan un rocío a unos quince centímetros de la muñeca para alcanzar a impregnar la mayor parte de la piel. Y ahí, al acercar la nariz, ocurre el encantamiento: “¡Amor a primera olida!”, dice un consejero a una turista que deja escapar un suspiro tras oler el perfume que acaba de probar.

Si, por el contrario, el visitante no tiene claro lo que busca, los expertos preguntan por el tipo de aromas que le gustan: frescos, orientales, dulces, con tonos de madera, florales o cítricos, hasta que aparece el “elegido”. Pero ahí no termina la aventura ya que cuando el cliente busca algo todavía más especial, se le invita al segundo piso de la casa. Todo allí es dorado y la propia imagen se refleja en los espejos de casi todas las paredes del lugar, que no en vano se denomina “Galería de los espejos”, homenajeando al Palacio de Versalles. En este espacio sobresale una exposición de objetos históricos de la casa, entre ellos los primeros frascos elaborados en cristal de Baccarat –que todavía se emplea para las ediciones limitadas de algunos perfumes–, una gran botella que data de 1912, con la forma de una tortuga; y el primer labial rojo creado por esta casa.

Y si en el primer piso se hace concreto y real el deseo de ceder y “darse el lujo”, en este segundo nivel se vuelve un imperativo. Los verbos que empiezan a rondar en la cabeza dejan de ser quiero y puedo y se les suma uno más poderoso: merezco.

El hechizo funciona a la perfección y justo en ese momento los ojos se encuentran con la sala central, en la que reina un soporte circular de varios niveles y brazos, que simula la forma del sol y exhibe todos los perfumes de Guerlain. Al estar frente a esta pieza, es inevitable ensayar la Colonia imperial, creada por Pierre-François-Pascal Guerlain, fundador de la marca, para el matrimonio de la emperatriz Eugenia con Napoleón III, hace 160 años. La fragancia no se entregó en una botella convencional, sino una que tenía un particular decorado: abejas doradas que volaban hacia lo alto del frasco y donde sobresalía el arabesco que se encuentra en la cúpula de la columna de la Plaza Vendôme –allí funcionó su primera boutique parisina–. Con el tiempo, este Flacon aux abeilles (Frasco de abejas) se convirtió en el emblema de la casa y la fragancia le valió a su creador el título de perfumero de la Corte imperial. Quienes deseen embotellar en este precioso empaque alguna de las fragancias de Guerlain, y colocarle sus propias iniciales, pueden hacerlo. Y para quienes desean ir todavía más allá, pueden llegar a encargar una fragancia única para sí mismos. El propio Thierry Wasser se da a la tarea de crearla, luego de estudiar el perfil del cliente. Es algo, claro, perfectamente exclusivo.

Y para que la experiencia sea todavía más completa, no se pueden pasar por alto otros placeres que ofrece la casa: maquillaje, productos para el cuidado de la piel, foulards (pañoletas) de seda y guantes de cuero perfumados, diseñados por la casa Agnelle. También es imperdible el sótano, donde se puede encontrar miel producida en la comuna francesa de Orphin, velas aromáticas y siete variedades de té, estas dos últimas retoman las notas de los perfumes míticos de la casa Guerlain. Pero es solo al final de esta sala donde se encuentra la cereza del pastel: el restaurante Le 68 Guy Martin, cuyo menú fue creado precisamente por el laureado Guy Martin –chef y propietario de Le Grand Véfour, con tres estrellas de la Guía Michelin–, quien interpretó las esencias fetiche de Guerlain para crear platos asociados, como el provocativo Foie gras en hojaldre, a la vainilla de Madagascar, o el Macarrón de los jardines de Shalimar y, por supuesto, el imperdible e irresistible pastelito La Petite Robe Noir (El pequeño vestido negro), que acompañado de una taza de té homónima resulta ser una sutil fiesta de chocolate y crema chantilly, que recuerda el espíritu y el emblema del perfume de este mismo nombre: “absolutamente indispensable y totalmente irresistible”.

Es difícil salir de la casa Guerlain sin un perfume y sin sentir que se ha cometido un delicioso pecado.

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